En las últimas semanas hemos presenciado una serie de episodios convulsionados que concluyeron con la llegada de los talibanes al poder y la retirada forzosa de Afganistán de militares y personal diplomático de Estados Unidos y sus aliados de la OTAN. Frente a esto, mientras que el presidente estadounidense Joe Biden definió la retirada como un “éxito extraordinario”, en el seno de la Unión Europea y del Reino Unido muchos lo vivieron de otro modo.

Desde el momento que se confirmó el plan de Washington, los líderes europeos buscaron negociar con Biden para retrasar la fecha final de retirada que estaba prevista para el 31 de agosto y así permitir que otros vuelos de evacuación pudiesen concretarse. El pasado lunes por la noche la imagen de los últimos aviones militares de Estados Unidos partiendo de Kabul pusoieron de manifiesto que la negociación no había prosperado.

Este hecho probablemente haya causado revuelo en el marco de la Unión Europea y también de su histórico aliado Reino Unido: todos ellos son miembros de la OTAN, y como tales, colaboraron con Estados Unidos durante todos estos años de intervención en Afganistán. Recordemos que los atentados de las Torres Gemelas fueron el catalizador para que la alianza, por primera y única vez en su historia, invocara al Artículo 5 de su tratado constitutivo, el cual disponía que un ataque armado contra un Estado miembro de la OTAN era considerado un ataque hacia toda la alianza, y en ese marco se veían posibilitados a ejercer su derecho de legítima defensa colectiva.

La creciente desestabilización en Afganistán ya era percibida por algunos dentro de la alianza como consecuencia de una falla en proceso de toma de decisiones del mando estadounidense en este tipo de operaciones. Sin embargo, la decisión unilateral de Washington de efectuar su plan de retirada podría haber terminado de reafirmar esta creencia. Los hechos recientes evidencian una falta de coordinación dentro de la alianza, en tanto la Unión Europea pareciera cada vez más relegada en la toma de decisiones.

Por el momento, la preocupación más importante para la Unión Europea corre por el lado humanitario. Frente al temor de vivir un Siria 2.0, los europeos han decidido paliar de antemano el problema creando un plan de financiamiento a los países vecinos de Afganistán (principalmente Irán y Pakistán) para que actúen a modo de “tapón” y sean los encargados de administrar la llegada masiva de refugiados.

No debe descartarse la relevancia del conflicto de intereses y visiones antagónicas entre los dos principales actores del orden internacional liberal. Las semanas recientes han demostrado que los problemas de la alianza no solo eran producto de la criticada figura de Donald Trump. Mientras que Biden llegó con promesas de entendimiento mutuo con Bruselas, situaciones como las de Afganistán plantean un escenario diferente.

Como profesara el antiguo primer ministro inglés Lord Palmerston en un famoso adagio, las naciones no tienen aliados o amigos permanentes, solo intereses permanentes. Es posible que los líderes al otro lado del Atlántico comiencen a replantearse cuáles son los beneficios de seguir teniendo un rol pasivo en una alianza que pareciera atentar contra sus propios intereses cada vez con mayor frecuencia.

 

Docente de la Licenciatura en Gobierno y Relaciones Internacionales, e investigadora UADE - CONICET