Sin definiciones precisas sobre la conformación del equipo económico del próximo gobierno y solo con alguna presunción sobre las futuras políticas en base a las declaraciones de Alberto Fernández y sus más cercanos asesores, las consultoras económicas, como todos los años, comienzan a difundir sus pronósticos.

La gran novedad respecto a los cuatro años anteriores es que, por primera vez en los últimos cuatro años y, llamativamente, al igual que lo que ocurría durante el gobierno anterior, vuelven a presentar de forma generalizada proyecciones de caída de la actividad. De acuerdo a los resultados de la última encuesta del BCRA, recabados a fines de octubre pasado, la recesión esperada de 2020 sería cercana al 2%. De confirmarse ese pronóstico, el PBI desde 2018 acumularía una disminución superior al 7%; sería el tercer peor resultado en 70 años. Si había algunos que se alarmaban por la falta de crecimiento acumulado desde 2012, la dinámica reciente debería aterrarlos. La gran diferencia respecto al estancamiento del período 2012/15 en relación a los resultados de los años más recientes es que esa estabilización se había producido desde un nivel muy elevando en términos históricos, debido al muy fuerte crecimiento de los años anteriores.

En línea con el Presupuesto Nacional, todas las consultoras con interés y capacidad de difundir públicamente sus pronósticos estimaron, para 2016/2019, escenarios mucho mejores a los que se registraron. La sintonía, como una manada donde todos repiten el mismo error, era pronosticar escenarios levemente menos auspiciosos que los pronosticados por el gobierno. Y, en la medida en que "el mejor equipo de los últimos 50 años" fue perdiendo credibilidad, fueron anunciando escenarios cada vez menos favorables en relación a lo proyectado oficialmente, aunque nunca en sentido opuesto o con márgenes de diferencia relevantes.

Lo llamativo fue que esos errores generalizados no pudieron justificarse por hechos importantes no esperados en la economía nacional o internacional y las políticas, con más o menos profundidad, fueron en el sentido esperado. La única excepción que justificadamente pudo interferir realmente entre las proyecciones, las políticas aplicadas y sus resultados previstos, fue la sequía de principios de 2018. Ese fenómeno contribuyó sensiblemente a que ese año se produjera una contracción interanual del 15,3% del PBI del agro, según el INDEC. No obstante, es relevante considerar que el valor agregado sectorial representó sólo un 8,5% del total nacional en 2017. Así, la baja de rubro explicó sólo 1% de la merma general de un año donde el gobierno esperaba que la economía iba a crecer 3,5%, las consultoras 3,1% (en promedio y con desvíos marginales entre sí) y terminó cediendo 2,5%, según el INDEC.

Lo que sí es central para proyectar escenarios de 2020 es el resultado de la inminente renegociación de la deuda externa. Reiniciar diálogos con el FMI y los grandes acreedores privados con un plan económico construido por un gobierno con apoyo popular, daría más fortaleza a la posición argentina, y podría impulsar expectativas optimistas del sector privado.

La incertidumbre general, por supuesto, será elevada y es poco probable que se reactive la inversión productiva, hasta que aclare el panorama en cuanto a la resolución de la deuda y las primeras señales de políticas a favor de la producción y no de la especulación financiera se concreten. Tanto por el interés de los acreedores como por el de Argentina, es altamente probable que se alcance un acuerdo de reprogramación que brinde margen para políticas fiscales y monetarias moderadamente expansivas y políticas de administración comercial externa a favor de la producción local.

Como resultado de los crónicos cambios de las reglas de juego que transitoriamente favorecen a los productores locales y luego los castigan, premiando a quienes importan, lo habitual es que los comercializadores y los industriales mantengan cierta capacidad de administración dual de su abastecimiento. En efecto, con una estructura productiva y comercial que, en las últimas dos décadas y media, ejercitó un formidable ejercicio de reconversión de productores a comercializadores de bienes y servicios importados, la velocidad de reactivación de la industria es elevada. Muchas empresas comercializadoras, ha pesar del atractivo de importar todo de los últimos años, por precaución, han sostenido en bajos niveles canales de abastecimiento con producción nacional y los industriales también han tenido que aprender a combinar oferta nacional con externa para sus clientes. Tristemente, esta estrategia de adaptación tiende a reducir el componente tecnológico del proceso productivo volcando a los fabricantes a tareas más sencillas como el ensamblaje o procesos bajo contenido de transformación.

En línea con los plazos de recuperación de la mega crisis de 2002, la mayor capacidad de recuperación y la menor duración de las políticas anti industria de los últimos años, la economía podría comenzar a mostrar signos de reactivación desde mediados del año que viene, con un crecimiento interanual de entre el 1,2% y 1,6%. Básicamente, la recuperación se asentaría sobre los siguientes ejes de probables políticas principales que seguramente adoptará el próximo gobierno:

2. Recomposición de los ingresos de los sectores más postergados para la recuperación del consumo interno.

3. Apoyo crediticio a inversiones en capital de trabajo y puesta en marcha de la tecnología hoy ociosa.

4. Estabilización tarifaria.

5.Reactivación de la obra pública.

6. Un dólar relativamente elevado. Partimos de un tipo de cambio suficientemente alto como para poder sostener un superávit comercial superior a los USD12.000 millones anuales y una cuenta corriente equilibrada.

Y, por supuesto, la muy baja base de comparación estadística, tras la abrupta baja de la actividad desde mediados de agosto pasado, también favorecerá el alcance de tasas de crecimiento interanuales en los últimos meses de 2020, más allá de las dificultades que acarrea la salida de la crisis y que las consultoras, a diferencia del optimismo generalizado que caracterizó sus proyecciones en los últimos cuatro años, ahora hayan decidido volver a exhibir panoramas sombríos.

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Mariano Kestelboim

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