No resulta sencillo intentar un balance de la gestión de Cambiemos al frente del Gobierno Nacional en aspectos referentes a su política agropecuaria, sin experimentar un sabor amargo, por momentos pesimista. Quizá teníamos exageradas e ingenuas expectativas de cambios reales, de cambios sustentables y definitivos que rápidamente desembocaron en el ya acostumbrado escenario de promesas incumplidas. Quizá el diagnóstico de los entonces candidatos a cargos de gestión no fue correcto o quizá no fue sincero.

La actitud a menudo contemplativa del sector productivo agropecuario frente a un gobierno que se presume está intentando revertir décadas de profunda decadencia no implica resignación y mucho menos habilita a pensar en la aceptación de errores recurrentes.

A esta altura de los acontecimientos, en el campo nos preguntamos cuál es la línea que separa a la inoperancia del engaño y la traición de las ideas puestos de manifesto en un retroceso continuo que nos obliga a volver sobre los pasos de promesas respecto a políticas impositivas sólo parcialmente cumplidas en el comienzo de gestión pero rápidamente revertidas en busca de la necesaria reducción de un déficit fiscal que conoce más de incrementos de la presión recaudatoria que de disminución del gasto público, del gasto de la política, del achicamiento inteligente del Estado.

El sentimiento de desilusión que se está instalando en ambientes productivos debería obligar a Cambiemos a reforzar seriamente la alianza estratégica que imaginó en los albores de su gobierno si es que pretende conservar el grado de apoyo inicial de todo el interior productivo, el mismo que hoy padece las consecuencias esquilmantes de la reimplantación de las retenciones a las exportaciones, política probadamente fracasada. No existen retenciones malas para un gobierno y buenas para otro. Son el peor y más injusto impuesto que castiga a la producción condicionándola hasta el punto de volverla inviable, situación que se agudiza en ya demasiadas economías regionales.

Sin embargo, basta tan sólo recordar el punto de partida para reforzar una actitud comprensiva: Retenciones generalizadas a todos los productos agropecuarios sumadas a un profundo atraso cambiario, múltiples tipos de cambio, restricciones a las exportaciones, intervención y regulación de mercados, clima hostil y de incitación al odio hacia el campo, su modo de vida y su sistema productivo, y un largo etcétera. Pero el recuerdo cercano de aquellos momentos oscuros no habilita la aceptación resignada de un presente insostenible.

¿Cómo disimular la realidad que enfrentamos cotidianamente los productores? ¿Cómo pedirle paciencia y comprensión a un tambero o a un productor de cerdos? ¿Cómo explicarle a quien está afectado por las actuales inundaciones que nunca apareció el presupuesto para las obras de infraestructura imprescindibles desde hace años, o que no hubo la suficiente decisión política para desarrollar un seguro multirriesgo que mitigue los daños catastróficos que generan los eventos climáticos extremos al sector que mayores aportes hace a la economía del país?

En el campo nos preguntamos cuál es la línea que separa a la inoperancia del engaño

Resulta imposible pensar en un ambiente propicio para cualquier actividad lícita y genuinamente productiva con un nivel de tasas de interés e inflación como las actuales. De igual manera, ¿cómo imaginar un horizonte de crecimiento con la presión fiscal asfixiante y el aún extenuante régimen de información y registros que aplastan al productor agropecuario? ¿Hasta cuándo una economía puede soportar tal cantidad de beneficiarios de planes sociales sin que exista de su parte una justa contraprestación?

Este presente angustiante influye para que desde el campo se vea a diciembre como un horizonte de esperanza de salvación demasiado lejano en el tiempo. Se requieren medidas urgentes.

El sector más pujante de la economía argentina, aquel al que todo el país apuesta para un nuevo despegue, no puede permanecer solamente a merced de la incontenible fuerza motora de su propio e innato optimismo o a algún guiño benigno del clima en estos tiempos de Corriente del Niño e inundaciones. Resulta impostergable la aplicación de una política que verdaderamente entienda que de esta situación se sale con más trabajo, más producción, más previsibilidad y no con más impuestos.

¿Será Mauricio Macri capaz de reacomodar una orquesta que desafina, que ha cambiado la partitura y equivocado los instrumentos antes de que el resultado de las urnas proclame que llegó el tiempo de su propio reemplazo?

Frente al probable resurgimiento de nefastas figuras políticas que más merecen un destino de cárcel que el premio de un nuevo cargo ejecutivo, nos resistimos a volver al pasado, pero al mismo tiempo, estamos obligados a advertir que este presente nos está dejando sin futuro.

* Presidente de la Confederación de Asociaciones Rurales de la Tercera Zona (Cartez)