La semana pasada se apareció en la oficina la tía que es “gorila”, pero que también gusta de charlar de los temas económicos porque “de eso, Guillermito sabe”. Con modo simpático y a la vez imperativo, reclamaba respuestas.

“A ver si me explican qué está pasando; escuché a los economistas que a mí me gustan y resulta que hay uno que habla de corralito, otro que recomienda comprar botes, el otro que dice que el Banco Central está quebrado; me están asustando”.

Nos pareció entonces que, sin dramatizar, debíamos pintarle el cuadro más aproximado posible. Y emulando a un economista, bien formado, que escribía sus artículos de divulgación conversando con su tía transcribimos, tan fielmente como pudimos, nuestra charla con la pariente contrera.

Le contamos que, cuando asumió el gobierno, pensábamos que iba a adecuar su comportamiento a la antigua consigna: “de que siempre hay que hacer lo que hay que hacer”.

Pero su modus operandi es otro
Hacia mayo de 2016, nuestra opinión era: “luego de seis meses de gestión macrista, se empiezan a agotar los plazos para definir el sesgo que tomará finalmente el gobierno. Durante estos meses hemos observado una política económica poco coordinada, e incluso acciones contrapuestas, entre un ala predominantemente desarrollista y la antagónica más liberal.

Mientras que la última, con el Presidente del BCRA, Federico Sturzenegger, como expresión más visible de este enfoque, sostiene y promueve a través de voceros calificados medidas más drásticas que permitan disminuir aceleradamente el déficit fiscal (aun cuando implique tener que lidiar con las posibles consecuencias sociales que acarrearían), el sector más desarrollista, expresado principalmente por el Ministro de Hacienda y Finanzas Alfonso Prat Gay, postula que se pueden hacer gradualmente los ajustes necesarios e ir financiándolos con emisión de deuda, desarrollando a su vez un proceso de atracción de inversiones.”

Creíamos entonces que el gobierno iba a buscar algún tipo de solución a los problemas (¡que es su obligación!), sin sospechar que se trataba del verdadero modus operandi de la alianza Cambiemos: no importa si algo no se resuelve o incluso se agrava; lo importante es salir del paso hoy.

Aumentemos la ganancia de un sector, aunque resignemos recaudación… después vemos
Al inicio del gobierno se duplicó el precio de la canasta alimenticia, producto de la devaluación del 60% de la moneda y la eliminación o disminución de retenciones a ciertas exportaciones. La licuación del poder adquisitivo de los ingresos populares (y su impacto a la baja en el mercado, vía la demanda), que desplomó la economía, pretendió ser reemplazada por el gasto público. Por un lado, recaudaban menos y por el otro gastaban más. La conclusión es obvia: iniciaron un sendero de duplicación del déficit fiscal.

Pero no se amilanaron. Porque consideraron que podían recurrir al crédito externo para su financiamiento.

Los dólares comenzaron a entrar y a gastarse, para lo cual había que transformarlos en pesos, pero estos aumentaban la emisión monetaria y con ello la inflación y encontraron otra solución mágica: quitar esos pesos del mercado (esterilización) utilizando las Lebac. Para lo cual tuvieron que pagar una enorme tasa de interés y entonces emergió el déficit cuasifiscal, que sumado al del Tesoro Nacional y las jurisdicciones subnacionales, nos acercan al 11% del PIB de este año, esto es alrededor de U$S60.000 millones, similar (en porcentaje) al que alcanzó el gobierno de Alfonsín previo a su colapso. Y entonces ahora ¿cómo estamos?, preguntó En este punto de la conversación, tratando de minimizar la angustia de la tía, tuvimos que reconocerle que ahí no terminaban los problemas. Porque los dólares ingresados por las diferentes vías (deuda externa, carry trade, etc.) más la persistencia del proceso inflacionario, habían licuado la teórica ganancia de competitividad externa generada por la devaluación, con lo cual nos encontrábamos al día de hoy con que, a los productores argentinos, salvo contadas excepciones, se les dificultaba vender sus mercancías en el mercado externo y competir con las que, más baratas, llegan desde el exterior.

Si esto le sumamos que tampoco hay mercado interno por lo citado más arriba, nos encontramos en un punto que, por falta de ventas, prácticamente no hay empresas que ganen plata.

