La característica más distintiva de la economía nacional es el elevado voltaje de la tensión distributiva. Al no existir un patrón definido de modelo de acumulación, cuando cambian drásticamente los esquemas de políticas públicas, como de forma reiterada ha ocurrido en nuestro país, esa tensión tiende a exacerbarse y dificulta cualquier proceso de estabilización. Pasamos de regulaciones que intentaron estimular el negocio productivo y luego, crisis mediante, a otras que favorecieron la actividad financiera y comercial, desentendida de las necesidades del desarrollo industrial, que también culminó en crisis.

Las relaciones de poder involucradas en estos bruscos cambios, omitidas en el análisis hegemónico que concentra su mirada en los crónicos desequilibrios fiscales como origen supremo de todos los males que aquejan a la economía local, operan de forma estructural. Los saltos de un modelo a otro provocan, además de los perjuicios materiales en el entramado industrial y el incremento del endeudamiento externo en las etapas de desintegración productiva, un comportamiento empresarial que, en su lógica dinámica adaptativa, se vuelve más rentista; así, las inversiones que van predominando se orientan a negocios donde los retornos son a corto plazo, con desarrollos que tienden a ser menos complejos tecnológicamente en relación a las plataformas productivas internacionales.

En consecuencia, los esquemas, como el que actualmente va emergiendo, que tratan de recuperar la capacidad industrial se convierten en desafíos que requieren una sintonía de políticas cada vez más compleja para alcanzar consistencia y poder saldar el atraso tecnológico y de infraestructura. Hoy, con una muy elevada inestabilidad, una alta fragilidad institucional y compromisos financieros asumidos que superan holgadamente la capacidad de pago determinada por la estructura productiva, la misión es aun más complicada y lo peor es que, en caso de fracasar, una eventual siguiente etapa de reconstrucción industrial sería todavía más difícil de prosperar. No sólo la plataforma productiva local ha ido erosionándose con esquemas que priorizan el negocio financiero, también el escenario internacional se vuelve crecientemente hostil y dispone de herramientas cada vez más sofisticadas de regulación comercial restrictiva para los sectores locales más competitivos (agro) y menos margen de políticas para resguardar el desarrollo de los rubros de mayor atraso relativo y mayor dinamismo (industria y servicios vinculados especialmente a las nuevas tecnologías del conocimiento). En este escenario, ganan espacio las alianzas de integración económica internacional y, en particular, los mercados regionales. Lamentablemente, en esa materia, también estamos rezagados y, por eso, es clave recomponer las relaciones con nuestros socios comerciales más cercanos y construir esquemas de integración de mutuo beneficio y no meras concesiones de mercado en detrimento del desarrollo de las capacidades industriales.

La indefinición del modelo de acumulación es una condición particular que da cuenta de las complejidades de las relaciones de poder que operan en el país. En la gran mayoría de las economías, esas relaciones están consolidadas y así la distribución del excedente no fluctúa en gran medida entre sectores. Al estar estructuralmente ordenados o no tener cambios abruptos y frecuentes de reglas de juego, el nivel de ingreso depende básicamente del crecimiento general del país y no de la apropiación de riquezas generadas por otros.

Por caso, en las economías de Medio Oriente, la distribución del ingreso de los sectores de actividad más difundida (turismo, comercio, finanzas, petróleo, la agricultura, textiles, marroquinería e industria bélica) tiene patrones de distribución no tan variables como en nuestro país, donde en determinados períodos el excedente puede ser captado en mayor medida por la industria y en otros, por ejemplo, por empresas proveedoras de servicios públicos o importadores. Lo mismo sucede en el resto de Latinoamérica, en los países desarrollados o en el resto de Asia. Los sectores de poder han logrado sostenerse sin tantos vaivenes de su participación en el producto.

Esto no ocurre solamente entre actividades económicas, también la distribución del ingreso estable en el mundo y variable en Argentina repercute intensamente sobre los trabajadores. En los países menos desarrollados, a nivel general (por supuesto, hay alguna movilidad y excepciones) el salario es de subsistencia prácticamente a lo largo de toda la vida del trabajador. Puede haber períodos con remuneraciones relativamente mejores o peores y que los progresos o retrocesos incluyan a amplios grupos de trabajadores. Pero no sucede que, en ciertos lapsos, con frecuencia más recurrente, amplios sectores de ingresos medios tengan la posibilidad de forma generalizada de, por ejemplo, reequipar sus hogares con artículos electrónicos, renovar sus vehículos o veranear en exterior, incluso en países con niveles de vida de trabajadores históricamente muy superiores a los locales. Y mucho menos sucede que, después de esos períodos, también de forma crónica, ocurra que las condiciones de vida se sumerjan en situaciones de precariedad adquisitiva generalizada.

Los procesos de auge de las condiciones de vida siempre fueron acompañados de una alta afluencia de capitales externos por vía del endeudamiento, de inversión extranjera directa o de mejora de los precios de exportación. En tanto, las etapas de retroceso estuvieron signadas por el menor ingreso de capitales externos. Después del cataclismo de la crisis de 2002 y del mega endeudamiento del gobierno anterior, será mucho más complicado impulsar ciclos de crecimiento sostenidos por el ingreso transitorio de capitales por deuda. La inversión extranjera directa tampoco parece ser un motor suficientemente dinámico para atraer divisas. Por lo tanto, para romper con la inercia de cambios de modelos donde las capacidades productivas son estimuladas y luego abandonadas, es necesario respaldar políticas que estimulen la ampliación de la industria y necesariamente promuevan el crecimiento de exportaciones con creciente valor agregado. La experiencia internacional de desarrollo es ilustrativa respecto a la relevancia para alcanzar el desarrollo de las actividades más dinámicas en términos distributivos y generadoras de empleo. Si bien también hubo tensiones, no se ocultaron detrás de otros debates y terminó primando el interés del desarrollo productivo conducido con políticas públicas que consiguieron, con más o menos coerción, zanjar esas disputas.

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Mariano Kestelboim

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