Contra lo que sugería ayer toda intuición y lo que cuchicheaban los asesores en los pasillos desde temprano, no fue Cristina Fernández de Kirchner quien ordenó modificar el proyecto de reforma previsional que envió el Ejecutivo al Congreso. Quienes encendieron las alarmas fueron los senadores Carlos Caserio y Daniel Lovera, peronistas pero lejos de considerarse cristinistas. Juntos lo llamaron primero a José Mayans. Después a la mendocina Anabel Fernández Sagasti. Finalmente expusieron sus reparos ante la presidenta del cuerpo y vicepresidenta de la Nación.

-Ay, por favor. Sí, sí, tienen razón ustedes. ¿Pero cómo lo van a redactar así? ¡Qué pelotudos!

La pregunta era retórica. Nadie en el salón se hacía cargo de la redacción pero, tal como llegó el proyecto, el 5% de recomposición que había anunciado Alberto Fernández para las jubilaciones, pensiones y planes sociales en diciembre quedaba convertido en un pago a cuenta de la suba semestral que dispusiera en marzo la nueva fórmula de actualización. “Técnicamente está bien, pero políticamente es un desastre. Es antipolítico. Hasta los lavagnistas nos van a decir en Diputados que para votar esto cambiemos el artículo 6. ¿Quién se va a perder la oportunidad de sacar pecho de que defiende a los jubilados?”, dijo uno de los senadores que pidió el cambio. “Lo peor es que lo vamos a tener que sacar igual, pero pagando un costo político inmenso”, abundó.

Cristina no ocultaba su fastidio pero no movió un dedo. Dejó toda la gestión en manos del bloque. El planteo llegó hasta Santiago Cafiero y fue él quien respondió afirmativamente. “Hagámoslo trimestral”, les dijo, previa consulta con Claudio Moroni, Fernanda Raverta y Martín Guzmán. El ministro de Trabajo y la jefa de la ANSES tenían previsto comparecer un rato después en la Comisión de Presupuesto y Hacienda del Senado, pero el propio oficialismo pidió postergar la reunión para la mañana siguiente.

El cambio va a implicar sí o sí un mayor desembolso por parte del Tesoro, porque las actualizaciones trimestrales se acumulan sobre las anteriores y además la nueva fórmula suma a la ecuación al incremento de los sueldos de los empleados informales, que a veces suben más que los formales. Aun cuando eso implique un 1% o un 2% más al final del año, son todas cifras monstruosas por la cantidad de beneficiarios. El 5% de diciembre, por caso, va a insumir una inversión pública de $150.000 millones. Pero además, según la interpretación de la oposición, el mismo artículo 6 implicaba “comerse” un trimestre, igual que cuando el macrismo introdujo su propia fórmula en 2017. En el oficialismo juran que no.

La gaffe en el articulado, similar aunque con un impacto en la vida real mucho mayor que el olvido de las planillas de obra pública en el Presupuesto que votó Diputados, esta vez pasó por el filtro del empoderado Guzmán. Es el tipo de errores por los cuales Alberto Fernández, que siempre lo encomió en público, le dijo en privado a alguno de sus pares que al jefe del Palacio de Hacienda “le falta calle”.

Recalculando

No sería demasiado grave si no fuera por la acumulación. El martes, cuando Sergio Chodos ya tenía la valija hecha para volar esa misma noche a Washington DC, se sobresaltó por un llamado telefónico de Mark Rosen, director por Estados Unidos en el FMI. Aunque formalmente son pares, la relación entre el poder de ambos en el Directorio Ejecutivo es como la que hay entre el perro grande y el chiquito del meme de moda: Rosen ostenta el 16,51% de los votos solo por su país y Chodos el 1,59% aunque representa también a Bolivia, Chile, Paraguay, Perú y Uruguay. Rémoras del orden mundial de posguerra.

Rosen estaba furioso por las declaraciones del día anterior de Felipe Solá. El canciller había ido el lunes a la Quinta de Olivos creyendo que Alberto Fernández se comunicaría desde allí con el presidente electo Joe Biden, pero la videoconferencia era desde la Rosada. Aunque se apuró, llegó cuando ya había terminado. Igual aceptó más tarde una entrevista con Diego Iglesias por Radio Con Vos. Y ahí contó que el Presidente le había pedido a Biden "la colaboración y la buena voluntad del director representante de Estados Unidos en el FMI, porque actualmente no estamos teniendo mucha suerte con el actual director, que deberá cambiar después del 20 de enero".

Chodos no daba crédito a lo que escuchaba. Aunque fue nombrado por Trump, Rosen seguirá en el cargo durante los próximos meses, claves para el acuerdo que él y Guzmán procuran tejer con el Fondo. Por eso ambos se sacaron de urgencia una foto con él por videoconferencia, también anteayer, apenas unas horas antes de la partida del negociador argentino hacia Washington. Allá, claro, lo verá personalmente, por lo que la foto y la charla fueron solo un (¿sobreactuado?) desagravio.

