Ringo Bonavena, el último gran mito popular del boxeo argentino
Hoy se cumplen cincuenta años de la muerte de Oscar Natalio "Ringo" Bonavena, probablemente el boxeador más popular, más excesivo y más querido que dio el deporte argentino.
No fue el más técnico. Tampoco el más elegante arriba del ring. Pero sí fue el más carismático. Un personaje irrepetible, construido entre el coraje, la fanfarronería, el humor callejero y una necesidad permanente de desafiar al mundo.
Su vida fue una sucesión vertiginosa de peleas, escándalos, frases memorables, provocaciones y noches de gloria. Y también una tragedia anunciada.
La madrugada del 22 de mayo de 1976, en Nevada, Estados Unidos, Bonavena fue asesinado de un disparo en el corazón cuando intentaba ingresar al Mustang Ranch, el famoso prostíbulo propiedad de Joe Conforte.
Tenía apenas 33 años.
Joe Conforte, dueño del lugar, había dado órdenes expresas de disparar si Ringo volvía a aparecer por allí. William Ross Brymer, chofer y guardaespaldas personal de Conforte, fue quien terminó con la vida del boxeador argentino.
Alrededor de aquella muerte siempre flotaron rumores, sospechas y versiones cruzadas. Que Sally Conforte, esposa del empresario, se había convertido en representante de Bonavena y algo más. Que Joe había perdido dinero en apuestas por culpa del argentino. Que Ringo se había metido en terrenos demasiado peligrosos.
Nunca terminó de saberse toda la verdad.
Lo cierto es que aquella madrugada murió instantáneamente y el asesino apenas recibió una condena menor.
Ese mismo día, mientras los argentinos seguían por televisión la inolvidable victoria de Víctor Galíndez ante Richie Kates en Sudáfrica, la noticia cayó como un golpe imposible de asimilar: habían matado a Ringo.
La alegría deportiva se mezcló de golpe con la tristeza colectiva.
Porque Bonavena ya era mucho más que un boxeador.
Era un fenómeno popular.
Había nacido el 25 de septiembre de 1942, en el seno de una familia humilde y numerosa. Era el sexto de nueve hermanos, hijo de un corpulento motorman y de doña Dominga Grillo, una lavandera de carácter fuerte y amor incondicional por su hijo.
Cuenta la historia familiar que cuando nació, con casi cuatro kilos, su madre lanzó una frase profética:
-Va a ser boxeador.
Y así fue.
Oscar creció entre peleas callejeras, bromas pesadas y una personalidad imposible de contener. Abandonó la escuela temprano y comenzó a entrenarse en San Lorenzo, aunque pronto lo expulsaron por sus indisciplinas y ocurrencias.
A los 16 años pisó por primera vez un gimnasio de boxeo. Allí también sobresalía más por sus bromas que por su disciplina.
Pero tenía algo distinto: una mezcla explosiva de valentía, desparpajo y hambre de protagonismo.
En los Juegos Panamericanos de San Pablo, siendo apenas un adolescente, protagonizó una de sus primeras escenas escandalosas cuando, en plena pelea, mordió a un rival norteamericano porque había prometido que "se lo iba a comer".
Ya estaba naciendo el personaje.
El gran salto llegaría en los años sesenta, cuando viajó a Estados Unidos, la meca mundial del boxeo. Allí descubrió algo que terminaría marcando toda su carrera: el estilo provocador de Cassius Clay, luego Muhammad Alí.
Más que su boxeo elegante, lo impactó su forma de humillar psicológicamente a los rivales antes de subir al ring.
Ringo entendió rápidamente el negocio del espectáculo.
Y lo adaptó a su manera.
Con provocaciones, frases burlonas y desafíos públicos, consiguió instalarse definitivamente en la escena argentina. Así ocurrió cuando comenzó a desafiar a Gregorio "Goyo" Peralta, el campeón argentino de los pesados, que inicialmente lo despreciaba como sparring.
"¡Peralta, cobarde, peleá!", gritaba Ringo en diarios, radios y revistas.
La pelea terminó convirtiéndose en un acontecimiento histórico. El Luna Park reunió más de 25 mil personas y Bonavena derrotó claramente a Peralta, consolidándose como ídolo popular.
Ya convertido en estrella nacional, llegó también a Mendoza.
Leonardo Paludi le pidió a Tito Lectoure una gran pelea para la provincia, y el promotor no dudó:
-Les mando a Bonavena.
La presencia de Ringo revolucionó la ciudad. Sus fanfarronadas, su verborragia y sus desplantes generaban fascinación y rechazo al mismo tiempo. El estadio se llenó para verlo pelear, y Bonavena respondió con un triunfo por nocaut ante Roberto Véliz.
Por aquellos años incluso abandonó momentáneamente el boxeo para subirse a los escenarios de la calle Corrientes como cantante y showman, acompañado por Zulma Faiad y otras vedettes.
El público deliraba cuando aparecía cantando "Pío, pío" con su inconfundible voz aflautada.
Hasta que Tito Lectoure le puso un ultimátum:
-O el teatro o el boxeo.
Ringo volvió entonces a Estados Unidos, donde protagonizaría algunas de las peleas más importantes de su carrera.
Pero la que lo convirtió definitivamente en leyenda fue la que disputó frente a Muhammad Alí.
Fue uno de esos acontecimientos que paralizaban al país. En Mendoza, muchos recuerdan haber visto aquella pelea en televisores blanco y negro, rodeados de vecinos y amigos.
Bonavena parecía condenado ante el talento incomparable del campeón del mundo. Más bajo, limitado técnicamente y castigado por sus famosos pies planos, nadie imaginaba que pudiera complicarlo.
Sin embargo, lo hizo.
Lo golpeó, lo provocó y hasta consiguió desestabilizarlo psicológicamente.
Muhammad Alí tenía la costumbre de burlarse de todos sus rivales. Pero nunca nadie se había animado a devolverle el golpe verbal.
Hasta que apareció Ringo.
Mientras todos respetaban el nuevo nombre del campeón, Bonavena insistía en llamarlo "Clay".
-Clay, Clay... -le gritaba delante de todos.
Alí lo miraba con furia.
Aquella pelea quedó para siempre en la memoria colectiva. El campeón recién pudo derrotarlo en el último round.
Pero Ringo ya había ganado algo mucho más importante: entrar definitivamente en el corazón popular argentino.
Después vendría el derrumbe.
Las malas compañías, los negocios oscuros y la peligrosa cercanía con la mafia norteamericana.
Hubo un último regreso a Buenos Aires, donde todavía lo esperaban las ravioladas de doña Dominga.
Y luego el viaje final a Estados Unidos.
Sin retorno.
Bonavena volvió definitivamente al país dentro de un ataúd y recibió una despedida multitudinaria.
Porque Ringo no era solamente un boxeador.
Era una forma de ser argentino.
Desmesurado, sentimental, fanfarrón, valiente, contradictorio y profundamente popular.
Cincuenta años después, sigue vivo en la memoria colectiva como esos personajes que nunca terminan de irse.
Mientras tanto, en algún rincón imaginario de Buenos Aires, doña Dominga todavía debe seguir esperándolo con los ravioles sobre la mesa.

