NEUROCIENCIA

La angustia actual y la no-cosa: cuando el mundo se torna intocable

La pandemia aceleró un contexto social cada vez más desmaterializado, gobernado por datos, estímulos y métricas

En la pospandemia (o, con mayor precisión, en la peripandemia) aparece una forma nueva de angustia: no la aquella "clásica" del peligro inmediato sino una más difusa, sin objeto claro. Una inquietud que no siempre se deja traducir en palabras, pero que se percibe en el cuerpo, en el sueño, en la irritabilidad, en la necesidad de estímulos rápidos y en una persistente sensación de vacío, incluso cuando estamos permanentemente "conectados".

Esta experiencia puede comprenderse mejor si se acepta una hipótesis incómoda: el problema no fue solamente el virus sino el modo en que el mundo se volvió cada vez más desmaterializado, más reemplazable, más virtual y más intangible.

Byung-Chul Han describe este proceso como el pasaje de las cosas a las no-cosas. Las cosas duran, resisten, se gastan, tienen peso y presencia, mientras que las no-cosas, en cambio, son información, datos, métricas, imágenes y estímulos que se consumen y luego desaparecen.

Esa transición (brutalmente acelerada por la pandemia) altera algo central: nuestra relación con la realidad, con el deseo y con los otros. Las no-cosas no ofrecen resistencia, no se dejan habitar, no permiten arraigo. Y cuando el mundo pierde resistencia, la experiencia subjetiva se torna más frágil.

La pandemia funcionó, en este sentido, como un laboratorio masivo. De un día para el otro, la vida cotidiana dejó de apoyarse en objetos y rituales materiales: el aula, el consultorio, el viaje, el encuentro, la calle, el café compartido y, de manera particularmente significativa, el contacto. Todo migró hacia la pantalla, hacia el aislamiento social y corporal, con mediación tecnológica.

Lo que en un primer momento se presentó como una solución práctica tuvo un costo invisible: la vida comenzó a organizarse alrededor de un régimen de estímulos breves, recompensantes y ansiógenos. La subjetividad se reordenó alrededor de la disponibilidad permanente, del rendimiento y de la captura de la atención.

Indicadores, métricas y resultados

La pandemia no inventó estas dinámicas, pero las amplificó. En un mundo dominado por no-cosas, el valor comienza a medirse más por indicadores, métricas y resultados inmediatos que por consecuencias humanas concretas. Por eso, la codicia y el egoísmo no son solamente defectos morales sino decisiones en tensión con sistemas cerebrales específicos: recompensa, inhibición y empatía.

Como señala Harari, en condiciones extremas, pestes, guerras y hambrunas emerge con mayor claridad la estructura de base de cada sujeto: cuánto puede inhibir lo instintivo y cuánto puede sostener lo comunitario. Durante la pandemia se observaron conductas solidarias genuinas, pero también corrupción, oportunismo, abuso de poder e indiferencia. En esos momentos, la ética deja de ser discurso y se vuelve acto.

La no-cosa introduce, además, un nuevo elemento: en la era digital, la ética se vuelve más fácil de simular y más difícil de encarnar. Las redes sociales exhiben indignación rápida, empatía performática y gestos de pertenencia inmediatos; sin embargo, el vínculo concreto, el cuidado sostenido y la presencia corporal se empobrecen. En paralelo, crece la infodemia: información sin verdad, noticias sin cuerpo, emociones inducidas algorítmicamente. La información circula, pero no se integra como experiencia ni se transforma en conocimiento.

Aquí la memoria autobiográfica ofrece una clave central. Esta memoria no es un simple archivo de hechos sino una construcción afectiva que sostiene la identidad. Recordar es presentificar: traer el pasado al presente, pero no como copia fiel sino como experiencia reescrita desde el ahora. La pandemia operó como un verdadero shock autobiográfico: fracturó rutinas, desorganizó la temporalidad y alteró la continuidad narrativa de la vida. Cuando el tiempo se rompe, la identidad tiembla. La memoria se vuelve más ansiosa, más circular, más teñida por el presente. En estados depresivos, los recuerdos negativos adquieren un peso mayor; en contextos de crisis, el futuro se estrecha.

Además, si la vida cotidiana se llena de no-cosas (contenido que no deja huella, estimulación que no se integra, experiencias sin espesor), la autobiografía pierde anclajes materiales y simbólicos. La identidad comienza a apoyarse más en perfiles, métricas, avatares e historiales que en experiencias encarnadas y compartidas.

De este modo, se entiende la angustia peripandémica como un fenómeno doble: por un lado, el impacto sanitario y social; por el otro, la aceleración de un mundo que ya estaba cambiando y que terminó de consolidar un "yo digital" permanentemente observado, clasificado y anticipado. Esa anticipación, propia de la inteligencia artificial, no solo predice conductas sino que también las induce. La IA carece de cuerpo, biografía y memoria autobiográfica.

Puede simular, pero no habitar la experiencia. El riesgo no es que la máquina piense como nosotros sino que nosotros dejemos de pensar, recordar y decidir por delegación. Y la sospecha permanente de la falacia virtual y/o la perdida de subjetividad y de intimidad

La paradoja es clara: en la era de la no-cosa comenzamos a valorar más lo que se calcula que lo que se vive. Y cuando el mundo se vuelve puro flujo, la subjetividad se torna más reactiva, más adicta y más frágil. La inmediatez reemplaza al deseo y el algoritmo amenaza con reemplazar la voluntad. En ese escenario, la angustia ya no proviene de la falta sino del exceso de lo intangible y de la posible mentira.

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