Somos de la generación que no comprendió a Johnny Lawrance. Con ganas de empatizar, confundimos al débil con el que más nos necesitaba y pusimos nuestras fichas en la aparente candidez de Danniel Larusso. Cobra Kai trae otra foto, 35 años después, y descubrimos lo que sospechábamos: que las derrotas van marcando, que a veces no alcanza con tu don, que lo rubio brilla menos sin oportunidades. Vimos que el buen Johnny es mucho más parecido a nosotros de lo que hubiéramos querido, cuando celebramos la grulla que le arrebató torneo y el futuro. En el personaje está representada la idiosincrasia del estadounidense medio, el que consumimos masivamente con Homero o dimensionamos en cualquiera de Clint Eastwood. El de la agenda del tamaño de su cuadra, que vota republicano y, si no lo buscan, no se complica la vida.

Que Johnny hubiera elegido a Trump fue tema de análisis durante la campaña de 2020. El debate sobre el discurso progresista de Hollywood y el rol de la comunidad artística se había abierto en la elección de 2016. El spot de cierre, políticamente correcto y moralmente abrumador que protagonizaron los Avengers apoyando a Clinton, terminó por sepultar sus chances (lo podés encontrar como Avengers vs Trump, YouTube necesita un par de visualizaciones más). La realización, con calidad fílmica, unía a los Vengadores con minorías de civil que advertían acerca de "la amenaza Donald", el peligro más grande que habían tenido que combatir hasta entonces. Como sabemos, demonizar a un candidato (y, en consecuencia, tratar de estúpidos a sus votantes y seguidores) es algo que funciona muy bien cuando necesitás ampliar tu electorado a días de una contienda (guiño guiño).

Bajá la música que te quiero leer

La invisibilidad de los Johnnys como modelos sociales, condiciona la construcción del mensaje: ¿qué pasa cuándo desconocés las características del destinatario? ¿Hasta dónde podés forzar tu percepción sobre quién es el que te está escuchando sin caer en estigmatizaciones, generalizaciones o idealizaciones? ¿De qué forma proponés la necesaria negociación entre lo que el otro es, lo que necesitás que sea y lo que van a hacer juntos?

Los Juancitos son mayoría, allá y acá. Son los que, a esta altura del año y con suerte, están aprovechando el sol de su semana en San Clemente, sin after, con churros y chusmeando si vuelve Benedetto. Los que en cada chapuzón recuerdan la emoción de la primera vez en el mar. Los que putean parejo a políticos, a productores, a carniceros (y si te descuidás, hasta a la vaca, porque un kilo de asado está a $1.000). Están lejos de las agendas globales, de las discusiones comprometidas y de las tendencias de Twitter. Y, así como no los ves, deciden elecciones.

Las consecuencias de desconocer a tu destinatario, extendidas a las acciones que lo involucran, esconden un problema de naturaleza operativa y otro conceptual. En lo procedimental, aplica a un tipo de comunicación política en donde la confianza en nuestra capacidad de expresar es tanta que creemos que tendrá un efecto mágico sobre el público, que alguien dirá "Bajá a Leo Mattioli porque te quiero leer este hilo de Alberto". Esta excesiva fe en lo dicho deriva en el segundo inconveniente: creer que sabemos más lo que Juancito necesita que él mismo. Encima, somos indulgentes y le atribuimos su estrechez de miras a la urgencia con la que suele enfrentar lo cotidiano, que le nubla lo importante. Para remediar su incomprensión de lo que realmente le hace falta, por suerte nos tiene a nosotros, que conocemos su problema y su solución (ironía mode on). Este paternalismo se ejerce en nombre del progresismo y del conservadurismo sin exclusividad ideológica y genera la sensación de universos paralelos entre política y sociedad.

La percepción es útil cuando se basa en la comprensión. En otras ocasiones, en las que se ejecuta en nombre de una intuición infalible, suelen estar invadidas por tres elementos que contaminan la comunicación: estigmatizaciones, generalizaciones o idealizaciones. El estigma representa un problema político porque excluye, con base en cualquier diferencia, a los destinatarios posibles de nuestro mensaje y debilita la base electoral. Generalizar, en cambio, representa el inconveniente de la inespecificidad que quita profundidad. La idealización de la audiencia es el más nocivo de los factores que intervienen en el fatigoso arte de hablarle a nadie. Es el síndrome del "estudiante perfecto". En una clase, un profesor tiene un participante que sobresale: se sienta en primera fila, tiene la lectura al día y se ríe de los chistes nerd. Sin darse cuenta, el docente termina dirigiéndose exclusivamente a ese alumno ante la apatía del resto del grupo. Le empezamos a hablar al que sabemos que nos escucha. Ese estudiante, justamente, es el menos representativo del aula. Al que tenés que convencer es al que está en el fondo, al que no leyó, al que no le importa. Porque si te comunicaste con ese, el resto estaba en tu mensaje mucho tiempo antes.

No todo es capricho de audiencias. A veces no nos alcanza lo que nuestro destinatario es. Necesitamos que acuse recibo, con atención, voluntad o conciencia. Hay una negociación con lo que quiero del otro que define las características del acuerdo entre dirigente y ciudadanía. Ni él por vos ni vos por él sino lo que van a hacer juntos. El otro es el mensaje. Sucede que las veces en las que nos trenzamos en batallas de hashtags vamos a intentar convencer periodistas a los estudios de televisión, pegamos capturas de pantalla buscando contradicciones y sobreactuamos dogmatismo, hay alguien que se queda en banda. Mientras gastamos palabras en esas mañas, a Johnny Lawrence no le habla nadie.

Una agenda que no te convoca

Los Juancitos no esperan que alguien les diga para entender. Son de gestos, de ejemplos. Aprenden de las metáforas. Comparan la realidad con sus recuerdos. Conjugan en tiempo pasado. El ayer es un lugar y, cuando las crisis te van empujando para abajo, es uno en el que fuiste feliz y te fue mejor. Por eso están parados en un sitio inaccesible para el mainstream: la historia. Mientras nosotros nos sacamos fotos con el mar, que quizás se empetrole, y mostramos lo único evidente que es cuanta playa conocimos, cuando le contestamos lo obvio a la psicóloga de Fantino, con ambición de likecitos, y otros excéntricos discuten sobre las bondades de la Escuela Austríaca y pontifican sobre innovación con derivaciones en blockchain, la voluntad política de Johnny intenta sobrevivir a las agendas que no lo convocan.

Hablarle a Johnny no es hablar de Johnny. Él ya sabe quién es, no precisa que se lo recuerden ni el costumbrismo de las series de Polka ni los discursos políticos con apelaciones al tipo común ni los medios hablando de lo que le interesa a la gente. Necesita ver sus problemas en la misma escala que los que direccionan políticas públicas y entusiasman a influencers. Un mensaje que te explique cómo seguir, cuando eras el dueño del valle, y cómo te robaron el futuro con una patada en la cara.

*Especialista en Comunicación Política