NEUROCIENCIA

El tacto es clave para la subjetividad humana

Es el primer lenguaje con el que venimos al mundo. Antes de ver y escuchar, sentimos

El importante sentido del tacto, a veces subvaluado frente a la vista o a la audición, resulta clave en situaciones tan íntimas como la subjetividad corporal. Desde una caricia hasta un pinchazo, desde el roce del agua hasta la presión en el pecho, las sensaciones corporales construyen un puente entre el mundo exterior y nuestra conciencia.

Pero, ¿cómo se transforma una simple presión sobre la piel en una vivencia subjetiva? ¿Cómo es que el cuerpo "sabe" dónde está cada parte sin necesidad de mirar? La ciencia ha comenzado a descifrar este misterio gracias a recientes hallazgos que confirman algo que muchos intuimos: no hay mente sin cuerpo ni percepción sin subjetividad.

Los neurocientíficos David Julius y Ardem Patapoutian ganaron el Premio Nobel en 2021 por descubrir los receptores sensoriales responsables del tacto, la temperatura, la presión arterial y la propiocepción. Julius identificó un canal sensible al calor (TRPV1), el mismo que se activa cuando comemos algo picante, mientras que Patapoutian descubrió los canales PIEZO1 y PIEZO2, esenciales para que las células detecten estímulos mecánicos, como el roce o la presión. Estos hallazgos no solo explican cómo el cuerpo siente el entorno sino también cómo se siente a sí mismo. PIEZO2, por ejemplo, es fundamental para la propiocepción: ese sentido invisible pero vital que nos permite saber dónde están nuestros brazos y piernas incluso con los ojos cerrados. Sin esta función, estaríamos condenados a tropezar con nosotros mismos. Además, los canales PIEZO participan en el control de funciones internas como la respiración, el vaciado de la vejiga y la regulación de la presión arterial.

La neurociencia ha demostrado que toda sensación es también una interpretación. El cerebro recibe los datos del cuerpo y los filtra, los reinterpreta y los transforma en experiencia subjetiva. Este proceso ocurre a tal punto que una misma sensación puede ser vivida como placer o amenaza, dependiendo del contexto emocional de quién la genera o de nuestro propio estado de ánimo.

De hecho, existen circuitos cerebrales encargados de regular esta información. Son los sistemas de control sensorial descendente, capaces de modular el dolor e incluso inhibirlo, como ocurre con los sistemas analgésicos internos similares a los opioides. Por otro lado, cuando este filtro falla, aparecen alucinaciones táctiles o sensaciones dolorosas sin causa física, como las que se observan en trastornos psicóticos, en el Alzheimer o bajo el efecto de ciertas drogas.

El tacto es el primer lenguaje con el que venimos al mundo. Antes de ver o de escuchar, sentimos. La piel del recién nacido es la frontera entre el caos exterior y la contención emocional. Caricias, abrazos, contacto piel a piel: todos estos gestos activan fibras nerviosas "tipo C" que no solamente informan al cerebro sino que lo calman, lo vinculan y lo conectan con otro. Francis McGlone, neurocientífico de la Universidad John Moore, ha descrito cómo estas fibras transmiten el "tacto afectivo" en alrededor de un segundo, provocando la liberación tanto de oxitocina como de endorfinas y de serotonina, disminuyendo el cortisol, la hormona del estrés.

La caricia, entonces, no solo es un gesto menor sino también una necesidad neurobiológica y un puente intersubjetivo, ya que necesita de otro para existir. No se trata solo de contacto sino de intención emocional. No sorprende que durante la pandemia, donde el contacto fue limitado, se incrementaran los niveles de ansiedad y de malestar psicológico. Nos faltaron caricias, literalmente.

El cerebro no solo percibe el tacto, también lo anticipa. Estudios realizados en bebés han demostrado que una caricia lenta antes de una punción reduce la actividad cerebral asociada con el dolor. Incluso aquellas personas con trastornos del espectro autista parecen procesar de forma diferente el tacto emocional, lo cual podría explicar algunas dificultades sociales vinculadas con el contacto físico.

El mapa del silencio

El cuerpo también construye un mapa del espacio. En el lóbulo parietal del cerebro existen neuronas que no solo responden al toque directo, sino también a la proximidad de objetos o personas, activando una especie de "burbuja" de seguridad llamada espacio peripersonal. Esta integración del cuerpo con el entorno es tan precisa que, cuando manejamos un auto o usamos una herramienta, el cerebro la incorpora como una extensión del cuerpo. Por eso, cuando nos chocan el auto nos duele "como si nos hubiesen pegado".

En 2014, otro Premio Nobel fue otorgado por el descubrimiento del "GPS cerebral", basado en neuronas especializadas del hipocampo que permiten la orientación espacial. Esas mismas neuronas se ven afectadas en las primeras fases del Alzheimer, cuando muchas personas comienzan a perderse en trayectos cotidianos. El espacio y el tiempo se entrelazan en la memoria, otra función corporalizada.

Actualmente, disciplinas como la neuroarqueología y la neurociencia corporalizada proponen una visión más integrada. El arqueólogo Emiliano Bruner y el psiquiatra Thomas Fuchs sostienen que el cuerpo no es un mero vehículo del cerebro sino que forma parte de su arquitectura funcional. La zona del precúneo y el surco intraparietal serían el puente entre la mano, la visión y la emoción. Este sistema crea coordenadas internas donde se aloja la conciencia. Pensamos con el cuerpo.

La red SCAN (Somato-Cognitive Action Network), descrita recientemente por investigadores de la Universidad de Washington, va más allá del clásico homúnculo cortical de Penfield. Este nuevo mapa cerebral muestra una integración entre áreas motoras y cognitivas y sugiere que nuestras decisiones, emociones y aprendizajes están profundamente influenciados por las sensaciones corporales. Aprender con el cuerpo (tocar, manipular, moverse) potencia la comprensión y la memoria. Sentir es saber.

No solo nos emocionamos con la mente, también somos cuerpos que recuerdan, que duelen, que acarician y que necesitan ser acariciados.

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