Neurociencia

El cerebro y la conciencia de la muerte

El ser humano es la única especie que sabe que va a morir. Cómo se construye esa conciencia, cuáles son las etapas del duelo y qué avances científicos alimentan el sueño de vencer el envejecimiento.

El final de la vida es considerado como la terminación del ciclo vital de todo ser biológico. El desarrollo del sistema nervioso en el ser humano, sin embargo, ha generado la posibilidad de tomar conciencia de la finitud, del tiempo, del espacio y de quiénes somos en el sentido más complejo; lo que se llama metacognición.

Guerras, epidemias y hambrunas son momentos en los que la muerte se instala en lo cotidiano. Su presencia nos acecha a diario con gente conocida que ha muerto, enfermado o se encuentra en riesgo. El gran escritor José Pablo Feinmann planteó, en un artículo titulado Maldita muerte, que "cada pérdida nos abruma porque en la muerte del otro descubrimos o ratificamos nuestro propio fin. Somos radical, inapelablemente finitos".

Esta evolución nos ha permitido tomar conocimiento de nosotros mismos como seres finitos. Es decir, quizá somos la única especie biológica que sabe conscientemente que va a morir y lo descubre con mucha anticipación. La presencia consciente de la muerte, que en un solipsismo suspendemos en lo cotidiano, toma a veces prioridad ante crisis sociales como las que vivimos.

Este conocimiento no existe en niños pequeños y también puede desaparecer en personas con trastornos cognitivos avanzados, como en la enfermedad de Alzheimer en sus etapas finales. Es decir, este procesamiento requiere de un cerebro desarrollado e indemne.

Este profundo problema en el que se embarca el ser humano ha generado algunas de las principales preguntas que este se realiza: qué existe después de la muerte o si todo termina al morir. Esto llevó a la filosofía existencialista del siglo pasado a plantearse uno de sus problemas clave: la angustia del fin.

La angustia del final

Pero, mucho antes, ya en tiempos prehistóricos, se fueron generando las primeras respuestas, creando las primeras religiones y creyendo en dioses que respondían sobre la existencia de algún proceso superior y la posibilidad de tener nuevas vidas luego de morir.

Esta angustia probablemente responda a las situaciones de indefinición sobre el final y se apoye en los procesos de creencia, los cuales pueden ser de gran ayuda para las personas que padecieron la muerte de un ser cercano o también ante la conciencia de la propia desaparición.

Estos mecanismos religiosos son instancias de creencia que pueden incluso localizarse en sectores de la corteza cerebral. En un tratamiento médico, estos mecanismos deben respetarse, pues conllevan una mejoría en la calidad de vida.

La psiquiatra Elisabeth Kübler-Ross, que analizó hace años los procesos de duelo ante la muerte de un ser querido, describe cinco etapas de este mecanismo.

Estas etapas comienzan con la negación como proceso defensivo inconsciente, en el que están implícitos los mecanismos de creencia.

El siguiente estadio puede ser la ira o la negación; implica el enojo por la imposibilidad del manejo del final.

Le sigue la negociación, que quizá vuelva a utilizar la creencia cuando se trata de encontrar una solución, aunque se sepa que no existen muchas. Quizá se abra el paso a soluciones mágicas o a la búsqueda de una nueva tecnología de investigación o de un tratamiento alternativo.

Continúa la etapa del dolor, cuando la angustia le gana a cualquier otro proceso y es el momento de la necesidad de máxima contención, donde expresar las emociones a través de la psicoterapia o de la relación con los otros, puesta en los sentidos y en el lenguaje.

Por último, la aceptación, cuando se acepta la muerte y se resigna a la imposibilidad de cambiar la situación. Es una etapa en la que la persona requiere contención y no está exenta de riesgo y sufrimiento.

El ser humano ha establecido una lucha implacable contra la muerte y el tiempo, que también se ha encaramado a luchar contra el paso del tiempo biológico.

Qué dice la ciencia

Existen muchos trabajos científicos actuales que tratan de observar y editar los mecanismos del envejecimiento y los procesos implicados en él, como la muerte celular y la expresión de genes que se manifiestan con el envejecimiento. Otra de las búsquedas es la posibilidad de reflotar células nuevas mediante la utilización de células madre y la reprogramación celular de células diferenciadas, como las de la piel, convirtiéndolas en desdiferenciadas y pluripotenciales, con las que se busca generar nuevos órganos o nuevas estirpes celulares.

Podría llegar a generarse un nuevo órgano para reemplazo o para la investigación de tratamientos. Pero también se podría clonar un ser humano, buscando la prolongación en otro cuerpo (lo cual no se realiza por estar claramente reñido con la ética). Aunque, si se hiciera, el clon sería parecido a un gemelo, pero ni siquiera coetáneo, pues el cerebro sería totalmente virgen de información, sin el aprendizaje ni la conciencia que nos otorga la subjetividad.

Las neuronas adultas no se reproducen justamente para conservar lo aprendido y la memoria grabada en el cerebro, la que se ha acumulado a través de proteínas sintetizadas en él con el paso del tiempo. Es decir, para entender la mente humana estaríamos en presencia del mejor sistema de acumulación de información, que es el ADN, imbricado en el sistema biológico más complejo, que es el cerebro humano.

Se espera conseguir en un futuro algo mucho más difícil: copiar la información de nuestra conciencia, es decir, de nuestro software cerebral, y transferirlo a un nuevo cerebro. Esto todavía es ciencia ficción, aunque un genio mundial de la física como Stephen Hawking predijo que, en un futuro, se podrá copiar la información de un cerebro. Actualmente, solo es posible copiar, cortar, pegar y corregir información del ADN y su consecuente síntesis proteica.

Ese parece ser el camino de la búsqueda de la inmortalidad, no exento de graves peligros e interrogantes científicos, éticos y religiosos. Además, generaría nuevos problemas a la ya existente explosión demográfica, pues no entraríamos en el mundo.

Sin embargo, la bioingeniería ha avanzado y se encuentra haciéndolo a pasos agigantados. La IA acelera la biología sintética y el manejo del material genético ha revolucionado la ciencia; actualmente se conocen cuestiones que hace quince años parecían imposibles.

La muerte es considerada como la terminación del ciclo vital de todo ser biológico. La evolución nos ha permitido tomar conocimiento de que somos seres finitos. Es decir, quizá somos la única especie biológica que sabe conscientemente que va a morir. Detentamos así la capacidad metacognitiva de conocer que vamos a morir.

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