Por qué seguimos guerreando: cerebro, poder y creencias
El origen de la guerra en la especie humana: ¿instinto biológico o construcción cultural? Entre la agresión, la empatía y el poder, el dilema sigue vigente en un mundo cada vez más peligroso
Estos tiempos parecen ser de guerras. En épocas de múltiples conflictos bélicos, vale la pena pensar si existe un manejo autocontrolado o si padecemos un instinto desbocado de motivaciones guerreras. Cabe preguntarse, como decía Karl Jaspers, si no existe en el hombre una oscura y ciega voluntad de hacer la guerra.
La naturaleza de la guerra y la agresión en la especie humana ha sido un tema de intenso debate entre antropólogos, psicólogos y otros científicos sociales.
Existen dos posiciones principales: una sugiere que los humanos son inherentemente guerreros debido a un instinto innato de agresión; la otra propone que la guerra es un producto del sedentarismo y la territorialidad surgida con el desarrollo de la agricultura hace unos 10.000 años.
Las guerras expresan los instintos más primitivos del Homo sapiens. Al fin y al cabo, a través de la violencia expresamos las competencias de poder, ya sea para ganar una lucha territorial o tribal, un negocio o imponer una creencia.
La violencia planeada
La expresión final es: "yo gané y tengo razón", es decir, "tengo el poder". Sin embargo, conviene distinguir entre la agresión individual y la guerra. La respuesta agresiva es una función adaptativa que contribuye a la supervivencia de los animales superiores y también del Homo sapiens.
La especie humana desarrolló este proceso defensivo o cazador, lo aplicó para la lucha territorial y la caza, y aprendió a dominarlo e interpretarlo culturalmente.
La guerra, en cambio, se define como violencia planeada y organizada, diferente de la violencia individual espontánea y con pocos contrincantes. La guerra, entonces, no es la acumulación de hechos violentos individuales en una comunidad, sino que posee su propia lógica. Puede que el ser humano sea el único ser biológico que genera guerras.
Si bien existen enfrentamientos entre animales, en ningún caso se plantean con la planificación, la masividad y la duración necesarias para considerarlos actos bélicos. Son simples escaramuzas espontáneas e impulsivas, que reducen conflictos sexuales, sociales o territoriales en una escala mucho menor. La guerra, por el contrario, implica una toma de decisiones a largo plazo y planificada.
En este punto aparece una cuestión central: si el ser humano fue siempre guerrero o si se volvió tal a partir del sedentarismo. Francis Fukuyama es de quienes sostienen la existencia de una agresividad grupal innata, asociada al instinto de combate como base de la selección natural.
Sin embargo, otros evolucionistas, como Brian Ferguson, afirman que no existe evidencia suficiente de un instinto guerrero social primitivo. Según esta visión, la agresión y la guerra están más relacionadas con el crecimiento grupal, el sedentarismo, la identidad colectiva y el sentimiento de propiedad.
De hecho, si bien existen yacimientos prehistóricos con lesiones corporales y craneales, esas marcas podrían corresponder también a accidentes o peleas individuales más que a guerras organizadas. Durante el 95 % de nuestra existencia fuimos cazadores-recolectores, y en ese período no existieron guerras planificadas, sino luchas esporádicas. Recién cuando el ser humano se hizo sedentario comenzaron a aparecer señales de conflictos organizados. Los fenómenos guerreros parecen haberse asociado al sedentarismo, la ocupación del territorio y la formación de los Estados.
Los grupos nómadas, generalmente pequeños, podían desplazarse y contaban con mayor capacidad de negociación. Así resolvían conflictos mediante duelos ceremoniales o por presión comunitaria, evitando hechos más graves de violencia. En ese sentido, podría sostenerse una visión optimista: el ser humano no habría generado guerras desde su origen, sino que estas se conformaron culturalmente en el último 5 % de su historia.
Justificar la violencia
David Chester observa que la venganza es, en cierto modo, un subtipo de agresión. Por lo tanto, no es solo un sentimiento, sino que puede traducirse en acción. No solo se utiliza la venganza como satisfacción ante una injusticia, sino que también puede activarse como un fenómeno placentero en el ser humano. La justicia, en la sociedad actual, puede interpretarse como una sublimación de la revancha, aunque se trata de procesos complejos del Homo sapiens que pueden derivar en acciones graves y satisfacer los instintos más crueles de la especie.
El ser humano presenta así un campo de tensión permanente entre el altruismo y la violencia: según cuál predomine, se priorizará el control social o la agresión hacia los otros.
Para justificar hechos de violencia, las personas suelen recurrir al razonamiento motivado, similar al funcionamiento de los sistemas de creencias. Se trata de ideas que contienen elementos racionales, pero también componentes emocionales como la identificación partidaria, religiosa, política, deportiva o ideológica. Surge así un sesgo partidista, una desviación cognitiva hacia el grupo con el que se identifica la persona. Existe, en consecuencia, un sesgo de confirmación, que lleva a interpretar la realidad según las propias expectativas e ideología. Resulta difícil, entonces, actuar en contra de esos sistemas de creencias.
Las diferencias territoriales, religiosas o de pertenencia grupal pueden activar mecanismos de identificación tribal que alteran la toma de decisiones y conducen a acciones injustas y violentas. Las guerras expresan, en este sentido, un quiebre en la capacidad de cooperación flexible. Se pierde la tolerancia hacia lo diferente, se debilita el diálogo y emerge la incapacidad de convivir con lo diverso en niveles extremos.
Sin embargo, el Homo sapiens también desarrolló capacidades inhibitorias de la violencia. En particular, con el desarrollo del sector orbitario del lóbulo prefrontal, que regula al sistema límbico emocional. La estructuración social, administrativa y comercial, junto con los acuerdos colectivos, favoreció esta inhibición y la reducción de conflictos intersubjetivos. Así, comenzaron a predominar decisiones de largo plazo, con mayor peso racional que emocional. Asimismo, la alfabetización, el comercio y la capacidad de ponerse en el lugar del otro contribuyeron al desarrollo de la empatía.
Incluso en el plano biológico aparece esta ambivalencia. Los bonobos presentan conductas sociales más empáticas y menores niveles de agresión interespecífica que los chimpancés. Las neuronas de Von Economo, vinculadas a la empatía, la confianza y la culpa, se encuentran en mayor concentración en humanos y bonobos que en chimpancés. La pregunta sigue siendo, entonces, a quién se parece más el ser humano: si a los bonobos, más pacíficos, o a los chimpancés, más agresivos.
Parecería que la violencia individual ha disminuido en la actualidad. Sin embargo, el avance tecnológico y la concentración urbana han desplazado el riesgo de lo individual a lo social y geopolítico. La posibilidad de desarrollar armas masivas cada vez más poderosas, en un mundo de ocho mil millones de habitantes, vuelve extremadamente peligrosa cualquier alteración del equilibrio entre razón, emoción, tribalidad y poder.

