Parábolas del éxito fácil y los límites de la magia política
Del mito del enriquecimiento instantáneo a la política presupuestaria, una reflexión sobre el azar, la dilapidación y los límites de la retórica cuando la institucionalidad democrática exige previsibilidad y compromisos duraderos
Mercedes Ramón Negrete. En 1972, el nombre de pila confundió a los medios. No existía la más remota posibilidad de que el joven albañil paraguayo se autopercibiera distinto de lo que la naturaleza había dictado.
En familias de profunda fe católica se elegían nombres como María, siempre conjugados con otro que indicara el sexo del recién nacido. No eran épocas de reconocimiento de derechos a las parejas de hecho, pero la novia “fugaz”, Fabiana López, obtuvo una importante compensación conciliatoria tras sentirse abandonada.
A pesar de estos detalles, los hechos de aquella historia dominaron las portadas de los diarios y entretuvieron durante largo tiempo a la televisión y la radio. Un culebrón de la vida real, con personajes dignos de Gran Hermano o MasterChef Celebrity, que hoy tendrían aseguradas sus posteriores penurias económicas, fruto directo de lo efímero del éxito obtenido por azar. El pozo multimillonario del recién nacido PRODE (Pronósticos Deportivos) ató al idioma nacional dos términos que se impusieron en la cultura popular y que aún sobreviven entre los mayores de 50 años.
“Negrete” cayó en desuso —más que en el olvido— por las connotaciones racistas que hoy implicaría su utilización. La cuestión es que “sacarse el PRODE” o “el Gordo de Navidad” quedó como la metáfora clásica de hacerse millonario de un día para otro. Y convertirse en Ramón Negrete (para evitar suspicacias sexistas o raciales) fue durante años la parábola perfecta de quien dilapida una fortuna con la misma velocidad con la que la obtuvo.
En octubre, quienes “se sacaron el PRODE”, como en el tango Hambre de Cátulo Castillo, confundieron gordura con hinchazón. La hinchazón de una amplia mayoría de la sociedad, definitivamente divorciada del credo camporista, no constituye una corriente firme hacia el anarcolibertarismo. La supervivencia en la ley de Presupuesto 2026 —una norma de aplicación anual directa, solo supletoriamente extendida en emergencia— de las premisas de la ley de discapacidad y de la de funcionamiento universitario (vigentes hasta su derogación) irrumpió en la trasnoche parlamentaria como el trueno que despierta, sobresaltado, al soñador empedernido.
La realpolitik de las sillas de Diputados en la Auditoría General de la Nación y, antes, las del Consejo de la Magistratura, dejó sin compensación equilibrada a varias Fabianas López.
Resta esperanzarse en que muchos anónimos que “se sacaron el PRODE” hayan invertido, sostenido y acompañado a sus familias, y honrado amistades y sociedades. En tiempos de lo efímero, la institucionalidad democrática exige previsibilidad y sostenibilidad. El Gobierno está aprendiendo que lo mágico no alcanza para honrar compromisos. Las palabras pacto, alianza y acuerdo, entre otras, han perdido la positividad de su origen para transformarse en señales despectivas del presente. Habrá que recuperarlas en su sentido histórico.
Desaparecieron los “mandriles” de la pirotecnia verbal del Ejecutivo. También deberá desaparecer el superávit discursivo de un presupuesto financiero que necesita asimilar que el compromiso con el futuro de la educación y con las diferentes capacidades es, y debe ser, una política de Estado.

