¡Oh tú, tedesco Alberto, que dejas Italia

al verla tan salvaje y tan indómita,

y debiste apretarle los ijares,

caiga de las estrellas justo juicio

sobre tu sangre, y sea nuevo y claro,

tal que tu sucesor le tenga miedo!

(…)

Las Atenas y Espartas, que inventaron

las viejas leyes tan civilizadas

del bien vivir, hicieron pequeña prueba

comparadas contigo, pues que haces

tan sutiles decretos, que a mitad de noviembre

los que hiciste en octubre nunca llegan.

La Divina Comedia, Canto VI, Purgatorio. 

Uno de los obsequios que le llevó Alberto Fernández al Papa, una edición especial de la obra maestra de Dante Alighieri, podría malinterpretarse como otro episodio de la ruidosa interna del Frente de Todos si no fuera porque la elección de los presentes estuvo a cargo de Julio Vitobello, amigo íntimo del Presidente a quien nadie identificaría como kirchnerista. Desterrado de una Florencia dividida por la grieta entre güelfos blancos y negros, tras la derrota de los gibelinos, Dante aprovecha sus versos para fustigar a sus viejos aliados devenidos enemigos. Su desprecio por el duque de Austria, Alberto I de Habsburgo, lo mueve a tacharlo de tibio y a burlarse de esos decretos que no sobrevivían de un mes al otro. Cualquier paralelo con la Argentina de 2021 que quiera trazar el lector corre por su exclusiva cuenta.

El “justo juicio” le llegó a aquel Alberto en 1308, mientras Dante todavía trabajaba en su Comedia, y no de las estrellas sino de la mano del sobrino que lo asesinó mientras cruzaban juntos un río. Todo lo contrario de lo que hoy juran que desean para su homónimo los más encumbrados dirigentes kirchneristas, preocupados y disconformes por el rumbo de la política económica pero conscientes de que cualquier fisura puede desembocar en un destierro del poder acaso tan duro como el que sufrió el poeta, o incluso en la cárcel. De nuevo.

Lo dijo puertas adentro Carlos Zannini, el excandidato a vicepresidente y actual procurador del Tesoro de la Nación, cuando hizo erupción la pelea que venía dando subterráneamente Axel Kicillof para que Martín Guzmán se decidiera a romper el chanchito tras un primer trimestre signado por el ajuste fiscal, monetario y de ingresos. A funcionarios que lo consultaron les sugirió acostumbrarse a que la jefatura de Estado y la jefatura política estén en distintas cabezas. Algo común en los parlamentarismos europeos pero difícil de digerir para el hiperpresidencialismo criollo y especialmente para un establishment que se había ilusionado con licuar a la segunda del binomio.

Zannini se metió en boca de todos el martes por su negativa a reconocerse como privilegiado por haberse vacunado contra el COVID junto a su esposa mucho antes que el resto de la gente de su edad, incluso con comorbilidades. Pero conviene rever el inicio de esa misma entrevista en C5N donde, después de reivindicar a Federico Basualdo como “un chico serio, trabajador, muy inteligente y que se dedica con mucha responsabilidad a la tarea que le han encomendado”, dejó entrever el pensamiento más íntimo del kirchnerismo sobre sus socios: “Sabíamos desde el comienzo que esto no iba a ser fácil, que venimos de distintas historias, de distintos lugares, y que esto para quienes acompañamos a Néstor y a Cristina es una incorporación de compañeros que en algún momento tuvieron diferencias con nosotros”.

No fue el único. Sin la elegancia de Dante, el PJ bonaerense que ya eligió como jefe a Máximo Kirchner emitió su propio reproche de la tibieza. En un comunicado titulado “la Argentina de los tarifazos quedó atrás”, criticó “el ajuste a mansalva que alienta la ortodoxia neoliberal”. Fue apenas 96 horas después de que Guzmán opacara el mayor anuncio de política social en lo que va del año con su denuncia del “esquema de subsidios energéticos pro-ricos” que intentó infructuosamente desmantelar.

Inflación y freezer

Lo que mantiene unidas a todas las tribus del Frente no es el amor sino el espanto, no solo frente al formidable dispositivo de poder mediático, judicial, diplomático y empresarial que alienta desembozadamente el regreso del macrismo al poder sino también frente a las condiciones que empiezan a convertir esa posibilidad en algo no tan descabellado. La principal de ellas es la inflación, que ayer sembró de desolación a todo el equipo económico con el 4,1% de abril, un mes tradicionalmente tranquilo para los precios. El 17,6% acumulado en el primer cuatrimestre terminó de enterrar la proyección presupuestaria de Guzmán, del 29% para todo el año. Y la suba de los alimentos, muy por encima del promedio, lastima donde más le duele electoralmente al peronismo: en el Conurbano pobre y las grandes ciudades del interior.

