La ecuación siempre estuvo clara: cuanto más próspera fuese la gestión, más independencia tendría Alberto Fernández para ejercer el poder; obvia contrapartida, en tanto la realidad pusiera en aprietos su administración, las decisiones tenderían a tener más el sello indeleble del Instituto Patria.

Las palabras de Eduardo Duhalde fueron un mensaje directo al jefe de Estado. Lo había esbozado la semana pasada, cuando de modo cifrado le había recomendado descansar un poco más, para no terminar como De la Rúa, "porque un presidente cuando no se cuida puede tener alucinaciones".

Esta vez no le habló en forma directa, pero sus dichos -mucho más graves- volvieron a conformar un consejo. Alberto está tomando nota de aquellos con los que dejará de contar en tanto se siga abrazando a las banderas de Cristina Fernández. Y será peor si pretende poner cara de que esas también son sus causas.

Juan Schiaretti se lo hizo saber días atrás cuando le quitó los votos de sus diputados a la reforma judicial y le hizo entender que será necesario sudar más de lo imaginado para lograr ganar una batalla que le es ajena. Sin las estridencias de Duhalde, la manifestación del mandatario cordobés le generó más daño al Gobierno que los dichos del lomense. Pero en realidad dicen lo mismo.

No tiene sentido transformarse en exégeta de Duhalde. Pero alcanza con un poco de lectura de política doméstica para entender que sus expresiones anunciaban más un estallido modelo 2001 que un golpe militar. Su fallida comparación con la región lo dejó al descubierto. En Venezuela y, en menor escala, en Brasil, el poder político depende del respaldo militar. Acá, los resortes del poder son complejos, pero las Fuerzas Armadas miran ese escenario de afuera. "Se me fue la lengua", reculó ayer, aunque no se privó de insistir con que "la anarquía -que dijo avizorar- huele a sangre".

El ex Presidente, que cumplió su sueño de llegar al poder tras varias peripecias devenidas de una crisis social, cuenta con un dato que no debería ser soslayado: aquella explosión le estalló a un gobierno no peronista, flojo, podría decirse con la clásica viveza criolla. Esta vez le toca al peronismo. Y Duhalde no quiere ver a su compañero como un “boxeador que no responde los golpes”. Un boxeador en serio no se deja caer así nomás.

Entre los primeros y los segundos dichos del bonaerense, el radical Ernesto Sanz había decidido salir de su letargo para preguntarse “cuánto va a tardar esto en estallar”. El propio jefe de Estado se preocupó por responder los dichos del “outsider” de la política. Quién iba a imaginar que el pronóstico se iba a repetir con mayor e inusitada crudeza de un referente de sus propias filas. Duhalde almorzó con Fernández la semana pasada en Olivos. Y anoche le pronosticó un “delarruazo” en seis meses y el jefe de Estado evitó contestarle. El vocero del Gobierno, Santiago Cafiero, dijo que no estaba de acuerdo con sus dichos pero le huyó a la confrontación hasta el punto de aclarar, casi reverencialmente, que lo unía con él la visión productivista de país que ambos profesan.

Duhalde le pide a Alberto que convoque a un gobierno de coalición como el que encabezó él en 2002. Después del desastre, es más fácil deponer miserias y compartir responsabilidades. En el manual clásico de la política argentina, los llamados a la unidad sólo son un decorado mientras el que ejerce el poder se siente tan fuerte como para despreciar al de enfrente ignorándolo. Cuando las papas empiezan a quemar en Argentina solo vale, hasta aquí, tomar las armas y prepararse a pelear. Es una parte importante del problema.

Duhalde tenía clara su debilidad de origen y reculó en cuanto vio que las condiciones se ponían ásperas. ¿Alberto es plenamente consciente de su debilidad de origen?

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