"Ojo por ojo y el mundo acabará ciego"

Mahatma Gandhi

El odio impacta principalmente en que lo padece, el odio no es curativo. Decía Lord Byron que este sentimiento negativo es "la demencia del corazón". Probablemente quería decir que afectaba incongruentemente a los sentimientos.

El odio es una de las conductas humanas más popularmente difundida pero a la vez menos estudiada por la neurociencia cognitiva. Es muy frecuente observar venganzas en las obras de teatro o en las películas de acción; evocando una de la toma de decisión ancestral más conocida del homo sapiens que ha servido a la evolución. Es decir que este instinto pudo haber tenido una relación importante con la supervivencia darwiniana del más apto.

Existen algunos grupos de investigación que se han dedicado especialmente al estudio de este sentimiento. Ellos han advertido que la posibilidad de venganza ante una injusticia es una de las conductas que nos han convertido en los que somos.

Se presenta entonces la necesidad de estudiar los mecanismos cerebrales de estas conductas de venganza, que se generan en forma individual pero que repercuten a nivel social.

En un estudio del Colegio Universitario de Londres , conducido por Tania Singer, observaron en resonancia funcionl que se encienden zonas de recompensa cuando se castiga al "supuesto" injusto. Se activa por ejemplo el núcleo accumbens (sector de la recompensa y la satisfacción): la venganza dispara así estructuras relacionas con el placer.

Existe además una llamativa relación entre la venganza y el estrés postraumático en víctimas de agresiones. Estas personas describen que cuando se hace justicia los síntomas de estrés postraumático y angustia disminuyen (recompensan la agresión que han padecido), sean víctimas directas o familiares. La venganza es tomada por el cerebro como una instancia de éxito, generando satisfacción y diminución de los síntomas. Aunque igual mejoría puede suceder en la personas con una mayor predisposición al perdón.

Sociedades y la ley del talión

Las sociedades actuales no justifican la venganza como mecanismo de resarcimiento dentro del estado de derecho, dado que se generaría la ley talión semejante a la que ya se describe en la biblia.

Sin embargo existe un impulso arcaico de revancha estudiado en mecanismos cerebrales que hoy pueden estudiarse. Clama así nuestro cuerpo por una compensación de justicia. Esta deben realizarla los estados en la forma más objetiva posible, con el fin de evitar que el cerebro primitivo interno se dispare anárquicamente.

El sentimiento de agresión es un proceso que pareciera más relacionado con melodramas o problemáticas banales. Sin embargo, esta función puede ser enmarcada en el tipo de emociones que han logrado diferenciar al ser humano y que permiten tomar decisiones. Esta suerte de detector de la propia inferioridad fue usado para luchar y sobrevivir por sobre las otras especies.

Se conoce que también existe enojo por injusticia en los animales. Así, al chimpancé se le puede enseñar a realizar una actividad recompensándolo con una uva. Pero si éste observa a otro primate al que por una actividad similar se lo premia con bombones (mucho más apetitoso) deja de realizar la actividad, pues pide una mayor recompensa para volver a hacerla. Se considera a esta negativa como a un modelo de envidia animal.

En esto se basan los mecanismos de influencia de toma de decisión en el consumo, que las compañías de marketing, las de comunicación y las agencias de medios utilizan. Se valen así de una emoción arcaica, del deseo de lo del otro, que probablemente fue un proceso relacionado con la supervivencia del humano por sobre otras especies.

Cuando estas cortezas se lesionan (cuando mueren las neuronas por lesiones externas o por enfermedades que generan mecanismos desaparición neuronal) o se inhiben funcionalmente por un tiempo, como en el caso del alcoholismo, estas posibilidades inhibitorias llevan como consecuencia a conductas con agresiones desmedidas.

Se ha planteado además que podrían existir genes que regulan la agresividad: los que regulan al neurotransmisor Serotonina o genes para una enzima llamada MAO al alterarse provocarían mayor tendencia a las actitudes violentas. Otros trabajos muestran que el aumento de testosterona (hormona masculina) podría ir acompañado de aumento de conductas violentas, sea porque se la indicó como tratamiento o porque la persona padece de hipersecreción de la misma.

No obstante, hay que tener mucho cuidado porque existen trabajos serios en los que no puede considerarse a la genética como único factor. Además, en general existen múltiples genes que regulan ciertas conductas complejas. Por eso estos son estas instancias se consideran reguladas por multigenes. Estos generan un aumento de riesgo para presentar ciertas conductas pero condicionadas por múltiples situaciones sociales y ambientales. Se consideran que son multifactoriales y, así como existen genes que aumentan ciertas acciones, hay otros que aumentan la resiliencia para padecer ciertas conductas.

La agresión es una de las funciones instintivas claves que colaboran con la toma de decisión final, la cual puede verse alterada en personas antisociales. Trabajar para que las personas susceptibles a realizar conductas agresivas aumenten sus resiliencias sociales es una tarea que se debe plantear, pudiendo disminuir situaciones de riesgo para sí o para terceros.

Procesos defensivos

La respuesta agresiva es una función adaptativa que hace a la supervivencia de los animales superiores y también del homo sapiens, es decir de nosotros. Así, la especie humana desarrolló este proceso defensivo o cazador. Lo aplicó también parala lucha territorial y la caza; aprendió a dominar el odio e interpretarlo culturalmente.

El odio es una emoción basada en la venganza y la violencia primitivamente arraigada en la defensa tribal y gregaria de nuestros ancestros. Invocarlo en forma reiterada pone a la sociedad en riesgo.

Eso se relaciona con los sistemas de sesgos de confirmación que se presionan aún más con la virtualidad y las redes, donde se generan pequeños grupos de identificaciones de ideas, en una especie de retroalimentación negativa de confirmación de pensamientos, pero de una tribu que dialoga consigo misma. Generando peligrosamente más odio.

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Ignacio Brusco

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