En la Argentina de estos días, el gobierno se redujo a la acción del Banco Central de la República Argentina ( BCRA) y a la gestoría del Ministerio de Hacienda frente al Fondo Monetario Internacional ( FMI).

El primero, dedicado a espiralizar la tasa de interés como modo artificial de control sobre el tipo de cambio, sustitutivo del equilibrio del sector externo; el segundo, haciendo trámites para que los dólares del préstamo del FMI lleguen al Tesoro.

Mientras tanto, en el mercado se observa, por el lado de la oferta global, el desplome de la producción, de las importaciones y del devengamiento de impuestos, al igual que, por la arista de la demanda global, se contraen el consumo privado, la inversión y el gasto público, al tiempo que las exportaciones no muestran reacción significativa.

Todo ello en el marco de una economía desprotegida (a contramano de lo que sucede en el resto del mundo, donde se impone como regla la administración del comercio exterior), con un tipo de cambio no competitivo y tasas de interés reales inauditas.

No "pasaron cosas", sino que Cambiemos las hizo. Anteriormente hemos caracterizado como "la política del después vemos" (BAE Negocios, 21/1/2018) a la conducta oficialista de intentar resolver un problema a través de medidas inconexas, generando uno más grande y complejo aún.

Sin gestión gubernamental para revertir el desolador panorama, lo peor de todo es que el oficialismo se propone persistir en la mala praxis que nos condujo hasta aquí, aunque "acelerando".

Etapa 1: exterminar el mercado interno

Nunca se vio en nuestro país un gobierno que, violentando las más elementales reglas del buen arte económico, realizara una gestión en la que prácticamente ningún sector saliera beneficiado.

Más allá de la renta generada en el alquiler de la tierra y, circunstancialmente, del sistema financiero en el cortísimo plazo,1 el conjunto de las empresas tuvo que lidiar con un entorno hostil.

Es que el esquema económico de Cambiemos, basado desde sus inicios en la inconsistencia entre una política monetaria contractiva y un comportamiento fiscal expansivo, se ocupó de multiplicar los desequilibrios preexistentes.

Y aunque no fuimos pocos los que advertimos, allá por 2016, que tal estrategia era insostenible, Cambiemos optó por persistir en ese camino que, inevitablemente, conducía al fracaso actual.

Paso a paso, el oficialismo fue enhebrando la secuencia de causalidades de la Supercrisis en curso.

Su primer movimiento fue el irreparable daño al mercado interno que produjo al duplicar el costo de la canasta alimentaria, tanto por la vía de la reducción/eliminación de las retenciones, como por la súbita variación del tipo de cambio.

Tal modificación de los precios relativos restringe la capacidad de compra de los ingresos populares sobre los bienes y servicios no esenciales, situación que se agravó con la aceleración del proceso de dolarización de las tarifas.

Las empresas nacionales no sólo lidiaron con la disminución de la capacidad de consumo de las familias argentinas; además debieron enfrentar la apertura comercial derivada de la desacertada estrategia de integración internacional, desprotegiéndolas frente a la oferta de sus competidores no residentes.

Etapa 2: el gasto público como aparente salvavidas

Para marzo de 2016 la contracción del mercado interno era evidente, por lo tanto, también lo era que el sector privado -carente de oportunidades de negocios- no podría dinamizar la economía en tal esquema.

En este marco, el oficialismo decidió profundizar aún más el desequilibrio de las cuentas públicas multiplicando los gastos estatales, especialmente los que se canalizaban mediante las obras públicas, duplicando el déficit fiscal.

En el siguiente año, con la vista puesta en las elecciones de medio término, la expansión del crédito desde las arcas de la ANSES y de la banca pública (fundamentalmente los ajustados por UVA), permitieron a Cambiemos replicar los resultados electorales de 2015, convirtiéndolos en un triunfo que, supuestamente, auguraba una segura reelección.

Sin embargo, en el transcurso de esos meses, los únicos fundamentos asegurados fueron los "déficits gemelos" de los sectores externo y fiscal.

Es que, para la financiación de este último, se contrajo deuda en dólares que, para ser aplicados en los pagos correspondientes, requerían su cambio a pesos. Para evitar que esas nuevas emisiones elevaran la inflación, el BCRA las absorbía mediante onerosos instrumentos que multiplicaron el déficit cuasi fiscal.

