Algo sucede con los adultos mayores que aumentan intensamente la tasa de letalidad por coronavirus. Ya a los 50 años se triplica la mortalidad, se vuelve a triplicar a los 60 y, por último, se triplica y duplica a los 70 y 80 años, respectivamente. Son muchas las posibles respuestas que pueden llegar a explicar esta situación. Probablemente, esta pandemia no tendría tanto impacto si la población mundial no hubiera aumentado la expectativa de vida. Algo similar a lo que ocurre con la enfermedad de Alzheimer que afecta a la población envejecida, entonces se tardó casi cien años, luego de descripta, en darle valor y reconocimiento como enfermedad pandémica.

La tasa de letalidad por Covid-19 varía a nivel mundial. La infección afecta más a los jóvenes, pero las personas con más de 75 años representan la mayoría de los casos graves y de las muertes. En Argentina, la edad promedio de muerte es, por ejemplo, de 72 años.

Las afecciones subyacentes también son factores de riesgo que aumentan la probabilidad de morir por Covid-19. El envejecimiento del sistema inmunológico y genético es uno de ellos. Las enfermedades concomitantes son las otras, especialmente con componentes metabólicos como la hipertensión arterial, diabetes u obesidad, además de las patologías pulmonares previas. Estas enfermedades se encuentran relacionadas con alteraciones metabólicas y la inflamación crónica concomitante.

Una publicación de mayo de la revista Aging describe que "los adultos con más de 65 años de edad representan el 80% de las hospitalizaciones y tienen un riesgo 23 veces mayor de morir que las personas más jóvenes".

En ese mismo artículo, su autor, David Sinclear, de la Universidad de Harvard, dice que "una gran cantidad de datos recientes describe la patología y los cambios moleculares en personas con Covid-19 indican que la inmunosenescencia y el envejecimiento de origen inflamatorio podrían ser los causantes de las altas tasas de mortalidad en las personas mayores".

En las personas envejecidas, existirían mayores niveles basales de inflamación general y vascular, que están relacionados con enfermedades cardiovasculares, lo que podría aumentar la predisposición a casos graves de Covid-19.

En el adulto mayor se encuentran disminuidas las repuestas inmunitarias. Por ejemplo, las respuestas a las vacunas se encuentran bajas con la vejez. Pero, también, sucede que los ritmos diarios de la inmunidad se achatan con la edad. Hace años publicamos con el doctor Daniel Cardinali, especialista en cronobiología y profesor emérito de Fisiología de la Facultad de Medicina de la UBA, un trabajado que describe cómo se encuentran achatados los ritmos de producción de linfocitos en animales envejecidos, comparados con animales jóvenes, y cómo la hormona, la melatonina, ayudaba a recuperar los mismos.

La melatonina tiene además un franco descenso total y rítmico proporcional a la edad. Así, con la vejez, esta hormona disminuye francamente. El adulto mayor altera sus ritmos, uno de los epifenómenos consecuentes más conocidos es que se duerme peor y el sueño tiene afectada su estructura, aunque el sueño es solo un epifenómeno que marca la existencia de cambios de ritmos circadianos de todas las actividades biológicas de la vejez. Se sufre así un achatamiento de éstos con el paso del tiempo; es decir, se pierden los picos (acrofase) rítmicos de cada función.

Esta hormona, base de los ritmos corporales diarios (circadianos), se encuentra además postulada en diferentes protocolos, uno en la Universidad de Granada y otro en la Universidad La Paz de Madrid, como posible ayuda en la modulación del procesos inflamatorios en el Covid-19, sin resultados finales todavía.

En un reciente trabajo realizado por la revista Chest en una población de 11.672 casos de Covid-19 describió que la incidencia de infección era significativamente menor en los pacientes que recibían tratamiento con melatonina. Es una observación, pero interesante. Muchas pueden ser las explicaciones. Los adultos mayores tienen un mayor índice de consumo de psicofármacos, pero muchas drogas desarticulan el ritmo de sueño y circadiano. Además, algunos pueden generar alteraciones metabólicas que empeorarían la respuesta al coronavirus.

Por otro lado, los pacientes con trastornos cognitivos tendrían una muy mala respuesta al Covid-19. Además de ser una problemática asociada con la vejez, en muchos casos se utilizan antipsicóticos que producen claros componentes metabólicos patológicos, como el aumento de resistencia a la insulina. Pudiendo incrementar la mortalidad en adultos mayores, especialmente ante una injuria grave. El uso de melatonina en estos pacientes, cuando presenten trastornos del sueño, sería la primera opción.

Esto se suma a que los adultos mayores con Covid-19 y neumonía que consuman psicofármacos pueden reducir aún más la capacidad respiratoria, por depresión del centro respiratorio y/o por relajación de los músculos que deben ayudar a respirar.

En la actualidad existen algunos informes que hablan de una automedicación de melatonina en la población, pues al ser de venta libre, la población accede en forma muy simple, lo cual es totalmente desaconsejado, pues se debe consultar al médico dado que es una hormona y puede generar efectos secundarios.

Asimismo, varias referencias de pacientes que incorporaron melatonina, muchas veces desplazando psicofármacos, han mostrado buena evolución en general.

Una cuestión podría pensarse: la melatonina reordena los ritmos y a los adultos mayores que tienen su inmunidad envejecida, entre ellos su ritmo biológico. Una hipótesis para nada despreciable.

Los genes y los órganos envejecidos, la inflamación aumentada, la inmunosenescencia, los ritmos achatados y las enfermedades subyacentes son el campo de batalla en el que se entabla la lucha en el adulto mayor. Conocer, prevenir y manejar estas variables podrá ayudarnos a entenderlas mejor.

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Ignacio Brusco

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