Consumado el avance de Cristina Fernández y Kicillof sobre la heterodoxia cautelosa de Guzmán, el Gobierno ahora apostará a contener el daño del alza de precios con asistencia social para los más pobres y un “plan freezer” para la clase media con riesgo de empobrecerse. En eso no hay fisuras: Paula Español cierra acuerdos sectoriales para mantener los productos más básicos de la canasta congelados hasta octubre, YPF clausura su temporada 2021 de aumentos con el de este fin de semana, Miguel Pesce le puso el freno de mano al dólar después de intentar seguirle el ritmo a los precios durante el verano y Basualdo clavó en un dígito la suba de las tarifas de gas y luz para el AMBA.

La mira está puesta ahora en las fábricas de alimentos que recompusieron sus márgenes de ganancia perdidos durante el año de pandemia y pasaron del rojo al negro en sus balances del año en que la economía se desplomó. Tanto Pesce como Matías Kulfas identificaron esos balances y estudian la forma de morigerar esa transferencia regresiva efecto de la inflación. El ministro de la Producción, que se mostró el mismo viernes con Guzmán y respaldó enérgicamente su posición en la discusión de las tarifas, se ocupó de aclarar puertas adentro que lo hizo para “bancar al frentetodismo como idea” y no específicamente al ministro. 

En ese contexto, la Unión Industrial Argentina ( UIA) decidió entronizar a un enemigo acérrimo de los controles de precios como Daniel Funes de Rioja como su próximo presidente. Funes de Rioja viene de presidir la poderosa COPAL, donde enfrentaba algunas resistencias justamente por la carga ideológica de algunas de sus posiciones, pero fue ungido gracias al espaldarazo del grupo Techint, que apostó inicialmente a copar también con hombres propios la vicepresidencia primera y la secretaría general.

Hasta el lunes a la mañana, la UIA iba camino a romperse. El jefe saliente, Miguel Acevedo, cuestionaba junto con referentes Pymes como el santafesino Guillermo Moretti que el holding siderúrgico se adueñara del rumbo de la central fabril. Para peor, la “T” pretendía ubicar en uno de los cargos más encumbrados a Luis Betnaza, procesado por los cuadernos de Oscar Centeno tras haber reconocido en Tribunales haber ordenado el pago de una coima millonaria que Paolo Rocca dijo desconocer.

La movida también incomodó a algunos industriales porque incurría en una suerte de “tercerización” como la de AEA, ADEBA o ABA, todas presididas por lobistas profesionales como Funes y no por empresarios al frente de sus propias compañías. Así apareció el dueño de Sinteplast, Miguel Rodríguez, la prenda de unidad que arrimó discretamente José de Mendiguren y que ocupará el cargo de secretario. La pregunta es cómo arbitrará en la puja distributiva que viene.

Recen por mí

En Francia, el Presidente debió calmar a ejecutivos de empresas con fábricas en el país que le reclamaron acceso a divisas, libertad de precios y normalización del comercio exterior y giro de remesas, hoy administradas de a cuentagotas por el Central. En una reunión con enviados de Total, Dasasult, Akuo Energy, Eramet, Louis Dreyfus Company, Lazard y Danone, todos le dijeron lo mismo: que Argentina es un país importante y estratégico pero que necesitan que además les rinda dividendos.

Es una paradoja interesante: las multinacionales esperan el rebote y hacen sus planteos en voz baja mientras procuran recuperar ganancias. Algunos exponentes del establishment local, en tanto, mudan su residencia fiscal a Uruguay, litigan judicialmente contra el Aporte de las Grandes Fortunas y apuestan -no sin algo de esoterismo- por una restauración cambiemita. Como los del chat “Nuestra Voz”, que no intercambiaron nada sobre el affaire Guzmán-Basualdo pero que sí celebraron calurosamente el triunfo de Isabel Díaz Ayuso en Madrid. Como si fuera un presagio.

Ahí, también en la nebulosa, aparece el milagro vaticano que espera anunciar hoy Fernández y cuya letra chica discutió Guzmán anteanoche en Roma con la avanzada que mandó Kristalina Georgieva desde el cuartel general del FMI. Un “puente de tiempo”, como deslizaban ayer en la delegación, que permita evitar el default con el Club de París a fines de este mes y que abra el camino a la refinanciación de la deuda que dejó como herencia Macri, impagable en el marco de los acuerdos hoy disponibles en el menú del organismo.

Es algo que, dicen quienes lo tratan, gestionó silenciosamente el Papa en reiteradas conversaciones con Joe Biden, el presidente católico con quien trabó amistad en 2015, cuando visitó Washington y él todavía era el vice de Barack Obama. Gestiones que bendijo también John Kerry, el secretario de Estado, también católico de ascendencia irlandesa. Y a las que el premier italiano y expresidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi, sumó su propia bendición laica de tecnócrata en el Palazzo Chigi, ayer ante el propio Fernández.

De concretarse, sería una salida política a un problema nacido al calor de una irregularidad: el megapréstamo a la Argentina contra lo que indicaban los estatutos del Fondo y lo que advertían los directores europeos frente a la orden de Donald Trump de asistir a Macri. También sería un éxito para el Presidente en pleno raíd alcista de la soja. Todo un golpe de suerte. O una bendición. O un juicio de las estrellas, como pedía Dante, pero inverso al que sufriera aquel Alberto I de Habsburgo.

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Alejandro Bercovich

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