¡Pero para eso van a hacer estas reformas nuevas!, sostuvo la tía
Y sí. Pero parece que no es todo tan fácil, contestamos. Pensaban que con la reforma laboral podían transferir ingresos desde los asalariados hacia las empresas, pero eso no resuelve los problemas de debilidad de la demanda, ni tampoco, salvo contadísimas excepciones, mejora la competitividad de las compañías. Encima, si se achican los ingresos de los asalariados, se cae más el mercado interno. Como era esperable, el proyecto generó la reacción de todos los dirigentes sindicales así que hay que ver la propuesta definitiva y cómo se da el trámite legislativo, pero aparentemente y, por suerte, mucho no van a conseguir por ese lado.

En cuanto a la “reforma tributaria”, hay que tener en cuenta que el sector privado, enfrenta a un mismo tiempo la disminución del consumo doméstico, la retracción de exportaciones y la competencia de la producción foránea y que la supervivencia de la actividad de las unidades económicas, en no pocos casos, ha sido a costa de la resignación de márgenes de comercialización.

Así llegamos al momento de la “reforma fiscal” que, en un principio, iba a ser de resultado neutro para el Tesoro.

Le contamos lo que habíamos señalado la semana pasada en esta columna: tal reforma no permitiría mejorar la competitividad de la producción local vía disminución de precios sino que, a lo sumo, podría auxiliar a las empresas a recomponer los márgenes perdidos. Claro que esto sólo aplica a quienes se les bajaba la carga tributaria, ya que, para que el resultado de las modificaciones sea neutro, otros debían sufrir aumentos de impuestos.

Sin embargo, la reforma significará profundizar el desequilibrio fiscal ya que, frente a empresas y mandatarios provinciales perjudicados por incrementos que hicieron oír sus justos reclamos, el gobierno comprometió su retracción.

¿Entonces quién pone la plata que falta?, inquirió nuevamente
Así fue que llegó el momento de las evasivas. ¿Para qué amargarla? Ninguno tuvo el coraje de explicarle que, todo indica, serán las jubilaciones y pensiones los próximos “patos de la boda” con los que el gobierno va a tratar de emparchar semejante descalabro. Y también con las transferencias al Tesoro de las ganancias contables no reales, del Fondo de Garantías de Sustentabilidad y de las utilidades del Banco Nación.

Antes de despedirnos la tía agradeció y, equilibrando la balanza de las mentiritas piadosas, nos dijo: “me voy más tranquila”, sin que mutuamente nos creyéramos.

La procrastinación como esencia
El gobierno parece estar enfocado sólo en la postergación de las manifestaciones de los problemas que no soluciona. Esta actitud, rayana en la insensatez, es la que impregna al conjunto de la administración; para mejorar algo el consumo, la ANSES y los bancos públicos entregan créditos indexados que las familias no podrán devolver ni las entidades cobrar, o se resiente el patrimonio del Banco Provincia con las promociones de 40% y 50% de descuento. Finalmente, alguien se ocupará de sanear las cuentas de las instituciones, pero en el futuro.

Ni siquiera la acelerada dolarización de carteras pareciera preocuparlos, como si desconocieran la tradición bimonetaria de nuestra economía.

Cuando tomamos nota de que el circulante en poder del público ronda los 600 mil millones de pesos, y que las Lebac superan los 1,15 billones de pesos, potencialmente monetizables, contra U$S30.000 millones en reservas de libre disponibilidad, la división algebraica de una sobre otra, que daría un tipo teórico de cambio, conmociona.

La apuesta gubernamental consiste, evidentemente, en posponer las expresiones de tan compleja situación, hasta el momento de endosarle a terceros los costos de su resolución.

Entonces nos resta observar el curso de los acontecimientos con la conciencia de que el actual gobierno no buscará soluciones de fondo, aun cuando ello implique agravar los problemas. Y también con la certeza de que el timing de la economía no necesariamente se subordina a los deseos de los gobernantes.

En ese marco, reflexionar en rededor de una posible crisis resultó inevitable. El ala joven de la mesa repitió la frase de moda de los gurúes: “si sucede conviene” o, como dicen en Oriente, “toda crisis es una oportunidad”.

Claro que los más adultos, no pudimos ignorar la definición que se usa en este hemisferio: hay crisis cuando todas las posibles salidas… son malas.

*MM y Asociados