"El arte y la literatura nos recuerdan que no somos solo consumidores o carne de cañón"
El escritor español presenta su nueva novela El plan maestro.
"No he querido que sea una continuación estricta, es decir, se puede leer sin haberse leído El Maestro del Prado. Sí que he querido mistificar el maestro del Prado, es como un juego con el lector, pero se puede leer independiente. Yo dejé aquel libro abierto hace doce años. Esperaba que aquella novela fuera como una botella lanzada al mar y que alguien recibiría ese mensaje. Después de un tiempo prudencial de espera a que el maestro se apareciera y diera señales de vida, he decidido seguir adelante con la historia y seguir, como decir, literaturizando a este señor", dice a BAENegocios.com el escritor español Javier Sierra.
"En 1990, yo tenía 18 años para 19, estaba empezando mis estudios universitarios y una mañana en el Museo del Prado se me acerca un señor mayor. No conocía de nada, no me saluda, no me da ni los buenos días y me empieza a explicar la obra que yo estaba contemplando de Rafael. Me enseña en 40 minutos sobre ella y se marcha sin apenas despedirse. Yo me quedo en shock, no sé muy bien quién era ese señor ni qué quería realmente, pero me dejó tan impactado, tan sorprendido por lo que me enseñó, que volví al Prado no con la idea de ver más cuadros, sino de verle a él, que me enseñara a mirar otros cuadros. Nunca lo encontré, lo busqué en muchas ocasiones y yo creo que la ausencia de la persona generó un mito en mi cabeza, así que cuando me convertí en escritor lo hice en personaje con la idea secreta de reencontrarlo. Era como una llamada de atención, nunca pasó, así que he seguido pues eso convirtiéndolo en personaje. En esta novela lo que hago es vincularlo a una hipotética sociedad secreta de maestros que están esperándonos en los museos para enseñarnos que el arte no solo se debe mirar sino que se debe leer", agrega el autor.
"Me di cuenta cuando estudié el tema del maestro del Prado y lo que a mí me ocurrió, que se estaba comportando igual que figuras de la mitología que se consideran como los dioses instructores. Ese mismo esquema del maestro que llega, te enseña algo y se desvanece está en el Antiguo Egipto, está en el corazón de África, está en mitos australianos, está en todo el mundo. Lo que a mí me sucede con el maestro del Prado es lo mismo, pero a pequeña escala, en una escala unipersonal", reflexiona.
-¿Estos maestros que vos propones ayudan a acercar el arte a todos?
-Claro, el arte nosotros lo hemos alejado de la gente porque de repente parece que necesita ser un historiador o un especialista para comprender a fondo una obra de arte y no es verdad. El arte en su concepción original lo que buscaba era impactar emocionalmente y esta novela lo que pretende es recordar al lector que no necesita una formación especial para que el arte le desvele sus secretos, que basta con abrirse emocionalmente, anímicamente a esas pinturas. Es un juego divertido porque funciona. Estoy viendo que hay mucha gente que está, por ejemplo, yendo al Museo del Prado con el libro debajo del brazo a verlo con sus niños. Eso es interesante porque en esta novela yo defiendo la mirada del niño, la mirada instintiva, imaginativa del niño para descubrir cosas que no son explícitas en el arte.
-¿Cómo definís esa mirada del niño?
-Leyendo a especialistas en arte parietal rupestre, en arte de las cuevas, de hace miles de años, algunos decían que los principales hallazgos de pinturas rupestres en el mundo los han hecho niños porque son los que tienen una libre asociación de imágenes. Entran en una cueva, ven dos rasgos en una pared y los interpretan como si fuera una cara en una nube. Ven que de repente hay una figura ahí oculta. No es un adulto quien las descubre. Y es porque la mirada de los chicos no está no contaminada por la cultura. Tengo dos hijos y cuando tenían siete u ocho años y estaban a punto de perder ya su inocencia, me los llevé de cuevas en España y comprobé que efectivamente veían cosas que los propios guías de las cuevas no habían visto nunca. Así que me hice la pregunta de si sería capaz de transmitir esa mirada del niño a un texto y que despertara la mirada del niño que un día hemos tenido todos los adultos. La respuesta es sí. Creo que la novela cumple con esa función y que cuando terminas de leerla has desarrollado esa segunda mirada respecto al arte.
-¿Es una novela inmersiva?
-Si, y es muy particular porque he podido trabajar con la editorial de manera que he podido plantar en la novela las reproducciones a color de las obras de arte. Desde ese punto de vista, el que se mete en la historia no va a poder salir del libro, va tener todos los elementos que necesita para ir cambiando poco a poco esa mirada. Desde ese punto de vista es como un juego, es casi como de realismo mágico. Estoy llevándolos a situaciones y a lugares y a obras de arte que existen, que son reales, pero les estoy invitando a mirarlas con un ojo que no pensaba el lector probablemente que tenía. Y ese es el realismo mágico, ese es el cambio de percepción. Lo hago utilizando tanto herramientas de la literatura convencional como giros que pueden estar asociados a la ciencia ficción pero que tienen un sentido muy concreto. Rompo barreras en el espacio y en el tiempo continuamente en la novela de tal forma que llega un momento en el que vas a entender a Frida Kahlo gracias a las pinturas rupestres, y eso es muy transgresor, pero es muy real. Y al final, yo creo que la lección que intento inculcar en el lector es que en origen el arte es magia.
-¿Y cuál de esos personajes con que más te encariñaste?
