Angustia y ansiedad: síntomas comunes
La empatía junto a la validación emocional son dos estrategias fundamentales
Parece ser que algunos de los síntomas más comunes en nuestra sociedad son los de la angustia y la ansiedad, que pueden conducir a la depresión. Según algunos estudios son las principales causas de baja laboral en los países occidentales. Ambos estados psicológicos parecen discurrir en una misma esfera, en una dimensión en la que resulta complicado separar la una de la otra, poner fronteras entre un tipo de malestar y el otro. Ansiedad y angustia han sido consideradas durante bastante tiempo como entidades similares.
Así, y casi sin darnos cuenta, ambas esferas navegaron juntas en ámbitos no clínicos durante unas cuantas décadas hasta que, poco a poco, y con el desarrollo de la psicología y sus diferentes escuelas y enfoques, ambos conceptos se han ido diferenciando.
Algunos definen la angustia como un "temor opresivo sin causa precisa" y la ansiedad como un "estado de agitación, inquietud o zozobra del ánimo". Angustia y ansiedad, aunque no sean equivalentes, son a veces considerados sinónimos. Ambos términos implican un estado en que la persona no encuentra calma, ni sosiego. Vivir con angustia y ansiedad es vivir en un sufrimiento constante, es no poder encontrar la paz interior. Es sufrir cada vez que se produce un cambio en el ambiente o un suceso inesperado (incluso cuando éste es bueno). Las personas que padecen angustia y ansiedad acaban agotadas, estresadas. No disfrutan de su propia vida.
La angustia es vista desde hace décadas como ese dolor que turba y que se adhiere al cuerpo y a la mente. El mundo de la filosofía abordó con frecuencia este concepto. Se habló de dicho sentimiento como el miedo que nos atrapa con su frialdad cuando, de pronto, tomamos conciencia de la fugacidad de la vida, También, cuando somos conscientes de que cada decisión puede determinar nuestro futuro. No podemos vivir sin ella.
En cambio, alguien definía a la ansiedad, como esa tendencia a preocuparnos excesivamente de todo y por todo casi a cada instante. Uno puede vivir en la oscura compañía de este estado psicológico durante meses e incluso años. La ansiedad tiene casi siempre un carácter anticipatorio. Es decir, nos permite prever ciertos peligros para actuar ante ellos. No obstante, a veces, caemos en un estado de preocupación excesiva en el que, de pronto, toda nuestra realidad se llena de amenazas irreales.
¿Qué podemos decirle a alguien que está pasando por angustia o ansiedad? "Estoy aquí contigo, no estás solo", "Entiendo que lo que sientes es muy desagradable, pero recuerda que esto pasará", "Estoy a tu lado, intenta respirar como yo lo hago", "Tómate el tiempo que necesites, no hay prisa", "Puedes hablar conmigo sobre cómo te sientes", "Entiendo que esto es difícil para ti", "Es un ataque de ansiedad. Sé que es muy desagradable. ¿Puedo hacer algo por ti? Me gustaría ayudarte".
La empatía junto a la validación emocional son dos estrategias fundamentales a la hora de hablar con alguien ansioso o angustiado. Para quienes padecen esto de manera crónica o intensa, resulta paralizante y afecta su capacidad de disfrutar la cotidianidad. Expresiones como "cálmate" o "trata de tranquilizarte" son ineficaces y perjudiciales. Lo fundamental en estos momentos es la empatía y la disposición para escuchar sin juzgar, puesto que no hay milagros ni palabras mágicas que desvanezcan los sentimientos del otro.
Cualquiera que experimente angustia o ansiedad desea relajarse y sentirse más aliviado, pero en medio de una crisis, su mente y cuerpo no se lo permiten. Su sistema nervioso está en alerta y sobrecargado. Decir "deberías relajarte" solo añade presión y puede aumentar la inquietud, ya que implica una demanda de algo que en ese momento no es posible. Hasta que no encontremos el origen de los problemas, las causas de nuestro agotamiento no desaparecerán.
"Un médico caminaba por la orilla de un ancho río. De repente empezó a oír unos gritos procedentes del agua. Alguien que se estaba ahogando pedía socorro. Sin pensarlo dos veces se lanzó al agua y después de hacer un esfuerzo ímprobo, consiguió acercar a esa persona hasta la orilla. Mientras le prestaba asistencia comenzó a oír nuevos gritos de auxilio. Otro más, ¿cómo era posible? De nuevo se lanzó al río y salvó a aquella segunda persona. A pesar del cansancio y de los frenéticos latidos de su corazón, el médico estaba satisfecho porque había salvado dos vidas. De pronto, nuevos chillidos lo sacaron de su estado de complacencia. Un tercer individuo imploraba su ayuda desde el río. El médico que estaba exhausto no se planteó nada, simplemente se lanzó al agua y rescató a aquel hombre. Lo que en ningún momento el médico se imaginó fue la posibilidad de que hubiese alguien tirando a la gente al río. La causa del agotamiento de aquel médico era que se pasaba el día apagando fuegos, solucionando problemas, rescatando gente. El origen del problema era que había alguien en la parte alta del río que se estaba encargando de tirar a la gente al agua."

