Todos conocemos Nueva York (bueno, Manhattan, el distrito más conocido de esa urbe que incluye Bronxs, Queens, Brooklyn y Staten Island) porque el cine -hecho en la costa opuesta- ha convertido esa ciudad en el gran escenario de la modernidad. Si la París del cine es el hogar del romance y el melodrama, Nueva York es la patria de la velocidad. Paradójicamente, hoy es uno de los lugares que más sufre la pandemia y se encuentra paralizada. Ergo, no podríamos -incluso si tuviéramos los medios- recorrerla como para comparar la versión "real" con el artificio creado por el arte. Claro que, por suerte, existen algunos sucedáneos para viajar y ver sin salir de casa. Incluso a la Gran Manzana.

Empecemos por los museos. El Metropolitan Museum of Art rivaliza con el Louvre parisino en cuanto a colecciones y variedad. Toda la historia del arte está allí, y se lo puede recorrer de dos maneras: revisando el catálogo digital, muy nutrido, o con el Proyecto 360°, que implica una recorrida virtual por las salas de exhibición. De cualquiera de las dos maneras, es un buen lugar para recorrer la ciudad desde la manera en que mira el resto de las culturas a través de la creación estética, en el sitio oficial: https://www.metmuseum.org/. Pero hay, por cierto, un museo más "americano", el Guggenheim. No solo por su colección (de todos modos internacional, no falta el impresionismo ni Picasso) sino por el edificio en sí, que también tiene visita virtual. Ese larguísimo y altísimo espiral lleno de obras es una joya de la arquitectura en medio de una ciudad cuya mayor riqueza es arquitectónica. Hay mucho que recorrer en https://www.guggenheim.org/.

Hablando de edificios, sí, claro que se puede ver el Empire State, que fue el más alto del mundo durante décadas. La historia de su construcción es una leyenda en sí misma, con indios acostumbrados a caminar por cornisas de alta montaña tensando cables a alturas imposibles. La historia se cuenta en el sitio del edificio, que además tiene, faltaba más, visita virtual: https://www.esbnyc.com/. Pero para saber más, busque en Google las fotografías de Lewis Hine sobre la construcción de la mole, que es una manera también de ver cómo Estados Unidos enfrentó tiempos difíciles a través de la obra civil. Lo mismo puede decirse del Puente de Brooklyn, también de extraordinaria historia: https://www.brooklynbridgepark.org/

Por cierto, el emblema neoyorquino es la Estatua de la Libertad, ese regalo de Francia a América. La construcción es impresionante y la vista desde la corona, también. Pero conviene no solo entrar al sitio oficial de Lady Liberty sino también al del Hotel de Inmigrantes de Ellis Island, donde aparecen historias conmovedoras que, para un argentino, resultan bastante cercanas. No pocos italianos, armenios, franceses e irlandeses bajaron allí y dejaron parientes seguir viaje hasta aquí, y viceversa. Se puede conocer tanto la estatua como el hotel acá: https://www.nps.gov/stli/index.html

Queda en el lector seguir adelante con los paseos, que además se pueden hacer con Street View y apreciar lo imponente que son los edificios en calles como Madison Avenue o la Quinta Avenida, y recorrer ese gran pulmón que es Central Park. Nueva York es, sobre todo, una ciudad para caminar mirando, así que la herramienta vale la pena.

Leer sobre la ciudad es también una tarea enorme. Pero si queremos trazar una buena línea temporal, siempre con buenas lecturas, recomendaríamos comenzar por Pandillas de Nueva York, ensayo histórico sobre la segunda mitad del siglo XIX en esa ciudad que dio origen al filme homónimo de Martin Scorsee, de Herbert Asbury (de paso: Borges lo tomó como fuente para uno de sus relatos de Historia Universal de la Infamia). Luego, El gran Gatsby, de Francis Scott Fitzgerald, que muestra sobre la "era del Jazz", los años '20 y el mito del self-made man y su trastienda. Conviene acercarse a los relatos de Cornell Woolrich (o William Irish, su alter ego) para ver el doble juego de los años '40, la corrupción larval debajo de la Gran Ciudad en novelas como Mil ojos tiene la noche o, claro, La ventana indiscreta y La novia vestía de negro, llevadas al cine por Hitchcock y Truffaut, respectivamente. Luego, la hermosa Desayuno en Tiffany's, de Truman Capote, con su glamour y su modernidad, y seguramente algo de Paul Auster (recomendamos calurosamente Leviatán).

Y quedó el cine, pero eso ya usted lo sabe porque es la ciudad más filmada de la historia. Un musical: On the town, de Stanley Donen, donde tres marineros pasan solo 24 horas (entre ellos, Gene Kelly y Frank Sinatra) y se filmó en locaciones, nada de estudio, y es brillante. Un policial: Contacto en Francia, también rodada en locaciones reales, casi en estilo documental, por William Friedkin, y muestra toda clase de corrupciones (puede continuar en ese sentido con Sérpico y Tarde de perros, ambas de Sidney Lumet). Una comedia: definitivamente debe ser Cuando Harry conoció a Sally..., porque la ciudad y sus calles y sus monumentos y sus parques y sus tiendas y sus museos son esenciales para comprender qué les pasa a Billy Crystal y Meg Ryan (y a los brillantes Carrie Fisher y Bruno Kirby, de paso). Una de terror: El bebé de Rosemary, que resume el sentir del neoyorquino y su manera de enfrentar el éxito y el fracaso (el personaje de Cassavetes) y la familia (el de Mia Farrow: vean su rostro al final). Y una fantasía total: Los Vengadores, que hace de Manhattan un campo de batalla y de juego al mismo tiempo, con gozoso aprovechamiento de sus monumentos. Aderece con Sinatra cantando con la orquesta de Count Basie, o con las travesuras de esos orgullosos neoyorquinos de los Manhattan Transfer. ¿Ok?

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Leonardo Desposito

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