El ambiente no está mejor gracias al coronavirus. Quienes estudiamos temas ambientales siempre hacemos hincapié en que las personas son parte del ambiente. Y dañarlo es dañarnos a nosotros mismos. Lo mismo ocurre al revés: si un virus nos enferma o nos mata, de ninguna manera podemos concluir que eso es bueno para el ambiente. Nosotros somos el ambiente, para bien y para mal.

Sin embargo, el freno abrupto de algunas actividades debido a las cuarentenas en distintas partes del mundo ha despertado algunas situaciones que nos deberían hacer reflexionar sobre cómo queremos construir el mundo luego del Covid-19.

Alarma 1: baja en la contaminación atmosférica

Las ciudades de todo el mundo reportan mejoras en la calidad de aire. Con menos material particulado, menos smog y menos gases tóxicos para las personas. Paradójicamente, estos mismos gases son los que causan algunas de las comorbilidades respiratorias asociadas a los casos más letales de Covid-19. Desde Beijing hasta Buenos Aires, pasando por Roma o Madrid, se reportaron mejoras sustanciales en la calidad de aire.

La principal razón de este fenómeno es la disminución de los traslados y la baja en el tránsito. Esta mejora es efímera. En los lugares donde la actividad ya ha vuelto a la normalidad, los niveles de contaminación regresaron a los valores tradicionales. ¿Es realmente racional vivir en ciudades hipercontaminadas, que desgastan nuestra propia salud? ¿No nos gustaría acaso que esta calidad de aire fuera “lo normal”? Ahora que hemos recordado que en las ciudades se puede respirar aire puro quizá sea momento de invertir en tenerlo, sin necesitar para ello una pandemia que nos impida dejar de movernos y disfrutar de la ciudad.

Alarma 2: baja en el CO2 emitido

Las emisiones de dióxido de carbono (CO2), principal gas que contribuye al cambio climático, también se han reducido durante esta cuarentena, tanto por la baja en el transporte como por la caída de la actividad industrial. En China, el sitio Carbon Brief estima una caída del 25% durante el mes más fuerte de la cuarentena. Aunque aún es demasiado pronto para realizar estimaciones con un grado alto de certeza, este balance preliminar dispara otra alarma.

Esta frenada abrupta no sería significativa para cumplir con las metas globales para detener el cambio climático. Es decir, nuestra economía es tan carbono dependiente que aún disminuyendo las emisiones en un 25% y bajando radicalmente nuestro nivel de consumo, estamos lejos de alcanzar la carbono neutralidad que se pactó en el acuerdo de París. Las metas a las que se comprometieron casi todos los países del mundo requieren reducir las emisiones en un 50% para 2030 y un 100% en 2055, con el objetivo de evitar que la temperatura suba más de 2ºC según los expertos del Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC), algo que traería una crisis sistémica nunca vista en nuestra historia y, por supuesto, sus graves consecuencias sociales y económicas asociadas.

Además, debido al efecto acumulado que tiene el CO2 en la atmósfera, es muy probable que ni siquiera se produzca una disminución significativa en su concentración. En estas semanas, se registraron 416,27 partículas por millón (ppm), comparado con las 413,63 ppm de 2019 y las 392,85 ppm de 2010.

El Covid-19 no está ayudando al ambiente, pero sí nos está mostrando de manera muy evidente la urgencia de rediscutir a qué tipo de normalidad volveremos cuando esto termine. Las alarmas que prendió el coronavirus son claras. Necesitamos respuestas igual de concretas para poder evitar la próxima crisis.

*Responsable de la Licenciatura en Gestión Ambiental, UADE