"Trump perdió la guerra". ¿Y ahora?
El 16 de junio, el New York Times disparó a quemarropa: "El presidente Trump perdió esta guerra". El diario personalizó la derrota en el mandatario, sugiriendo que las consecuencias para él podrían ser incluso más profundas que para su propio país.
Explicar el fracaso es la parte más sencilla. Trump inició este conflicto de forma casi personal, desafiando el consenso de Washington: ni los demócratas, ni el ala tradicional republicana (con Marco Rubio a la cabeza), ni el propio JD Vance -el hombre fuerte del movimiento MAGA- apoyaban la aventura. Confiado por sus previas maniobras en Venezuela, Trump fijó tres objetivos ambiciosos que hoy resultan inalcanzables: forzar un cambio de régimen en Irán, bloquear su acceso a armas nucleares y destruir su capacidad de desarrollar misiles balísticos. Ninguno se cumplió.
El memorándum de entendimiento alcanzado con Teherán es una capitulación disfrazada de tregua. El texto no menciona el cambio de régimen ni los misiles; apenas pacta la apertura del estrecho de Ormuz -que ya estaba abierto antes del conflicto-, relaja las sanciones económicas y otorga 60 días para congelar el programa nuclear iraní y llegar a un nuevo acuerdo que puede ser peor que el firmado por Obama. Es un pacto brumoso y frágil. Brumoso porque puede conceder a Irán un fondo de 300.000 millones de dólares para la reconstrucción y le abre la puerta a cobrar peajes en Ormuz. Frágil porque si en dos meses no hay un pacto definitivo, la situación será peor. Además, Israel no forma parte del trato: si la guerra continúa en el Líbano, el acuerdo se cae.
Las repercusiones internas para Trump son severas. Ante las elecciones de medio término en noviembre, las encuestas muestran un fuerte deterioro republicano. La pérdida de la Cámara de Representantes es casi un hecho y el control del Senado está en duda. Si el Congreso cambia de manos, el juicio político (impeachment) dejará se ser un fantasma para convertirse en una posibilidad cierta.
¿Efecto bumerán? No lo sabemos. Siguen frescos en los recuerdos del asalto al Capitolio, los vínculos no aclarados con Jeffrey Epstein, la dureza migratoria del ICE; los ataques sistemáticos a la prensa, la Reserva Federal y las Universidades como Harvard o Stanford. A esto se suma las ácidas caricaturas hacia figuras globales como el Papa, Macron, Starmer, Carney o su antigua aliada, Giorgia Meloni.
En el plano internacional, el mapa se reorganiza de forma imprevista:
Europa: La "vieja Europa" -ese espacio que, como refiere Andrés Malamud, es el mejor lugar para vivir, pero el peor para soñar- reacciona aturdida. Trump intentó comprarles Groenlandia, les impuso aranceles, los dejó solos en la OTAN frente a Rusia y desató una guerra que disparó el petróleo. Sin embargo, el balance final les favorece: el crudo bajó y la crisis forzó una inédita cohesión europea. Bajo la dura premisa ucraniana de "denme armas, que yo pongo la sangre", Europa transfirió a Zelenski 90.000 millones de dólares de activos rusos congelados. El curso de la guerra se ha inclinado hacia Kiev, y Zelenski ya promete una producción de millones de drones para 2027.
Medio Oriente: La región entra en una fase de incertidumbre. Irán demostró que con drones de bajo costo puede golpear infraestructura vital, destruir plantas desalinizadoras y estrangular el comercio marítimo. Tras constatar que Estados Unidos los dejó a su suerte, los países del Golfo diversifican alianzas, comienzan a explorar acuerdos con Ucrania y anticipan inversiones millonarias en drones y defensas aéreas. Emiratos Árabes Unidos abandonó la OPEP, lo que sumado al reingreso de Venezuela al mercado internacional anticipa una potencial sobreproducción y guerra de precios (teléfono para Vaca Muerta).
China y Taiwán: El análisis convencional sugería que China sería la gran ganadora ante el repliegue estadounidense. La realidad es contraintuitiva. El gran sueño de Xi Jinping, la anexión de Taiwan es un plato difícil de tragar. Cruzar los 130 kilómetros del estrecho con un millón de hombres ya era una pesadilla logística; ahora es un suicidio. Las guerras modernas demostraron que los países pequeños pueden frenar a gigantes usando tecnología accesible. Drones económicos, con 3.000 kilómetros de alcance y 75 kilos de explosivos de nueva generación, ponen a grandes metrópolis como Pekín, Wuhan, Guangzhou, Shenzhen y Shanghái a tiro de dron. Taiwán ya firmó convenios de producción con Ucrania. Si Kiev produce millones de unidades en plena guerra, la capacidad de Taipéi -líder mundial en hardware tecnológico- abre un enorme signo de interrogación para los estrategas chinos.
¿Es este escenario positivo o negativo para las democracias liberales? Las opiniones, al igual que los senderos como el célebre pasaje de Borges, se bifurcan.
Quienes priorizan la estabilidad global verán el vaso medio vacío ante la fragilidad del orden internacional. Quienes aceptan que la inestabilidad es la norma verán el vaso medio lleno: las pulsiones autocráticas de Trump encuentran un límite institucional, reaparecen los contrapesos en Estados Unidos, Europa despierta de su letargo, Rusia retrocede y China se ve obligada a postergar sus planes de invasión.
Esta vez, no acordamos con el Indio el futuro no "llegó hace rato". Más bien en el escenario internacional ocurre lo que canta Sabina, "...hay que espabilarse si eres trapecista y saltar sin red".
* Master in public administration - John F. Kennedy School of Government. Harvard University; Doctor en Ciencias Sociales Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales. (F.L.A.C.S.O), realizó postgrados en Administración Pública (UBA- Argentina), Ciencias Sociales (F.L.A.C.S.O- Argentina), y Finanzas (Universidad Torcuato Di Tella). Docente de Postrado en el Doctorado de FLACSO Argentina, así como Maestrías vinculadas a Administración Pública en Universidad Nacional del Litoral, La Plata, Córdoba, Rosario, Patagonia San Juan Bosco, General Sarmiento y Flacso entre otros.

