Cerciorar la escala de producción es uno de los aspectos esenciales para medir las consecuencias ambientales. Grandes granjas industriales crean grandes gripes según advierten los expertos. China decidió extranjerizar parte de su producción porcina no previendo bajos costos en otros países sino buscando minimizar riesgos sanitarios. En 2018 se declaró oficialmente un fuerte brote de la Peste Porcina Africana en China que llevó a sacrificar 1,2 millones de cerdos en el país, según estadísticas oficiales. La GRAIN desmiente dicha cifra y la aproxima a 200 millones.

El diario The Guardian difundió a fines del mes pasado los resultados de un estudio publicado en una revista científica norteamericana, donde tras hisopados nasales realizados a cerdos de granjas industriales chinas se encontraron 179 variedades de virus, entre ellos, una cepa (la G4 EA H1N1) causante de la "gripe porcina" que golpeó al mundo en 2009. El 10% de los trabajadores de dichas granjas mostraron anticuerpos, es decir que habían sido contagiados según concluye el estudio y si bien no hubo evidencia de contagio entre humanos, se advierte que el G4 es altamente infeccioso e inmune a las defensas humanas ante gripes estacionales.

Dicho medio también comunicó que el 15 de julio el gigante asiático suspendió las importaciones de dos plantas procesadoras de carne de cerdo de Brasil (controladas por las firmas JBS y BRF) como parte de las medidas estrictas que aplica el gobierno de Xi Jinping sobre embarques provenientes del exterior para evitar más contagios de coronavirus.

Las grandes factorías de carnes están acusadas de prácticas mafiosas, lavado de dinero, corrupción y daños medio ambientales. GRAIN y IATP, dos organizaciones ecológicas internacionales sin fines de lucro, estiman que las 20 primeras empresas productoras de carnes y lácteos del mundo generan más gases de efecto invernadero que Alemania, Canadá, Australia, Reino Unido o Francia; y que las 5 mayores del rubro (JBS, Tyson Foods, Cargill, Dairy Farmers y Fonterra) emiten juntas más gases que Shell, Exxon Mobil, o British Petroleum.

Bajo el contexto actual de pandemia que estamos viviendo, los riesgos de la transmisión de un virus de un animal vivo a otro humano se nos revelan como inminentes, de allí la fuerte atención que captó un tema que podríamos evaluar eventualmente en agenda de la política pública. Sabemos que el hacinamiento de animales y la inyección de fármacos para el engorde son condiciones ideales para el desarrollo de nuevas cepas virales.

A la cuestión sanitaria que deberá contemplar una eventual alianza con China se suman consideraciones vinculadas a la soberanía alimentaria.

Comencemos por mencionar el importante impulso de las exportaciones de carne vacuna durante el gobierno anterior: el país pasó de vender en promedio 200 mil toneladas de res con hueso en 2015 a superar las 500 mil en 2019, según datos del IPCVA. En dólares hablamos de exportaciones por USD 3.000 millones, una cifra nada desdeñable para Argentina si bien menor a los USD 23.000 aproximados que deja el complejo oleaginoso-cerealero. Casi el 70% de las exportaciones vacunas se dirigieron a China en 2019.

Ese boom exportador dejó como saldo un menor volumen de carne vacuna para el mercado interno. Si bien la producción anual promedio (de 3 millones de toneladas de res con hueso) se destina mayoritariamente al consumo doméstico; una parte creciente del mismo empezó a sustituirse por carne aviar hace unos años y porcina recientemente. Hacia 2019 se triplicaron las exportaciones vacunas pero también se triplicaron las importaciones de carne porcina (pasaron de unos USD 40 millones en 2015 a USD 100 millones en 2019) provenientes de Brasil y Estados Unidos. El fenómeno alimentario de Porquísimo es furor en el conurbano.

Ese es otro riesgo a evaluar desde la política pública: el encarecimiento relativo del buen alimento para nuestra población con estándares de vida y promedios de ingresos bastante inferior a los extranjeros.

* Economista ( UBA) y docente ( UBA | UNDAV | UNAJ)