Como cuando estalló la crisis financiera internacional en septiembre de 2008, la economía local vuelve a tener un acelerado proceso de apreciación cambiaria real. Las monedas de los principales socios comerciales de Argentina se depreciaron más rápido contra el dólar, máximo refugio de los inversores a nivel global, y la inercia inflacionaria no es menor. Sucede que el margen para absorber los shocks externos vía devaluaciones en esos países son mucho más holgados que en la frágil e inestable economía local. Un movimiento brusco del dólar sabemos que impulsaría un descontrol de precios muy complicado, sobre todo después de los episodios devaluatorios de los últimos dos años que aceitaron más aún el traspaso del aumento del dólar a los precios.

Lo que sucedió durante las primeras semanas de la primavera de 2008 se está repitiendo. El peso ajusta a una velocidad menor que el resto de las monedas de la región. La moneda estadounidense en Brasil desde febrero pasado llegó a aumentar un 27% y tocó un máximo de 5,35 reales por dólar cuando a principios de este año rondaba los 4,20 reales. En la segunda economía más grande de Latinoamérica se presenta una depreciación aun más intensa: el dólar llegó a trepar en México un 37% respecto a la cotización de enero pasado. Y en las otras tres economías más grandes de Sudamérica, Colombia, Chile y Perú, también las depreciaciones son relevantes aunque más moderadas (el dólar aumentó entre un 10% y un 15% respecto a su cotización de principios de 2020). El dólar en Argentina corre de atrás con un paulatino incremento, acumulando una suba del 8% desde febrero.

Ahora bien, el proceso inflacionario local agrava el cuadro. La inflación, a pesar de que la depreciación reciente es menos potente que en el resto de las mayores economías de la región, tiene un componente inercial significativo que hace que el atraso cambiario sea más importante. De hecho, hay que remontarse al lapso entre el preludio del estallido y los primeros días de la crisis financiera internacional para hallar un período de apreciación cambiaria tan acelerada respecto al resto de Sudamérica. Este desequilibrio también es probable que sea transitorio, como lo fue el posterior al shock de la crisis financiera de 2008/2009. Bajo el esquema de administración actual lo más probable es que la competitividad cambiaria respecto al resto de las economías de la región tienda a volver a acomodarse en los niveles previos al efecto del Coronavirus. O sea, el escenario que deberíamos esperar es que, sujeto a los controles cambiarios aplicados, sin sobre saltos, la tendencia a la devaluación continúe, de forma que, en la canasta de monedas con nuestros socios regionales, el valor del peso vuelva a cotizar a un valor similar al de principios de 2020. Los otros países de la región pueden afrontar el shock externo con un movimiento más fuerte y rápido del tipo de cambio y Argentina, para evitar un impacto inflacionario desestabilizante, avanza con un ritmo de depreciación tenue pero continuo.

La abrupta suba registrada en los mercados de divisas paralelos de mayor movimiento (dólar MEP y CCL) responde a que la posibilidad de regulación es mucho menor y, por eso, replican el movimiento generalizado de los mercados cambiarios de nuestros socios regionales e incluso con mayor volatilidad e intensidad. Es lógico que eso ocurra ante la enorme crisis mundial originada por la pandemia; los inversores buscan los activos más seguros, como el dólar pero también como el oro y los bonos del tesoro alemán, japonés o, por supuesto, de Estados Unidos.

Como la tensión de carácter financiero no pudo impactar sobre el mercado oficial, se concentró en las cotizaciones paralelas, particularmente en el dólar MEP y el CCL. En los mercados cambiarios de nuestros socios comerciales, al tener regulaciones más laxas, la demanda de dólares derivada de la Coronacrisis se solapó con la habitual operatoria cambiaria vinculada a operaciones corrientes de tipo comercial o de pago de rentas, por ejemplo. Esto explica en buena medida que la volatilidad de nuestras cotizaciones alternativas sea mayor y, ante la profundización de la política de reducción de tasas de interés y menos restricciones a la financiación monetaria del déficit fiscal, los inversores hayan incrementado su apetito dolarizador. Esa tensión provocó una suba del 24% de esas cotizaciones del dólar sólo en las últimas dos semanas, llegando a superar ayer los 110 pesos.

El gran interrogante es si el incremento de esas cotizaciones paralelas puede impactar en el mercado oficial del dólar. En ese sentido, la administración de la utilización oficial de las divisas es central. Con brechas cambiaras que llegaron a superar el 60%, el atractivo para acceder a los dólares a la cotización oficial obviamente se incrementa. La sobre facturación de importaciones, la declaración falsa de importaciones de servicios que no se concretan, la subfacturación u ocultamiento de exportaciones tiene que controlarse con mucho cuidado. El costo de ese tipo de maniobras debe ser tan elevado como para que pierda todo atractivo. De otra forma, podría producirse una presión a la baja de las reservas que podría generar peligrosas expectativas devaluatorias y debilitar aun más el funcionamiento de nuestra economía.

La variable más importante para proyectar lo que le puede suceder a la economía nacional es el resultado de su cuenta corriente y más ahora aún debido a la enorme restricción heredada para acceder a los mercados internacionales de crédito y, en medio de la pandemia, a la anémica inversión extranjera directa. En ese sentido, la terrible contracción del consumo registrada en los dos últimos años y la mayor esperada como resultado de la Coronacrisis garantiza una baja significativa de las importaciones, mejorando el balance en una cuenta fuertemente deficitaria en los últimos años como la de servicios (el déficit de ese rubro en 2018 fue de 9.184 millones de dólares y en 2019 fue de 5.183 millones de dólares). También un eventual acuerdo para la restructuración de la deuda pública podría generar un mayor alivio. Lo cierto es que el último trimestre contabilizado (cuarto de 2019), según los registros del INDEC, hubo un superávit de cuenta corriente de 3.462 millones de dólares. En los primeros meses de 2020 también continúa el superávit que permite una recuperación de la reservas. Entre tanto padecimiento, esta relativa solidez externa, administrada con políticas prudenciales, hace que el escenario de alta presión devaluatoria en el mercado oficial con un impacto de aceleración inflacionaria sea muy poco probable.

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Mariano Kestelboim

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