-A mí el que más me ha dado es el sacerdote de Jesuita que está investigando la existencia de estos maestros, instructores para el Vaticano. Está preparando un informe. Este personaje que encarna un poco el espíritu del investigador, el que se pregunta, pero que tiene problemas también con su propia fe, porque muchas de estas cosas vienen del mundo pagano. Ese personaje con contradicciones interna me gusta mucho. Es verdad que convive con un personaje que soy yo, que se llama Javier, ese personaje pues a mí también me da mucha confianza para desarrollar la trama. Soy yo en un 90 por ciento. Claro, como esto está conectado con El Maestro del Prado, donde conté una historia que me pasó a mí, pues aquí necesitaba también esa continuidad. Y luego también hay otro personaje que está en el maestro del Prado y está aquí, que es el malo, que es ese personaje extraño que busca que tengamos una mirada del arte, muy materialista, muy historicista, muy superficial y que no le interesa que el arte te provoque sensaciones tuyas, intransferibles porque eso te hace libre respecto a cómo quieren que veas el mundo. Esa lucha entre lo que quieren que veamos y lo que realmente vemos porque el arte tiene un valor económico importante, pero es lo menos importante del arte al final. Creo que el verdadero tesoro del arte es su poder transformador, su poder evocador, lo que a ti te genera por dentro, que es tuyo, es tu epifanía, es tu conclusión, es tu visión. Pero eso no interesa y que todo el mundo tengamos la misma visión de las mismas cosas, porque así es como se nos manipula tradicionalmente.
¿Los maestros qué grado de realidad pueden tener?
-Yo creo que mucha. Yo tuve un encuentro con uno, por lo tanto sé que existen. Que no estoy loco. Al menos no por eso. Ahora, si hay un plan, si están coordinados, si siempre hay un maestro esperando cuando hay una persona con la mirada adecuada, eso ya lo dejó a la imaginación de cada uno. Todos necesitaríamos un maestro cuando entramos en un museo, encontrarnos con alguien así.
-¿Pasamos por los museos sin ver en profundidad?
-Por ejemplo, el Prado, no lo veo como si fuera una colección de obras de arte, lo veo ya como una biblioteca y cada cuadro es un libro, y cada libro necesita un tiempo para ser leído. Esa es la clave de aproximación al arte, es decir deberíamos entrar en las grandes colecciones de arte con el espíritu del lector. Decir "me voy a entregar a esa historia para que me sorprenda y me revolucione". Pero no lo hacemos, solo lo hacemos desde el punto de vista superficial de la sociedad de la imagen, donde la imagen es un instante de endorfinas en tu cerebro y nada más. Por eso es que deberíamos poder sentarnos. Y por eso a mí me produce una ternura y una preocupación a la vez ver los museos llenos. Darme cuenta de que nadie está, o casi nadie, nadie está con la actitud de lectura de esas imágenes. Este libro es una señal de advertencia: ¡Eh! ¡Cuidado! Presta atención, detrás de la pintura estás tú con tu mirada.
-¿Qué es lo que te gustaría que el lector encuentre?
-Que tiene esa segunda mirada adormecida desde que es un niño y que puede despertarla.
-¿Te parece que es posible?
-Sí, a mí me gustaría que los museos apostaran más por la sensorialidad y menos por la historicidad. La historicidad está muy bien y ha servido para preservar el patrimonio y servirá para las futuras generaciones, pero no pueden ser simplemente fragmentos de una historia pasada. Esos cuadros siguen funcionando, siguen teniendo esa capacidad de conmoverte, de transformar tu conciencia y eso es lo que yo creo que debemos potenciar.
-¿Cómo definís vos el arte?
-El arte es lo que da sentido al ser humano. Nosotros no somos, aunque nos lo creemos, la única criatura inteligente sobre la faz de la Tierra. Hay muchas inteligencias a nuestro alrededor. Si tienes perros, lo sabes, son inteligentes. Las ballenas tienen un lenguaje complejo. Los delfines son capaces de comunicarse mensajes estructurados de manera muy técnica. Pero entre todas esas inteligencias, nosotros sí que hacemos algo que no hace ninguna de estas otras. Y es que somos capaces de símbolos que transmiten esa información de manera casi instantánea. La escritura es uno de esos símbolos, la pintura y la música son otros. Nuestra inteligencia es una inteligencia artística. Eso es lo que yo creo que es el arte somos nosotros.
- ¿Cuál es esta unión entre la literatura y la pintura en este caso?
-Ambos son espejos de lo que tú llevas dentro. Es decir, nadie ve el Jardín de las Delicias como tú, ni como yo. Y lo que yo sienta y experimento es intransferible a ti. Es algo muy difícil de volcar. Con la literatura es lo mismo. Tú vas a leer el Plan Maestro de manera distinta como lo leería yo o como lo leerá cualquiera de los otros lectores. Es un espejo de nuestra conciencia.
-¿Y el arte es para todos?
-Sí, totalmente. Lo que pasa es que lo hemos teorizado tanto que lo alejamos de partes importantes de la población, pero el arte a todos nos dice algo y para todos tiene un mensaje. Si tienes una cultura elevada, verás cosas en ese arte que a lo mejor alguien que no tiene una cultura muy elevada no verá. Pero a ese otro también le va a decir cosas. Yo creo que ambas miradas son optimas.
- ¿En tiempos violentos qué lugar ocupa la literatura y el arte?
-Son el lugar de refugio. El que te recuerda que somos valiosos, más allá de lo que nos quieren hacer creer, que somos poco más o menos que simplemente consumidores o carne de cañón, somos mucho más que eso. Pero es verdad que estamos en momentos muy complicados. Y el arte también termina siendo víctima porque se pierden muchas obras, la primera víctima de muchos de estos conflictos.

