Aunque algunos investigadores plantean al proceso de enojo como beneficioso para el cerebro, dado que como fenómeno emocional moderado puede aumentar la capacidad de memoria sobre ese evento, esta idea es una versión bastante reduccionista, pues todo estímulo emocional positivo y negativo reforzará la función mnésica, pudiendo presentificarse en forma consciente un episodio. Pero lejos estaría de ser beneficioso enojarse, ya que produce una serie de fenómenos contraproducentes

Primero, porque empeora la calidad de vida. Segundo, porque genera una descarga de noradrenalina que incrementan la presión arterial y la frecuencia cardíaca de la personas con riesgos cardíacos y cerebrovasculares consecuentes. Tercero, porque podría incluso empeorar la memoria si el enojo fuera muy grave, llegando a una amnesia psicógena. Cuarto, porque si se repite el evento podría generarse un estrés crónico, con alteraciones depresivas y cognitivas secundarias. Quinto, porque podría desencadenar un estrés postraumático. Sexto, porque puede desembocar un problema interpersonal impredecible y séptimo, porque puede generar conductas de venganza que desencadenen en problemas de la salud mental.

El investigador en neurociencia David Chester de la Virginia Commonwealth University plantea que la venganza es en cierto modo un subtipo de agresión, por lo tanto no es solo un sentir, como parecería, sino que puede llevar a la acción.

Chester observa que no sólo se utiliza la venganza para la satisfacción ante una injusticia, sino que pareciera que este instinto puede dispararse como fenómeno puramente placentero en el humano. Algo realmente problemático. La justicia en la sociedad actual puede ser la sublimación de la revancha pero se debe tener presente que son sentimientos complejos del homo sapiens pudiendo convertirse en una venganza grave, satisfaciendo los instintos más crueles de nuestra especie.

Las personas con estas características podrían disminuir la agresividad y muchas veces ser controladas saliendo de lo anónimo y/o estableciendo un vínculo subjetivo individual.  

Violencia y la tormenta perfecta

Puede que las campañas preventivas deban tener presente estas cuestiones. La masificación excesiva sin respeto por los cuerpos y las identidades podrían ser provocadores de cuatro de los condicionantes de agravamientos del enojo generando violencia aumentada, intensificación del tribalismo subjetividad disminuida y anonimato; la tormenta perfecta para la agresión interpersonal.

Pareciera que la revancha se apoya en un instituto que es reforzado por varios sistemas cerebrales. Especialmente por mecanismos de placer. Es decir que este peligroso instinto puede tener como base la satisfacción 

Existe un conocido estudio realizado por Tania Singer y su equipo en el Colegio Universitario de Londres que muestra que cuando se produce el castigo de algún miembro abusivo se encienden estructuras cerebrales de recompensa como el núcleo accumbens y zonas orbitales del lóbulo prefrontal como si produjera una compensación emocional al consumarse la justicia merecida.

Otro estudio de la Universidad de Fráncfort del Meno, demostró que en el castigo más pragmático se activan zonas del sistema motor, como el núcleo subcortical cerebral caudado y las zonas operativas de la toma de decisiones (prefrontal dorsolateral). Cuanto mayor era la venganza merecida mayor era la activación del caudado, tanto en el verdugo como con el castigado. Había una relación directa en ambos casos con la intensidad de la venganza.

Diferentes estudios que muestran una mejora del estrés postraumático de personas que sufrieron graves problemas, como violaciones o fueron víctimas del terrorismo de Estado. El castigo del culpable o el simple reconocimiento de culpa del abusador, así como el pedido de perdón, mejora la emoción negativa de las víctimas. Por lo contrario, la prolongación del sentimiento negativo y la necesidad de justicia por mano propia será cada vez más perjudicial con el tiempo en la víctima, aumentando los síntomas de estrés postraumático. 

Justicia por mano propia

Se deben manejar la furia para evitar venganzas por mano propia. Tratar así de generar procesos regulados por los poderes judiciales y ordenar los procesos arcaicos de revancha. El enojo en la etapa aguda conlleva un aumento repentino del sistema simpático. Produciendo un incremento del neurotransmisor noradrenalina, siendo sus consecuencias la hipertensión y el aumento de la frecuencia cardíaca. Especialmente cuando se transforma en furia o ira. Pero además genera la producción de dopamina que refuerza los mecanismos de recompensa, cuestión bastante peligrosa por puede ser generadora del placer de la venganza o el enojo y la reiteración de la misma. Como si fueran un hecho adictivo. Contraproducente a mediano y largo plazo, pero que genera satisfacción a muy corto plazo y con componentes adictivos. 

Durante el enojo disminuye la serotonina que generan bienestar emocional y facilita situaciones conflictivas. También la hormona oxitocina podrá estar afectada, que se secreta ante la emoción positiva como un abrazo o simplemente una mirada afectiva que genera una emoción positiva. Sin embargo, otras sustancias como la hormona CRH (corticotropina) aumentan el temor ante las situaciones de riesgo. Estas sustancias estarían alteradas en las personas con personalidades psicopáticas (por ejemplo, en poblaciones carcelarias, asociadas a las estructuras cerebrales emocionales afectadas, como el sistema límbico encefálico.

Si los eventos de enojo se prolongan en el tiempo se generará un cuadro crónico de aumento del cortisol dando un síndrome con disminución de la capacidad de lucha, de la inmunidad y de la motivación pudiendo incluso a llevar a una depresión y a trastornos cognitivos asociados. El cortisol también afecta al hipocampo, estructura relacionada con la memoria reciente y consiente.

El impacto que pueden suceder con estos hechos puede desarrollar problemáticas graves de salud. Por ejemplo de infartos de miocardio, de estos infartos sin obstrucción coronaria previa aproximadamente el ochenta por ciento se generan asociados a una emoción intensa previa. Algo parecido puede observarse en los ataques cerebro-vasculares. donde la hipertensión o las arritmias cardíacas se asocian fuertemente a los mismos.

Enojarse debe tener una intervención inteligente basada en el lenguaje y decir las cosas, pero sin disparos noradrenérgicos y furia o ira. Tampoco los procesos de venganza serán positivos para las personas o su sistema nervioso.

El enojo será mayormente contraproducente, salvo en cuestiones muy puntuales que requieren la intervención del mismo, pero en forma moderada. Enojarse genera un proceso que requiere de autocontrol, de un dialogo inteligente y de su limitación en el tiempo.

*Neurocientífico. Doctor en Medicina y doctor en Filosofía. Profesor titular UBA- Conicet

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Ignacio Brusco

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