El Gobierno jugó una nueva carta, tal vez la última, para lograr transitar con la suficiente gobernabilidad el tormentoso océano que deberá navegar durante algo más de tres meses. Más allá de cualquier evaluación técnica sobre la pertinencia/efectividad de las medidas anunciadas, Hernán Lacunza dejó en claro que sin estabilidad no hay posibilidad de imaginar reactivación alguna. Algo nervioso por momentos, el recién arribado funcionario cargó con la trascendente comunicación, incluida una introducción de fuerte tono político en la que se mostró solvente en un terreno que no le correspondía.

El ministro de Hacienda, en una de las jornadas más críticas de la gestión macrista, le explicó a los argentinos la importancia de que una administración no peronista culmine en tiempo y forma su gestión. En el lento y tortuoso camino de crecimiento institucional, el país necesita que eso suceda. Para lograr ese "hito" es imprescindible que oficialismo y oposición den muestras de responsabilidad. Ese mensaje también quedó, en la tarde de ayer, a cargo del novel ministro. No debió corresponderle a él. Seguramente no fue su decisión.

Conforme avanza la crisis, el Gobierno se quedó sin vocero político. El presidente Mauricio Macri se dilapidó a si mismo con sus cambios de humor desde la sentencia de las urnas en las primarias. Su vocero natural y principal responsable de la fallida estrategia electoral también está vedado. El mismo mensaje introductorio habría sido peor recibido si lo pronunciaban Macri o Marcos Peña, a quienes les correspondía, y en cadena nacional. Acertaron si se dieron cuenta de que su sola presencia complicaría la situación. Su ausencia es el gráfico reconocimiento de una retirada en marcha.

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