Ernesto Sanz tuvo que esforzarse para calmar a todos en torno a la mesa rectangular que dispuso la poderosa Asociación Empresaria Argentina (AEA) en el Four Seasons. Los comensales movían medio PBI: Luis Pagani, Paolo Rocca, Héctor Magnetto, Sebastián Bagó, Carlos Miguens, Aldo Roggio, José Cartellone, Alfredo Coto, Cristiano Rattazzi, Gustavo Grobocopatel, Jorge Aufi ero, Federico Braun, Teddy Karagozian y Eduardo Elsztain, entre otros. No habían pasado ni seis horas de la agónica aprobación en Diputados de la reforma previsional, que hundió a Mauricio Macri en la mayor crisis política de sus dos años en la Rosada. La palabra “gobernabilidad” volvía a revolotear un diciembre tórrido y las cacerolas nocturnas habían vuelto a sonar como hacía al menos un lustro que no ocurría. Sin vueltas, el radical mendocino jugó su mejor carta ante ese auditorio: “Hay un presidente fuerte que no es peronista y hay muchos que no pueden aceptar eso. Pero está respaldado por una coalición y esa coalición está firme”, les juró.

La violencia del lunes, cuando unos doscientos manifestantes desafiaron a la policía con una lluvia de piedrazos y hasta con morteros caseros improvisados ante la mirada atónita de las decenas de miles que se manifestaban pacíficamente contra el recorte, fue lo que le permitió al Gobierno salir de la encerrona del jueves, cuando naufragó el primer intento de convertirlo en ley. El artillero rasta del PSTU alejó velozmente a Macri del abismo al que se asomó el jueves, cuando hizo firmar a todos sus ministros el decreto de necesidad y urgencia que instituía la reforma de prepo. También ayudó el veto de Elisa Carrió por twitter. Nadie sabe qué habría pasado esa noche si el Presidente hubiera empuñado la lapicera bajo emoción violenta.

Los desmanes y la represión policial coparon al instante la agenda mediática. Pero en la intimidad de la mesa rectangular del Four Seasons se habló de la cuestión de fondo. ¿Será capaz el Gobierno de administrar el ajuste, tras haber sido irreprochablemente plebiscitado en las urnas? ¿Alcanzará el encarcelamiento de kirchneristas para hacer socialmente digerible ese ajuste? ¿Servirá esta vez el argumento catastrofista al que suelen apelar los políticos de todo el mundo al exigir austeridad, que el Presidente estrenó con Marcelo Longobardi por la CNN?

Grobocopatel, uno de los que escuchó más atentamente a Sanz, lo tradujo ante BAE Negocios con la crudeza ingenieril que Jaime Durán Barba desaconseja. “El Gobierno tiene que hacer muchas cosas, feas, que no gustan. Porque si no las hace, lo que viene es peor. Si no puede pagar, si se endeuda demasiado, todo es peor que estas reformas. Tenemos un problema macroeconómico más grave del que pensamos que tenemos. No hay conciencia en la sociedad de que tenemos por delante varios años duros. Pero hay muchos países que pasaron por años duros y después prosperaron, como China, Corea o Chile. Tenemos que entender que hay que hacer esfuerzos y sacrificios para salir adelante”, opinó.

Ceder un poco

La pregunta que sobrevoló la batalla campal del Congreso y la mesa de AEA del día siguiente es quién hará ese sacrificio que el oficialismo ya decidió que no puede aplazar más. Con menos de 12 horas de intervalo, los diputados aprobaron una ley que quitará de los bolsillos de jubilados, desocupados y trabajadores de bajos ingresos unos 100.000 millones de pesos durante 2018 y dieron media sanción a otra que eximirá en el mismo lapso a las empresas de oblar unos 200.000 millones en contribuciones patronales. ¿Cómo vender políticamente esa transferencia? ¿Cómo convencer a la sociedad de que desde la semana que viene, cada mes, el boleto de colectivo en el área metropolitana debe subir 50 centavos por mes y las retenciones a la exportación de soja deben bajar medio punto porcentual? ¿Cómo explicarle al beneficiario de una asignación por hijo que cobrará $124 menos de lo que esperaba en marzo y que al mismo tiempo baja la alícuota del impuesto a los Bienes Personales?

