El avión volvía de Munich y nadie podía dormir. Santiago Cafiero y Vilma Ibarra escuchaban a Sergio Massa cuando Alberto Fernández se sumó a la ronda. El jefe de Diputados desmentía enérgicamente lo que publicaban por esas horas diarios y portales: que estudiaba abandonar el Frente de Todos tras el despido de Matías Kulfas, irritado porque lo hubiera reemplazado su archienemigo interno Daniel Scioli.

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-¿Adónde me voy a ir? Yo de acá no me puedo ir a ningún lado. ¿Candidato a vice de qué, si con este quilombo no sabemos si llegamos? -soltó con crudeza.

Ninguno de los pasajeros suponía que Martín Guzmán -que se había quedado en Buenos Aires- se eyectaría del Ministerio de Economía a fines de esa misma semana ni que desataría un tembladeral financiero que dispararía 100 pesos todas las cotizaciones paralelas del dólar. Pero el clima ya estaba enrarecido por la disparada de la inflación, la caída de la liquidación de divisas de los agroexportadores, la evaporación de las reservas en el Banco Central al calor de las importaciones de energía y la corrida contra los bonos de la deuda en pesos, por la que ahora todos coinciden en responsabilizar al discípulo de Joe Stiglitz. También arreciaban las protestas callejeras y la presión política de Cristina Fernández de Kirchner para que el Presidente apurase cambios.

Pasó apenas un mes, que en la cúspide del poder pareció un año, pero aquella confesión del ahora superministro ayuda a entender las motivaciones de su desembarco en el gabinete. La apuesta de Massa es a doble o nada. A un año de las PASO y con 16 meses de mandato aún por delante, el renovador presiente que puede terminar en un mejor lugar que el de candidato a vice de Cristina si consigue estabilizar el barco. Optimista hasta que duela, no solo se tiene confianza para cumplir con esa difícil misión sino también con otra que hoy luce más descabellada: ganar.

En el frenesí de este jueves, Massa habló por teléfono tres veces con Miguel Pesce para garantizarse que las intervenciones del Banco Central en el mercado consolidaran la imagen que ya había conseguido instalar en los medios el miércoles: que el dólar bajaba y los bonos y acciones subían por su inminente llegada al gabinete. Es cierto que grandes fondos de inversión de Wall Street ingresaron tímidamente algunas órdenes de compra de activos argentinos a caballo de versiones de supuestos planes de ajuste ortodoxo que circularon con insistencia durante la tarde, pero lo decisivo fueron la inédita suba de la tasa de interés que dispusieron el Central y el Tesoro y las ventas masivas forzosas de Cedears (certificados de acciones extranjeras, que siguen la evolución del dólar) por parte de empresas. Las firmas que adquirieron esos Cedears como forma de dolarizarse, obligadas por otra norma del jueves pasado que les limitó su tenencia, están deshaciéndose de ellos de a millones y comprando bonos. 

El juego de pinzas, mientras tanto, se completó con una operación de desgaste que dejó a Fernández sin más opciones que resignarse al papel de presidente protocolar, casi a la europea, que ejercerá de ahora en más. Un clamor que levantaron los gobernadores peronistas en el almuerzo del miércoles, donde Jorge Capitanich se valió de una encuesta de Gustavo Córdoba con resultados catastróficos para exigirle al Presidente que reaccione, y que después siguió con empresarios. Hasta el financista Javier Timerman, furioso porque había oficiado de vocero informal de la reunión de Silvina Batakis con sus colegas de Wall Street, incrédulos ante su reemplazo apenas dos días después, tuiteó pidiendo por el tigrense.  

Esa picardía política y comunicacional de Massa es casi el reverso perfecto de la forma en la que Alberto decidió y anunció antes algo tan trascendental como su concesión al complejo agroexportador de un régimen especial para que liquide sus granos y cereales retenidos por cerca de U$S 15.000 millones. El famoso “dólar soja”, un intento de seducir a quienes al mismo tiempo se estaba acusando de especular, primero fue desmentido tajantemente y horas más tarde anunciado mediante un comunicado del Central. Un día y medio después, el Presidente salió a defender la medida pero no en cadena nacional ni en conferencia de prensa sino en un audio de WhatsApp que envió a un programa de radio.  

¿Hay equipo?

A Massa no solo lo ayuda y lo ayudó siempre la amistad que cultiva con dueños de medios de comunicación y la propia habilidad que desarrolló con los años, tanto para el on como para el off. También se apoya en vínculos con el establishment como pocos otros políticos tienen (especialmente en la banca y el petróleo), contactos muy fluidos con Washington y un control territorial que incluye lazos muy poco explorados con una nutrida cohorte de comisarios de la Bonaerense. Pero aún así, se trata de un andamiaje todavía precario para la magnitud del desafío que asume.  

