Esta semana se cumple una década de la emblemática nota de tapa la revista The Economist que titulaba "Brazil takes off" (Brasil despega), ilustrando su economía con un Cristo Redentor en pleno despegue. Nuestro mayor socio comercial era el ejemplo a seguir en la perspectiva de esa influyente publicación y nuestros difusores con mayor soporte mediático replicaban el mensaje respecto a las supuestas buenas prácticas que aplicaba ese país en materia de política económica. Los malos resultados posteriores los acallaron y casi siete años después, en enero de 2016, The Economist dedicó nuevamente su tapa a Brasil, pero en esa oportunidad con un sentido opuesto, retratando su caída ("Brazils fall").

Sin el sostenimiento de una activa participación estatal en sus mercados, la economía más grande de Latinoamérica, se estancó en 2014 y su PBI cayó un 6,7% entre 2015 y 2016. A partir de 2017 comenzó una tenue recuperación, pero su producto se mantuvo, en 2018, un 4,9% por debajo del nivel que había alcanzado en 2014, con una población que creció en un 3,3% (6,7 millones de personas más). Y este año su economía volvería a quedar estancada (el PBI no llegaría a crecer ni 1%) con una política ultra ortodoxa que empeora la calidad de vida en el país más desigual de Latinoamérica, según el Banco Mundial. Los ingresos anuales del 1% de su población más rica equivalen a lo que recibe el 50% más pobre. El ajuste en Brasil también se justificó diciendo que iba a restaurar la confianza y que así se desarrollarían más inversiones.

Hasta 2014, el crecimiento de la demanda asiática y la revalorización de bienes primarios, las bajas tasas de interés internacionales y un ingreso importante de inversiones extranjeras directas (IED) habían contribuido al crecimiento brasileño, sólo interrumpido en 2009 por la crisis que estalló en Estados Unidos. Sin embargo, las políticas de inclusión social y apoyo a la producción también habían tenido un impacto relevante en su crecimiento. De la mano de una amplia cobertura social, a través especialmente del programa "Bolsa Familia", y de la generación de empleos, Brasil logró reducir la desigualdad y la pobreza. En 2003, el desempleo urbano afectaba al 13% de los trabajadores y la pobreza cubría al 36,3% de la población y, diez años después, la desocupación se redujo al 4,8% y la pobreza había caído a prácticamente a la mitad (18,6%), según el Instituto Brasileño de Geografía y Estadística. Bolsa Familia fue lanzado en octubre de 2003 por Lula, a diez meses de haber asumido la Presidencia. Luego de más de una década de vigencia, el beneficio, variable según el ingreso de cada hogar carenciado, la cantidad y edad de los niños que lo componen, permitió sacar a 36 millones de personas de la pobreza extrema.

La relevancia de la dinámica de la economía de Brasil para nuestro país es central; en particular, para la industria nacional. En una economía en recesión, la mejor salida es exportar y más hacia mercados con una alta vinculación comercial (Argentina es el tercer destino de las exportaciones de Brasil y sus productos no pagan aranceles por integrar el Mercosur).

En un mundo creciendo lentamente y con la producción asiática acaparando mercados, el margen de Brasil para colocar productos en otros destinos es muy acotado y la competencia será más agresiva. Es por este motivo que sería autodestructivo que avance la propuesta en relación al intento de rebajar fuertemente los aranceles a las importaciones de productos industriales extra zona del Mercosur, sobre rubros con amplia capacidad productiva tanto en Argentina como en Brasil (textiles, calzado, acero, maquinarias y muebles, entre otros), que podría acordarse en la cumbre de presidentes del bloque el próximo 5 de diciembre. La segunda cumbre semestral de cada año normalmente se realiza a mediados de diciembre, pero evidentemente buscaron anticipar el encuentro para aprovechar que el gobierno de Macri es propenso a impulsar medidas que degradan la capacidad productiva nacional; esta sería su estocada final.

En el escenario internacional actual y con una industria nacional mucho menos protegida, Brasil estaría en mejores condiciones de resistir el nuevo esquema arancelario propuesto y así podría consolidar su dominio regional y reducir más aun cualquier posibilidad de desarrollo local.

No debería sorprender el desinterés de Brasil en el desarrollo regional. En los últimos 15 años y 9 meses (hasta septiembre pasado), Brasil usufructuó su relación con Argentina de una forma agresivamente asimétrica. Acumuló un superávit comercial de 52.023 millones de dólares que equivalieron al 20% de su saldo positivo total con el resto del mundo. O, visto desde la óptica nacional, el déficit acumulado por el intercambio con Brasil superó en un 17% lo ingresado por el préstamo del FMI, el mayor de la historia del organismo.

Frente al renovado avance de esquemas de regulación neoliberales en la región que han vuelto a demostrar lo calamitosos que son, tanto para Brasil como para Argentina, se debe rechazar la absurda propuesta de rebajas arancelarias a solo 5 días de entregar el mando presidencial. Y, por el contrario, nuestro país debería mejorar sustancialmente su sistema de administración comercial para evitar que las políticas promovidas por el mayor socio comercial ensombrezcan más aún el panorama económico local. Y, sobre todo, habrá que estar alertas a que, maquillados, no vuelvan a resurgir presiones para la aplicación de planes económicos en el país de vaciamiento de las riquezas nacionales y degradación de la plataforma productiva que, como tristemente volvimos a revivir en los últimos años, terminan con crisis y la pérdida de soberanía.

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Mariano Kestelboim

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