La victoria sobre el nazismo y las lecciones para un mundo que vuelve a extremarse

La derrota del nazismo no fue solamente una victoria militar. Fue, sobre todo, un triunfo de la humanidad contra la barbarie

Hoy, 9 de mayo de 2026, se cumplen 81 años de la capitulación de la Alemania nazi ante el Ejército Rojo, hecho que marcó el final de la Segunda Guerra Mundial en Europa y una de las victorias más decisivas de la historia contemporánea.

En tiempos donde la extrema derecha vuelve a expandirse en distintas regiones del mundo, recordar aquella derrota del fascismo no constituye un simple ejercicio de memoria histórica: es también una advertencia política.

La ofensiva final contra el Tercer Reich comenzó en la primavera de 1945, cuando las tropas soviéticas cercaron Berlín y, tras combates feroces, forzaron la caída de la capital alemana el 2 de mayo. Días antes, el 30 de abril, Adolf Hitler se había suicidado en su búnker.

Finalmente, el 8 de mayo de 1945, a las 22:43 de Europa Central -ya 9 de mayo en Moscú- el mariscal alemán Wilhelm Keitel firmó la rendición incondicional ante el mariscal Gueorgui Zhúkov en el cuartel general soviético de Karlshorst, Berlín.

La Unión Soviética exigió aquella segunda ceremonia de rendición luego de la firma preliminar realizada en Reims ante los aliados occidentales. Moscú entendía, con razón, que la derrota del nazismo debía formalizarse ante el país que había soportado el mayor peso de la guerra y que había conquistado Berlín al precio de millones de vidas.

Los números todavía estremecen.

De las 783 divisiones alemanas derrotadas durante la guerra, 607 cayeron en el frente oriental. Es decir, cerca del 75% de las fuerzas militares del Tercer Reich fueron destruidas por el Ejército Rojo.

La imagen del soldado soviético izando la bandera roja sobre el Reichstag quedó para siempre como símbolo universal del triunfo sobre el fascismo.

El costo humano de aquella victoria resulta casi imposible de dimensionar. Las investigaciones históricas más recientes estiman que la Unión Soviética perdió al menos 26,6 millones de personas: alrededor de 12 millones de militares y más de 14 millones de civiles.

Solo el sitio de Leningrado dejó cerca de un millón de muertos. Stalingrado superó también el millón de víctimas entre civiles y combatientes. Millones fueron deportados, desplazados o condenados al hambre, mientras ciudades enteras quedaron reducidas a escombros.

La Segunda Guerra Mundial fue probablemente la tragedia más devastadora que haya conocido la humanidad. Murieron cerca de 60 millones de personas entre civiles y soldados. Europa quedó destruida, y buena parte del planeta arrastró durante décadas las heridas de aquella catástrofe.

Por eso, cada 9 de mayo, Rusia y otros países de la antigua Unión Soviética conmemoran el Día de la Victoria con homenajes a los veteranos y actos recordatorios. Más allá de las disputas políticas actuales, la memoria de quienes derrotaron al nazismo sigue teniendo una dimensión histórica imposible de borrar.

Porque el fascismo no apareció de un día para otro. Creció alimentado por el odio, el ultranacionalismo, el racismo y la intolerancia. Y cuando esas ideas reaparecen disfrazadas de discursos antisistema, xenofobia o fanatismo identitario, conviene volver la mirada hacia 1945.

La derrota del nazismo no fue solamente una victoria militar. Fue, sobre todo, un triunfo de la humanidad contra la barbarie.