La pandemia tiene impacto negativo en la economía mundial y la Argentina no es la excepción. En la lista corta de prioridades por resolver en nuestro país en la era post-COVID, la reactivación económica, la inflación y la disponibilidad de divisas, sin lugar a dudas, ocupan los primeros lugares, seguidos de cerca por el déficit fiscal.

Todos ellos tienen un denominador común: el sector energético tiene un rol relevante. En cuanto a la inflación, la energía incide a través de las tarifas, tanto eléctricas como de gas. Si bien hasta diciembre continuarán congeladas, su readecuación tarde o temprano será un tema de agenda y se deberá evaluar su impacto en los precios de la economía. Mientras tanto, se utilizan transferencias del Tesoro para cubrir, por un lado, la brecha entre los costos de generación y las tarifas; y por el otro, para compensar las deudas que vienen acumulando las distribuidoras por la energía consumida.

Respecto a la disponibilidad de divisas, la agenda debe incorporar iniciativas para no volver a depender de la importación de gas. Un nuevo Plan Gas podría reencauzar un sendero creciente y previsible de producción y además permitir a los productores exportar el sobrante una vez abastecida la demanda fuera del período invernal.

En materia de reactivación productiva, la energía es un insumo transversal y estratégico utilizado para la producción y para la distribución de todos los bienes de la economía. Lograr un horizonte tarifario viable y sostenible es la pieza clave para brindar previsibilidad y viabilizar las inversiones que requiere el sector de energía.

En resumidas cuentas, la coyuntura pareciera ser un dispositivo de reloj, en donde hay poco margen de error, muchas piezas que acomodar y, sobre todo, la necesidad de que funcionen de manera conjunta. Sin embargo, los desafíos del sector no acaban allí. Pensar en la pospandemia nos obliga a diseñar una agenda que compatibilice las urgencias de corto plazo con un camino de largo plazo: el de la Transición Energética.

Post pandemia y transición energética

¿Por qué en este contexto deberíamos pensar en la Transición Energética? Por varios motivos.

Primero, porque la energía es un sector de infraestructura, y como tal, requiere planificación, previsibilidad y sostenibilidad para ver sus frutos. En segundo lugar, porque conlleva a un desarrollo sustentable, generando inversiones que traccionen el crecimiento económico y la creación de empleo, compatibles con las tendencias mundiales en materia de reducción de emisiones de CO2. Y sobre todo, porque pone sobre la mesa la necesidad de incorporar explícitamente conceptos hasta ahora agrupados como “externalidades” (ambientales, sociales) a la hora de priorizar los ejes de crecimiento y desarrollo económico.

La lista para diseñar la agenda de largo plazo en materia energética tiende a infinito pero podríamos agrupar los ejes en cuatro categorías:

  • el Gas Natural como puente hacia un matriz más limpia
  • las energías renovables
  • la eficiencia energética y
  • la electromovilidad

El primer eje debe ser, de una vez por todas, aumentar la producción de Gas Natural. Si bien Vaca Muerta ha sufrido el impacto del congelamiento de precios y la pandemia, la explotación de este proyecto debe seguir siendo una prioridad si la premisa es el autoabastecimiento energético y la posibilidad de generar saldos exportables. Además, al ser la fuente de energía no renovable menos contaminante, permitiría desplazar el uso de hidrocarburos, siendo un primer paso hacia la Transición Energética.

El segundo eje son las Energías Renovables. Éstas muestran su faceta más conocida en los parques de gran envergadura, que implican la instalación de varios MW en un mismo lugar. Si bien en los últimos años se registraron avances, pasando de proveer del 2% al 8% de la demanda, la continuidad de esta política requiere la incorporación de mayor contenido nacional en la construcción de centrales de generación renovable, que permitan el ahorro de divisas en la importación de equipamiento.

La agenda de energías renovables

La otra faceta de las energías renovables es la Generación Distribuida (GD), que son pequeñas instalaciones para generar energía eléctrica o equipamiento como calefones solares. Si bien sus avances han sido muy tenues hasta el momento, debe tener un lugar en la agenda, principalmente, porque puede ser un motor para fomentar el desarrollo y la producción de proveedores locales y permitir la diversificación regional de capacidades, al movilizar mano de obra y servicios en diferentes puntos del país.

El tercer eje es la Eficiencia Energética. Sin dudas la mejor energía es la que no se consume. Si bien los aumentos tarifarios de los últimos años han obligado tanto a usuarios residenciales como industriales/comerciales a prestar mayor atención a qué y cómo se consume la energía, aún existe un margen de acción elevado con iniciativas como la implementación de sistemas de gestión de la energía y mejora en procesos productivos en industrias, o recambio de gaso/electrodomésticos en hogares de bajos ingresos, contribuyendo a reducir la pobreza energética.

Por último, si se habla de largo plazo, necesariamente debe incorporarse la Movilidad Eléctrica como vector de transición energética. El transporte a nivel mundial es responsable de más del 20% de las emisiones de CO2 y los números de la implementación de vehículos eléctricos son atractivos: las emisiones podrían ser un tercio de las generadas por autos a combustible.

Los avances en Argentina aún son incipientes y, por tanto, debe realizarse una evaluación muy minuciosa para definir por dónde comenzar. Existe cierto consenso que los vehículos de pasajeros podrían ser el puntapié inicial. Lo cierto es que además de la reducción de las emisiones, podría implicar un nuevo nicho de producción industrial de vehículos y sus partes, baterías e instalación de infraestructura de recarga.

Las crisis son siempre oportunidades para repensar y recalcular el destino que elegimos. La Argentina tiene cierta gimnasia en ello, en particular en crisis y recálculos. Diagramar una hoja de ruta en medio de semejante desbalance puede resultar difícil, pero es la única manera de impedir que la inercia decida por nosotros. Que la transición no sea sólo energética, sino también de la manera en que administramos las prioridades entre lo urgente y lo importante.

* Economista especialista en energía, integrante de Paridad en la Macro

** Economista, Magister y especialista en energía