Hoy vamos a hablar de dos temas que van a combinarse en una película. El primero, la obsesión por el porno temprano con la era victoriana o la Belle Epoque; el segundo, el famoso "porno danés", que, con el sueco, era algo así como el norte de toda producción de gente desnuda que se preciara de tal. Lo primero tiene un interés sociológico; lo segundo, histórico. Bueno, las dos cuestiones son sociológicas e históricas, aunque es más que probable que los espectadores del género no lo tomen demasiado en cuenta.

Dinamarca fue, con Suecia, el primer país en legalizar la pornografía en 1969. Tenía ya regulada la prostitución y era, en general -sigue siendo- de las sociedades con mejor estándar de vida de Europa occidental. Es importante esto último porque la estadística indica que los mejores indicadores sociales y políticos van de la mano de un PBI alto. Los daneses sufrieron mucho con la invasión nazi en los años cuarenta, incluso "traicionaron" a los nazis y pagaron las consecuencias al ayudar a los Aliados. Pero levantaron el país a costa de muchos sacrificios y ya a fines de los sesenta eran una sociedad envidiable tanto en ingresos como en libertades civiles. A nadie molestó mucho que el porno pasara a ser legal, excepto a los mayores fundamentalistas religiosos

Dicho esto, el porno no era sinónimo de éxito inmediato. La mayoría de las producciones era una conjunción de secuencias sin demasiada continuidad, casi documentales y no muy bien musicalizadas (un día escribiremos sobre la música en el porno, que es casi un karma). Salvo algunas chicas y muchachos jóvenes, rupturistas y con poco que perder podían dedicarse a filmarse teniendo sexo. Así que no era frecuente encontrar verdaderas películas. De hecho, pasaron varios años hasta que alguien se animara a hacer un largometraje porno siguiendo las reglas de la industria mainstream del cine. Esa película, de 1972 y dirigida por Ole Ege -una figura histórica en la lucha contra la censura y primer director importante del género- se llamó Bordellet (se puede ver en Erogarga.com).

¿De qué va Bordellet? Su subtítulos es "memorias de una chica de burdel", y en ese sentido nadie sale defraudado: se trata de los recuerdos de una meretriz. El tono es el de la picaresca, con mucho humor que incluye el slapstick (o golpe y porrazo, para evitar el lenguaje especializado) y mezcla un poco de Fanny Hill con ese libro anónimo que algunos creen que escribió Julio Verne llamado Autobiografía de una pulga. Y todo transcurre en un tiempo indeterminado entre finales del siglo XIX y principios del siglo XX. 

El hecho es que la película se hizo para que fuera a toda clase de salas y no solo a las de cine pornográfico, ya un nicho. Y tenía actores conocidos de la televisión, por ejemplo, aunque no fueran ellos, precisamente, los que tuvieran sexo ante cámaras de modo explícito. Sin embargo, a pesar de que tuvo mucha publicidad y un lanzamiento generoso, el resultado en taquilla fue mediocre. No malo, pero no ganó las fortunas que sí haría, un año después y atravesando el Atlántico, Garganta profunda. Las razones: los daneses no habían sufrido demasiada represión moral o estética como para que un par de genitales en movimiento representaran una novedad notable en el paisaje, como sí en ese ambiguo sistema que constituyen los Estados Unidos.

La pregunta de por qué el filme transcurre en esos tiempos, y por qué muchísimas de las películas porno de los setenta irían por ese lado, es más compleja de responder, pero sí tiene respuesta. La Belle Epoque fue la última gran época de tolerancia en la modernidad (la semana pasada hablamos un poco de eso al reseñar la obra maestra de Bernard Bonello L'Apollonide, Souvenirs de la Maison Close), donde el placer, el relajo de costumbres y la joie de vivre eran permanentes. Ese mito, amplificado por el estado de bienestar que, por primera vez, se ponía en práctica en el Imperio Austrohúngaro (época a revisar, por cierto) y por lo terrible que serían las dos guerras mundiales (el atentado en Sarajevo de Gavrilo Princip en 1914 acabaría con la Belle Epoque y comenzaría la era de los genocidios). Es decir, era la "era dorada" más a mano en Europa.

Y además porque fue el auge de la tolerancia sexual dado que, en muchos países, se mantenía legal la prostitución. Así que era posible ir hacia esos tiempos para hacer creíble y cohesivo un relato donde todo el tiempo hay relaciones sexuales. Lo que implica, de hecho, un gran ejercicio cinematográfico. Sin embargo, insistimos, no fue un gran éxito de público. Más arriba dijimos que ver sexo en pantalla, en 1972, ya no era atractivo per se, ya no llevaba solo eso gente al cine. De allí el intento de esta película de narrar una historia y dar algo más que piel sin ropa y vísceras en movimiento.

Pero hay otro asunto que permanece y es importante acotar: el porno tiene poco público. Sí, claro, se gastan billones de dólares en sexo y etcéteras, pero en general es poco público que gasta mucho. El sexo por sí solo (como el efecto especial por sí solo, o el 3D por sí solo, o lo que fuera que pueda ser un "aditamento" en una película) pierde su efecto rápidamente. Una vez consumida y consumada la novedad, el público quiere algo más. Lo que sucedió con Bordellet es que llegó al temprano y rápido fin de ciclo para el porno en el país que lo legalizó primero. Ya no era ilegal ni, tampoco y por eso mismo, rupturista o novedoso. En el resto del mundo tardó más en llegar a ese estadio, pero recueden que Dinamarca es una sociedad muy educada, de las más educadas del planeta. Con eso ya no hace falta subrayar lo obsceno o escandalizarse por senos desnudos u hombros besados. El porno es más chico que el arte, y los daneses lo supieron primero.

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Leonardo Desposito

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