Las políticas del FMI pusieron en escena al mismo organismo añejo que, cada vez que tomó control de una economía en problemas, empeoró gravemente su crisis. Por supuesto, probar otra vez con el mismo veneno no puede ser un error.

Detrás del aparente tecnicismo exhibido por su staff y por los funcionarios del gobierno nacional, hay una decisión política dura, omitida en los análisis de los medios de comunicación dominantes: reprimarizar la economía para hacerla más dependiente del interés de las grandes potencias. Es el mismo resultado de los ensayos de la última dictadura militar y de la Convertibilidad.

Si bien el gobierno ya venía transitando ese camino desde que asumió, como resultado de la reducción del crédito a la producción, de los recursos a la ciencia y la tecnología, de la liberalización comercial y financiera, de la baja del consumo y del aumento del costo energético y del transporte, el enorme aporte de capital del FMI y sus exigencias de recorte más acelerado del gasto público, imprimen una mayor velocidad al proceso de degradación de la estructura productiva.

El notable desarrollo de las tecnologías de la información y la comunicación de los últimos 25 años es la principal razón de que la película dure mucho menos que, por ejemplo, en la destrucción de los años noventa, cuando el soporte de las telecomunicaciones todavía no estaba tan extendido. Los capitales financieros pueden realizar sus operaciones de transferencias de recursos de la producción al capital financiero en mucho menor tiempo.

Igual que en las dos experiencias neoliberales previas, el gobierno se muestra como un alumno ejemplar. La reducción del déficit fiscal primario es un hecho, a costa esencialmente de un brusco recorte del gasto público, pero también de contramarchas en materia impositiva.

Si bien el resultado de la recaudación viene cediendo en términos reales en los últimos meses, la suba de las tarifas de los servicios públicos, el aumento de los impuestos y de los precios de los combustibles, la generalización de las retenciones y la quita de reintegros a las exportaciones son los principales pilares que moderan la merma de la capacidad recaudatoria.

La oferta de esos sectores es de fácil percepción impositiva y, en el caso de las tarifas y los combustibles, además, poseen una demanda poco sensible a las variaciones de los precios y así van captando una creciente porción del presupuesto de los hogares y de las empresas. Eso permite que el desplome de la recaudación por la caída del consumo, de la inversión y de la producción que generan las actuales políticas sea compensado en buena medida.

Un súbito vuelco de los funcionarios del Fondo en contra del financiamiento dará el golpe de gracia definitivo

Al igual que en los acuerdos anteriores con el FMI, en el presente arreglo y en sus respectivas revisiones no hay ninguna referencia sobre cómo la estructura productiva debería transformarse para honrar los compromisos de capital e intereses de la deuda. Una economía que recibe un aporte superior al 10% de su PBI en un año y que lo deberá devolver mayoritariamente en el lapso de cuatro años debería tener una planificación de políticas públicas de estímulo a la producción y especialmente a la exportación para generar los recursos que hagan sustentable el proceso, sobre todo considerando que hoy, a pesar de ese ingreso de capitales, la situación es muy compleja y en los siguientes años deberá devolver esos capitales con una estructura productiva disminuida.

Ese es el motivo central por el cual el riesgo país sigue en ascenso y esta semana ya alcanzó los máximos niveles de la administración de Cambiemos, sin que, como el año pasado, el panorama internacional se haya modificado negativamente para el país y que las metas de reducción del déficit fiscal se hayan sobre cumplido.

Por el contrario, vuelven a tomar medidas que erosionan la capacidad productiva. La crisis que promueve el FMI también busca ser ocultada a través de absurdas previsiones de las variables económicas plasmadas en las revisiones del acuerdo, realizadas en octubre y marzo últimos.

En particular, es asombroso que la titular del FMI felicite públicamente la labor del gobierno nacional y, al mismo tiempo y sin factores externos que hayan perjudicado la evolución de la economía, aumente en 10 puntos porcentuales su proyección de inflación anual de 2019 del 20% al 30% cuando esa variable es central desde la óptica del organismo financiero.

Evidentemente, la parcialidad del Fondo para aportar recursos no se limita solo al capital del préstamo que prácticamente se agota al momento de finalización del período preelectoral, sino que también hace campaña inventando escenarios ridículamente optimistas.

Es claro que los inversores financieros ya comenzaron a avizorar el final de esta acelerada película repetida y, por eso, los depósitos a plazo fijo, pese a pagar tasas superiores al 45% desde mediados de marzo, comenzaron a contraerse durante el último mes, por primera vez desde el inicio de la crisis macrista.

¿Cómo es el final? Igual que en los anteriores ciclos neoliberales. Mayores exigencias en materia de ajuste del gasto público y pérdida de derechos de la población y, ante la imposibilidad de cumplimiento por la reacción social, un súbito vuelco de los funcionarios del FMI en contra del financiamiento de nuestra economía que representará el golpe de gracia definitivo.

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