Para que las cacerolas de este diciembre no catalicen un reagrupamiento opositor realmente desafiante y no empiecen a oscurecer la suerte de Macri, como hicieron las de 2012 con Cristina Kirchner, el sacrificio social debería empezar a mostrar sus frutos. O, al menos, a ofrecer una hoja de ruta. Quiénes crearán los empleos prometidos que todavía no llegan, qué variables empujarán la actividad o cuándo bajará la inflación de forma irreversible son algunas de las preguntas que piden respuestas a los gritos.

Esa zanahoria potenciaría como slogan al “todos tenemos que ceder un poco” y afianzaría al plan económico como programa de gobierno. Pero su aparición se demora por los propios errores de gestión, incluso según varios de los comensales de la mesa rectangular. La supertasa de interés de Federico Sturzenegger, a quien Luis Caputo salió a poner un límite la semana pasada, ahoga la actividad productiva. El presidente de la UIA, Miguel Acevedo, ya lo había advertido en su Conferencia Industrial y lo reiteró días atrás ante una mesa de diálogo que convocó el cura Rodrigo Zarazaga. Las idas y vueltas de la política fiscal, con la “reparación histórica” y la reforma previsional como hitos de la contradicción, también forman parte del repertorio de reproches corporativos.

Gentuza

A no malinterpretar. Que haya reproches a la gestión y cierta desilusión por los resultados no significa que el estabishment no siga apostando de modo casi unánime e incondicional a Macri. La crisis política de la última semana volvió a abroquelarlo, como el cuco de Cristina antes de las PASO. Uno de los exponentes más nítidos de ese nuevo empresariado militante es Gabriel Martino, el CEO del HSBC, quien no se anduvo con vueltas el mismo martes, pero al atardecer, al brindar por 2018 con la AmCham en la residencia del embajador estadounidense.

−Acá lo que se vio es que una horda de antidemocráticos vieron que perdían y quisieron impedir que funcione la democracia. Todos comandados por el kirchnerismo. La gentuza que nos gobernó, como (Agustín) Rossi o (Axel) Kicillof, tiene que irse a laburar y no quiere. Necesitamos que haya una oposición, porque no puede no haber, pero tiene que ser una oposición razonable, no ellos -soltó allí ante un pequeño grupo de ejecutivos y periodistas.

El gerente general de Ledesma y presidente de IDEA, Javier Goñi, fue algo más moderado. “Tal vez faltó explicar mejor la reforma y el error fue creer que alcanzaba el pacto con los gobernadores”, concedió. A la hora de interpretar lo que se había vivido horas antes, sin embargo, coincidió con el banquero: “Las del Congreso son imágenes que no creíamos que íbamos a volver a ver”, dijo. Gastón Remy, CEO de la petroquímica Dow y contertulio suyo de IDEA, les confesó a Goñi y a Martino que los desmanes lo habían sorprendido a la noche, cuando volvió a conectarse tras un lunes de pesca sin señal en el celular. Los leyó como una disputa “entre lo nuevo y lo viejo”.

Lo nuevo se dará cita el 5 de enero, en Punta del Este, en la fiesta del HSBC. Un ágape que lleva 10 años consecutivos y que Martino se jactó el martes de haber sostenido incluso cuando lo “perseguía el kirchnerismo”. Fue un dardo venenoso contra Jorge Horacio Brito, el dueño del Macro, quien este año no invitó a nadie a su chacra Mamá Ganso, pese a que siempre lo había hecho desde el turbulento verano de 2002.

El entusiasmo del empresariado enfrenta un límite contante y sonante, que antes que Macri conocieron todos sus antecesores democráticos. Las declaraciones de apoyo y las muestras de afecto de los gerentes de multinacionales no tienen correlato, por ahora, en inversiones productivas. Lo único que empuja la tasa de inversión en relación al PBI es la obra pública y las inversiones inmobiliarias, que no mejoran la productividad local. La afluencia de fondos extranjeros solo beneficia al mercado financiero, pero eso mantiene el dólar atrasado y perjudica en el mediano plazo a la producción.

El otro problema es que los mismos empresarios que dicen apostar todo por el Gobierno no dudan en dolarizar sus carteras ante el menor atisbo de suba de la divisa. Como lo hizo con su inigualable puntería Marcelo Mindlin, la semana pasada, en todas sus empresas. El zar de la energía, a quien el oficialismo benefició con nuevas exenciones de impuestos en la reforma tributaria, todavía ve barato el billete verde a $18,23. Feliz Navidad.