Antiguo operador de Wall Street y amigo del secretario del Tesoro saliente, Steve Mnuchin, Rosen será reemplazado recién cuando se cumplan los siguientes pasos:

  • Que asuma Joe Biden el 20 de enero.
  • Que se sepa para quiénes serán los senadores por Georgia, presumiblemente en febrero.
  • Que los demócratas reúnan mayoría propia, quizás ese mismo febrero.
  • Que Janet Yellen asuma como secretaria del Tesoro luego de que se apruebe su pliego en el Senado, probablemente recién en marzo.
  • Que ella designe a su candidato para el Directorio Ejecutivo del FMI.
  • Que el Senado también lo refrende, después de negociaciones que suelen insumir varios meses.

Ese trayecto puede demorar hasta un semestre. Chodos tiene previsto volver a Buenos Aires para las Fiestas, tras apuntalar en Washington y en Manhattan las gestiones del secretario de Finanzas, Diego Bastourre. Pero la idea es tener el acuerdo cerrado antes de marzo. Aunque Guzmán juraba en campaña que no lo haría, ahora ambos barajan la posibilidad de incluir en las negociaciones estivales un pedido de fondos frescos al FMI. Una idea que apoyan otros economistas que hablan al oído del Presidente, como Emmanuel Álvarez Agis y Martín Redrado.

“Yo le pediría plata a cualquiera que tenga dólares”, soltó el exviceministro de Kicillof esta semana. Es lo mismo que les aconsejó Redrado a Alberto Fernández y a Sergio Massa y lo que también expresó ante Cristina. Ella no opinó sobre la idea, pero la carta donde el bloque del Frente de Todos reclamó un plazo de “décadas” para pagar la deuda heredada de Macri sugiere que no le simpatiza. En definitiva, financiar déficit corriente con dólares prestados es lo que hizo el expresidente.

Hartos

Un ministro lo sintetizó anteayer ante BAE Negocios con una definición tajante: “Está todo podrido”. Ya no solo entre el Presidente y la Vice, que no hablan al menos desde hace dos meses. También en un gabinete donde pocos tienen metas explícitas o argumentos contundentes para pedir votos el año que viene.

Nadie cree que el Frente vaya a una ruptura porque todos intuyen que por separado volverían al llano y podrían correr la suerte de Amado Boudou, cuya pena por la causa Ciccone fue ratificada ayer por la Corte Suprema. Pero todos coinciden en que así como resintió mucho las relaciones humanas, la pandemia desgastó mucho las políticas dentro del gobierno. ¿Cuánto tardará en perdonarle, por caso, Solá a Guzmán todo lo que difundió Economía su equivocación del lunes? Lo que más le dolió fue que lo acusaran de “inventar”. No fue la embajada.

La decepción de Cristina, según cuentan cerca suyo, tiene que ver con la agenda judicial y también con la gestión. Creía que, a esta altura, su situación en tribunales ya no sería tan apremiante. Al menos en causas evidentemente absurdas, como las del Memorándum con Irán o la de las operaciones con dólar futuro. Lo puso en palabras Boudou horas antes de ser ratificada su pena de prisión. “La principal perseguida política de la Argentina es Cristina”. Desde la Corte responden con citas irónicas de la carta que Alberto todavía no digirió: “Los operadores no operan. No hay puentes. Parece que no entendieran la división de poderes”.

La vice no idolatra a Guzmán pero conversa con él. No criticó su decisión de no pagar la cuarta cuota del IFE aunque ni ella ni Kicillof comparten su idea de que “en la segunda o tercera vuelta, esa plata termina en el blue”. Sigue cuestionando a Solá y varios otros y otras, como Vilma Ibarra, aunque no tan insistentemente como lo hacía con María Eugenia Bielsa, a quien finalmente Fernández decidió reemplazar por Jorge Ferraresi. Otro de los vituperados es Matías Kulfas, aunque con el ministro de Producción es más difícil de entender por qué. Es el que tiene una posición más parecida a la suya frente al Fondo, por ejemplo. Lo que prima, en todo caso, es el hartazgo. Y en Olivos el sentimiento es recíproco. Como si todos necesitaran las vacaciones de las que nunca se privaba el anterior inquilino de la quinta.

Con poco, del otro lado, Horacio Rodríguez Larreta redondeó otra semana airosa. Se victimizó ante la opinión pública por la quita de la coparticipación que le había regalado Macri a costa de las provincias, se mostró rodeado y respaldado hasta por sus rivales internos y consiguió disimular dos desastres en una misma semana que a un peronista le costarían horas y horas de indignación televisiva: la muerte del jefe de Obstetricia del Ramos Mejía mientras reclamaba un sueldo digno tras ocho meses de pandemia y la venta de las tierras públicas de Costa Salguero.

¿Cómo se armarán las listas de candidatos en medio de tanta tensión? Sergio Massa contribuirá, pero ya sabe que no con muchos nombres. A esta altura todo apunta a dos lapiceras: la del Presidente y la de Máximo Kirchner, con quien sí mantiene diálogo fluido. Y aunque tiene una cantera llena de posibles candidatos a intendente en 2023, Máximo no se opone a que los actuales accedan a un mandato más porque no quiere enemistarse con el poder territorial del Conurbano. Para eso deberá sortear la ley anti-reeleccionista que consiguió aprobar María Eugenia Vidal con el apoyo de Massa. Deberá destrabarlo la justicia, pero bastará con que algún(a) concejal(a) acuda a la justicia este verano para que lo dejen (o la dejen) postularse a la reelección, argumentando que su primer mandato no contaba. Eso ya sentaría jurisprudencia. Pero harán falta operadores que operen.

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Alejandro Bercovich

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