El ex Ministro de Economía Hernán Lacunza publicó una columna de opinión en el diario La Nación en la que expone una vieja teoría que encuentra en el déficit fiscal el origen de todos los males de nuestra economía, desde la inflación hasta el sobreendeudamiento. El autor realiza algunos señalamientos interesantes, por ejemplo, la evidente contradicción entre demandar mayor asistencia estatal frente a la pandemia y al mismo tiempo reducción del gasto público y disminución de la presión tributaria, un sinsentido que la oposición política identificada con Juntos x el Cambio sostiene a diario en estos tiempos.

También alerta sobre el peligro de confundir correlación con causalidad. Que dos fenómenos ocurran en simultáneo o con algún nivel de relación entre sí no alcanza para demostrar que uno sea la causa del otro. Esto sucede a menudo por ejemplo cuando se asocia la emisión monetaria como única causa de la inflación, lo que además de problemas conceptuales ha llevado a estragos en la gestión económica del último gobierno. Pero el autor del artículo mencionado justamente comete este mismo error al establecer la causalidad entre déficit fiscal y endeudamiento.

Luego de mostrar el crecimiento del déficit fiscal primario durante el último gobierno de Cristina Fernández de Kirchner, concluye que el endeudamiento macrista fue la vía de financiamiento de ese rojo. Y al hacerlo incurre en varios errores. El primero es una vieja trampa que es hablar sólo del déficit primario, es decir el saldo de caja del Estado luego de recaudar y e gasto. Pero el déficit fiscal también se compone de su parte financiera, la que resulta de los pagos de servicios de deuda. Al incorporar este elemento la historia cambia.

Durante el gobierno de Macri los pagos de servicios de deuda pasaron de representar el 1,3% a 3,3% del PBI. Es decir, el componente financiero del déficit aumentó. Los gastos estatales vinculados a los pagos de deuda crecieron al mismo tiempo que el déficit vinculado a inversión pública en la argentina disminuyó, agravado por el hecho de financiar gastos en pesos con pasivos en moneda extranjera. Así podría afirmarse que en el caso de la gestión de Cambiemos, el déficit es hijo del endeudamiento y no al revés y así podríamos pasar la eternidad en una discusión sobre el huevo o la gallina. Qué viene primero y que después.

Claro que con una diferencia importante. No es lo mismo tener déficit por pagar intereses de deuda que por invertir en obra pública, educación, salud, ciencia y tecnología, política social, etc. El principal mérito del gobierno de Cambiemos no se vislumbra en la reducción del déficit, sino en el cambio de su su composición, reemplazando inversión destinada a la economía doméstica por pagos de intereses por servicios financieros. Los resultados en materia económica y social están a la vista.

Pero lo más sorprendente es que aun con este esquema no lograron ninguno de los objetivos declamados. Durante años nos explicaron que la deuda asumida era para financiar el déficit y así evitar la emisión monetaria, causa de la inflación. Pero el nivel de aceleración de los precios no sólo no descendió, sino que se duplicó durante su gobierno. No obstante, ante tan contundente evidencia sobre los problemas conceptuales de su teoría económica, se empecinan en seguir leyendo la realidad con las mismas lentes.

Veamos esto en otro ejemplo mencionado por el autor. Dice Lacunza que la “fuga de capitales” es resultado de la desconfianza en el peso, un hecho indiscutible sobre el cual no ayudó demasiado la decisión de defaultear deuda en moneda local durante su breve gestión. Pero la enorme sangría de divisas ocurrida durante el gobierno de Cambiemos no hubiera sido posible sin la eliminación de absolutamente todas las regulaciones no sólo sobre el mercado cambiario sino también sobre la movilidad de capitales, política que se contrapone con el diagnóstico acerca de la debilidad estructural de nuestra moneda local. El modelo de “regulación cero” experimentado en los últimos cuatro años nos llevó a una crisis financiera en tiempo récord, generando la inédita situación en que un gobierno defaultea deuda emitida bajo su misma gestión.

La crisis de deuda que se está intentando resolver no es otra cosa que el resultado de una evidente mala praxis de la política económica implementada durante los últimos años. Se tomó deuda en dólares para financiar gasto en pesos, se creyó ciegamente en un supuesto “shock de confianza” que generaría una “lluvia de dólares”, se consideró que la inflación era un problema sencillo de resolver y se fomentó una salida de capitales de una intensidad sin precedentes, que no hubiera sido posible de financiar sin los dólares provenientes del endeudamiento.

Es cierto que el dinero es un bien fungible, pero para que haya un dólar disponible para ser fugado de manera sistemática y con la intensidad que ocurrió en los últimos años, tienen que cumplirse dos condiciones. Que ese dólar haya ingresado por alguna vía al país – en el caso de Cambiemos por la vía del endeudamiento – y que la autoridad pública esté dispuesta a dejarlo a libre disposición, cosa que durante la última gestión se hizo a precio módico. Sobre esto es que los ex funcionarios deberán dar explicaciones, ya que el daño provocado fue de proporciones históricas.

Si realmente queremos pensar un sendero posible de desarrollo para la economía argentina que sea compatible con un mayor bienestar de la población, debemos desechar las respuestas fáciles. La idea de que todos los males de nuestro país obedecen al déficit fiscal es una argumento muy útil para captar la atención y prometer soluciones mágicas que nunca se cumplen. Gran parte de los países del mundo conviven con déficit fiscal pero tienen capacidad de financiarlo en su propia moneda. Esa es una aspiración macroeconómica deseable, para la cual defaultear deuda en pesos y contraer pasivos en dólares imposibles de pagar no colaboró en absoluto.

*Diputado Nacional y economista Director del Observatorio de Coyuntura Económica y Políticas Públicas (OCEPP)

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