De ahí la atención que prestará el empresariado al equipo que vaya a completar durante el fin de semana. Los dos economistas con más trayectoria de quienes integraron alguna vez sus equipos técnicos, Miguel Peirano y Martín Redrado, vacacionaban el jueves fuera del país y les hicieron saber a sus allegados que no aceptarían ningún cargo bajo el ala del nuevo superministro. También se ocuparon de desligarse del plan que según Clarín “le armaron a Sergio Massa sus economistas de confianza”. Una semana antes de la salida de Guzmán, Redrado fue consultado por Cristina sobre la salida de divisas por servicios y pagos de deuda privada. Con Massa, en cambio, el recién casado no habla desde un asado que compartieron tres meses atrás.

En Finanzas se mantendrá Eduardo Setti, que asumió con Batakis pero venía de trabajar con el massista Lisandro Cleri en el Fondo de Garantía de Sustentabilidad de la Anses. El propio Cleri también sonaba anoche para distintos puestos, igual que el veterano José Ignacio de Mendiguren. Otros dos nombres en danza son Héctor Torres y Daniel Marx, a quienes también consultó recientemente el renovador.

Uno de los que quedó en la cuerda floja es Sergio Chodos, un viejo conocido de Massa. El representante ante el FMI pegó un sugestivo faltazo a la entrevista del lunes en Washigton entre Batakis y Kristalina Georgieva. Aunque los voceros de la fugaz ministra dieron como explicación que la cita no era técnica sino política, sus enemigos internos lo acusaron de no haber querido postergar unas vacaciones en familia que había agendado antes de la eyección de Guzmán. Ahora se verá qué lo sostiene además de su histrionismo y su familiaridad con el staff del Fondo. “Es uno de los principales responsables de cómo está la economía”, sentencian desde el Senado. 

En la AFIP, el superministro debió resignarse a un empate. Consiguió que se fuera Mercedes Marcó del Pont, criticada desde su espacio por poco ejecutiva, pero no que la reemplace Guillermo Michel, el antiguo jefe de gabinete de Ricardo Echegaray a quien adoptó bajo su ala y colocó al frente de la Aduana pese a que en el medio asesoró al macrista Miguel Pichetto. Michel consiguió incluso que lo piropee Cristina en un discurso y en Twitter, pero no que avale su nombre por encima del de Carlos Castagneto, vice durante una década de Alicia Kirchner en Desarrollo Social, recaudador de todas las campañas kirchneristas y apoderado de Unidad Ciudadana.

Quizá ahí asome el primer frente de tormenta, porque la relación entre Castagneto y Michel no es la mejor. El contexto puede restañar las heridas: la recaudación tributaria va a cerrar este mes con un aumento nominal superior al 80% interanual, lo cual consolida 23 meses consecutivos de suba por encima de la inflación. Y Marcó del Pont dejó lista una resolución general que, a partir del articulo 21 de la ley de procedimiento tributario, crea un pago a cuenta extraordinario del Impuesto a las Ganancias para captar parte de los beneficios extraordinarios percibidos por algunas de las principales empresas del país a partir de la crisis internacional. Son las 2.000 empresas que más facturan, entre ellas las principales alimenticias, petroleras, mineras y financieras, que deberán adelantar los pagos que preveían liquidar en 2023.

Qué pasa general

¿Caerá víctima Massa del mismo espejismo que nubló a Mauricio Macri, que creyó que todos sus amigos lo acompañarían al margen de sus decisiones y que eso incluía a Estados Unidos, a las empresas líderes y al mercado? ¿Lo acompañará Cristina en sus primeros anuncios para despejar cualquier sospecha de recaída en el internismo?

Habrá que ver. Mientras tanto, vayan tres definiciones de los siete economistas que trabajaron o trabajan con Massa consultados ayer por BAE Negocios para esta nota. 

-“Sergio es muy de las soluciones mágicas. Te blanqueo esto y vos repatriás dólares y así se soluciona todo”. 
-“Él es muy creativo pero piensa mucho en el equilibrio parcial, y lo que miramos los macroeconomistas es el equilibrio general”
-“Su esquema es el de Néstor. Te escucha y te ametralla a preguntas pero nunca sabés qué bola te da”.

Como sea, y por la magnitud del copamiento al que debió resignarse, Alberto Fernández se convirtió ayer en un presidente a la europea, acaso para beneplácito de su mentor Litto Nebbia, de quien tomó aquella idea de que los argentinos “bajamos de los barcos”. Será como esos mandatarios eclipsados por los primeros ministros, verdaderos portadores del poder en los sistemas parlamentarios. Para los camporistas contemporáneos, es apenas volver a la normalidad: que Fernández haya gobernado como lo hizo desde mediados de 2020 es como si su homenajeado Héctor J. Cámpora hubiera pretendido sostener a Esteban Righi o a Juan Carlos Puig como ministros contra la voluntad de Perón. O como si se hubiera negado a renunciar.

Son asuntos del pasado y del presente, porque la historia puede revisitarse y su relato suele ir mutando a lo largo de los años. Pero ni el más audaz de los revisionistas llegó jamás al paroxismo que alcanzó el jueves Hugo Yasky. Según dijo ayer el diputado, Massa “le puede aportar al Gobierno la fortaleza y la iniciativa política que impidan los zigzagueos”. 

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Alejandro Bercovich

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