"Echar al técnico es más fácil que a los once jugadores" es cosa de futboleros. "Si lo arrojamos al precipicio, lloverán las bendiciones" es fe de fieles. La salida de un ministro es una fusión entre el despido de un DT y un sacrificio religioso. La sugestión, el contagio y la condena hermanan los rituales. Así, entre castigos y ofrendas, anda Martín Guzmán, el inquilino del cadalso. La presión sobre su reemplazo se convirtió en el tema del mes. Esta semana llegaron a convivir, entre las principales de los portales, tres noticias que lo apuntaban: la renuncia del secretario de Comercio Interior, la cumbre de gobernadores y una amenaza del legislativo de avanzar con un proyecto para subir el mínimo no imponible del Impuesto a las Ganancias.

Tantos sectores en simultáneo oscurecen la espontaneidad del reclamo. La negociación del acuerdo con el FMI precipitó la ruptura interna, aunque la hostilidad con el ministro arrastraba más de un año. Visibilizando el conflicto, fue Andrés Larroque quien le recordó que no representaba a nadie y Máximo Kirchner el que cuestionó su origen y destino. La estrategia de desgaste está sostenida por el intento de instalar la imagen de un tecnócrata foráneo y liberal.

El caso presenta tres variables: identidad, rol en el armado político y construcción del perfil público. Decir que alguien, en política, es un desconocido no es peyorativo (aunque la intención lo sea). Si hay crisis de representatividad, el desconocimiento es oportunidad. Guzmán entró al gobierno sin antecedentes de relevancia en la función pública. Un modelo para armar. Economista, platense, hijo de la universidad pública, doctorado en el extranjero, especialista en deuda, sub 40 y kirchnerista por proximidad histórica. Junto con Salud y Jefatura de Gabinete, formó la trilogía de gestión para el control de la pandemia. Su contorno se despegó del resto durante la negociación con el Club de París.

Pegarle a Guzmán es sacudir a Alberto sin la carga de contradicción implicada en aclarar cómo es que "pusiste" al que hoy

Hace menos de un año, más de un siglo, Guzmán enfrentaba su dilema de aparición. El recuerdo de esas horas lo representa como un estoico. La austeridad en el manejo de las emociones y el control en la toma de decisiones se combinaron en una imagen en la que, entre una escenografía de tazas vacías, papeles y sillones de despacho, el ministro se mostraba evitando el default. Esa noche, y esa foto, fueron tanto su carta de presentación como el inicio del conflicto interno.

Anclar las expectativas

Los roles se asignan y se asumen. Guzmán conoció, en el último año, dos papeles pretendidos para él dentro de la alianza de gobierno. El que desea el Presidente y el que impone la ortodoxia kirchnerista. El ministro es, hoy, la única política pública con la que cuenta Alberto Fernández. El de garante fue un rol asumido antes de ser asignado. Le permite encarar negociaciones con implicancias políticas, ensayar un pequeño acuerdo nacional con algunos sectores del empresariado y disputar la agenda pública. El segundo rol, el de culpable, está siendo asignado sin ser asumido. Pegarle a Guzmán es sacudir a Alberto sin la carga de contradicción implicada en aclarar cómo es que "pusiste" al que hoy castigás. Para esa tarea, el oficialismo disidente villaniza la figura del funcionario bajo acusaciones efectistas como la insensibilidad en la gestión, el desconocimiento de las problemáticas sociales y la subordinación al capitalismo financiero global.

Bajo la premisa de que el conservador siempre es el otro, el operativo demolición se puso en marcha. Combinando la imputación de no representar a nadie con la sospecha de que su pasado y su futuro están lejos de Argentina se construye una imagen más cercana a Prat Gay que a Gelbard. La insistencia sobre su culpabilidad encuentra resistencias fácticas.

La imagen del ministro de Economía exhibe mejores indicadores que las de los dirigentes que lo fustigan. La acusación de ser parte del problema, y no de la solución, choca con su falta de antecedentes en la gestión pública y su referencia a ser parte del establishment parecen exageradas para el hijo de un profesor de tenis de La Plata. Si Guzmán no había empezado el secundario cuando Kicillof ya era una estrella de TNT en la facultad, la sospecha de formar parte de la vieja política le queda un poco ancha. Tras la queja de su "cortarse solo" aparece el problema real. El problema del ministro, para los garantes electorales de la alianza de gobierno, no es que le falta rosca sino que le sobra.

La imagen es una dimensión del perfil público. El nivel de exposición y la estrategia de relacionamiento lo completan. La figura de Guzmán enfrenta el máximo estrés de estos treinta meses de gestión. Instalación de imagen negativa, atizada por el fuego amigo, que provoca que su nombre sea más invocado que sus acciones. Sobreexposición marcada por la centralidad en el acuerdo con el FMI y la inflación como principal problemática social. Vinculación con los sectores concentrados del poder económico, que genera sospecha en un sector del oficialismo que privilegia la relación con los movimientos sociales, en la lógica "amigo-enemigo".

Cláusula de ajuste 

La gestión del perfil público del ministro es su principal desafío en esta etapa. Su objetivo de "anclar las expectativas" depende de la capacidad de proyectar su imagen de control más allá de sus límites personales. Guzmán es Scioli, por otros medios. En la capacidad de resiliencia y de aceptar los embates sin confrontar hay un incipiente estilo político. Con una cláusula de ajuste de la que el ex candidato presidencial puede dar fe. En esa elección, tan peronista, del tiempo por sobre la sangre es necesario establecer alianzas más allá de los límites de quien te hostiga para garantizar la supervivencia.

"Para saber mandar hay que saber, bastante, obedecer", rezaba el padre Castellani en su Carta al Gran Visir. Es improbable que esa haya sido la fuente de inspiración que siguió Máximo Kirchner al advertir al funcionariato, ya que el siguiente verso amplía: "Y hay que saber, bastante, padecer para saber un poco castigar". Si este mayo llamado Guzmán aparece, ante los ojos del público, como un ejercicio de lapidación antes que como solidaridad de la dirigencia con los que más sufren, es, en parte, porque la gente advierte que estos verdugos han sido muy poco penitentes. Así como aquel oficialismo de Cristina se jactaba de vencer la sentencia de que "tres tapas podían voltear un gobierno", Guzmán parece empezar a romper la idea de que "tres críticas del ultrakirchnerismo pueden voltear a un ministro".

La necesidad de su debilitamiento coincide con romper el último bastión del Presidente que quedó sin forzar. El fin de la era Guzmán significaría, también, el reconocimiento pleno del control cristinista sobre la gestión de Alberto. Esto no suena como un gran negocio para un kirchnerismo, que no está dispuesto a compartir la responsabilidad sobre las medidas del Ejecutivo. Para servir como mecanismo de expiación debe seguir siendo ministro. En ese "que se doble pero que no se rompa", Guzmán encuentra la oportunidad de tomar la iniciativa. Su control sobre la Secretaría de Comercio Interior es un mensaje: si voy a ser juzgado con rigor, como el máximo responsable, voy a gestionar como tal.

La centralidad de su imagen en la etapa que comienza lo obliga a repensar su perfil. Con la crisis económica como principal preocupación social, su nombre empieza a formar parte de las discusiones en la cola de los bancos y en los almuerzos del domingo. En un país en el que un ministro de Economía (por éxito o fracaso) es casi un primer ministro, Guzmán debe lograr que su estoicismo sea algo más que un comportamiento reactivo. Los que lograron sobrevivir al Palacio de Hacienda podrían hacer un escudo con esta regla: o te ponés a hacer política o sos víctima de ella (de la política, claro).

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Santiago Aragon

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