Producto de esta fatal ecuación, en que los préstamos pagaron doblemente los intereses (los originales en dólares y los derivados de la conversión a pesos y su absorción por el BCRA), se magnificó el endeudamiento en moneda dura y, al mismo tiempo, se esmeriló la competitividad de nuestras exportaciones por la apreciación cambiaria originada, entre otras fuentes, en el estímulo al carry trade.

Así se completó el estrangulamiento perfecto para nuestras compañías: no habría capacidad de consumo en el mercado interno ni buenos precios para competir en el mercado externo.

Etapa 3: éramos pocos y parió el Fondo

A poco de comenzado el año 2018, el gobierno nacional hizo su última salida a los mercados voluntarios de deuda.

El experimento en curso llegaba a su fin, ya que los prestamistas externos no sólo se mostraron reacios a seguir financiando a la Argentina, sino que comenzaron a tomar precauciones ante las evidentes dificultades de repago de las obligaciones contraídas.

Así lo manifestó el crecimiento de la prima de riesgo de default de las compañías aseguradoras, fungiendo como alerta para el sistema financiero internacional que promovió una visita -fuera de agenda- de Christine Lagarde a nuestro país, en marzo del año pasado.

Un mes después, la toma de ganancias del carry trade y el fly to quality (vuelo a la calidad) de los inversores internacionales, activó la corrida cambiaria que culminó con la solicitud del préstamo al Fondo Monetario.

El acuerdo alcanzado, por un monto inusitado (que representa 11 veces la cuota que aporta por su participación nuestro país), implicó que los fondos a girar a la Argentina por el FMI sirvieran como garantía de los créditos otorgados por entes extranjeros, reemplazando un acreedor (el sector privado) expuesto a la posibilidad de cesación de pagos, por otro (el organismo multilateral) que está prácticamente blindado a esta alternativa, como quedó demostrado en diciembre de 2001.

A la supervivencia de los déficits fiscal y de sector externo en niveles de colapso2, se agregó la delirante actuación del BCRA dilapidando el primer desembolso del préstamo recibido.

Para setiembre, la suba del "riesgo país" y del tipo de cambio, certificaron la insustentabilidad del plan en curso y el deterioro de la autoridad que debía implementarlo.

Así nació el "acuerdo revisado" entre el gobierno argentino y el FMI, que, en rigor, no es más que un arreglo para evitar (al prohibir la expansión de la base monetaria) que se vuelvan a despilfarrar los fondos desembolsados y garantizar que se apliquen a su finalidad original, esto es, el pago de la deuda soberana a los tenedores no residentes.

Como dijimos meses atrás ("El domo del FMI", BAE Negocios, 8/10/18), el organismo " intenta contener las ondas expansivas del colapso de la economía nacional, dentro de nuestras fronteras".

Un viraje necesario

Las siderales tasas de interés con las que el BCRA absorbe lo que considera "exceso de liquidez", han devastado el funcionamiento del aparato productivo3.

Pese al generalizado llamado a la cordura que realizan propios y extraños al gobierno, señalando las desastrosas consecuencias de la política monetaria, y los dramáticos resultados que exhiben los indicadores oficiales y privados, "el mejor equipo" persevera en el camino del fracaso.

Ahora sí, sin hacer pronósticos (lo que equivale confesar que se conduce sin tener idea de las consecuencias de su acción), sólo afirma que irá más rápido.

Bajo estas condiciones, nada bueno puede prosperar. Los desequilibrios alcanzados son irresolubles y por lo tanto el colapso del esquema macroeconómico resulta inevitable.

Es por ello que depende íntegramente de las representaciones institucionales (políticas y sectoriales), que irrumpa un rotundo viraje que abra paso a un proceso de sentido contrapuesto al transitado hasta ahora, permita restituir los equilibrios macroeconómicos, dinamizar los mercados, y proteger al entramado social, en forma simultánea.

1- No necesariamente es así, si los cómputos se realizan en moneda dura; además es necesario considerar los riesgos de incobrabilidad.

2- Cambiemos consiguió, a un mismo tiempo, los desequilibrios macroeconómicos que, en términos fiscales provocaron el colapso del gobierno de Alfonsín, y en el sector externo, el de De la Rua.

3- “Subir la tasa de interés. Un remedio peor que la enfermedad”. BAE Negocios. 23/7/18.

*MM y Asociados