Contra todos los pronósticos, la gestión macrista se desenvolvió con mucha mayor maestría en el campo político que en el económico. Dicho de otro modo, con su propio relato (gobernar es, en gran medida, relatar) logró sobrevivir en la escena nacional durante tres años en los que nunca consiguió domar la economía. La fantástica invención del segundo semestre y el gradualismo presentado como máxima expresión de sensibilidad, entre otros, fueron pilares discursivos que acompañaron una administración que nunca hizo pie pero que se las arregló para mostrarse siempre a punto de enderezarse. Alcanzó con un veranito estadístico en 2017 y la decisión (en contra de uno de sus tres mandatos fundacionales) de reeditar la grieta para superar el test de medio término.

Sin embargo, cuando el discurso y la realidad se alejan irreversiblemente los discursos terminan por resultar ridículos. Al presidente Mauricio Macri y, especialmente, a Marcos Peña, uno de sus principales inspiradores políticos, les tocó atravesar ese límite durante este 2018.

El anticipo micro se dio en los últimos días de 2017, cuando Peña quiso desafiar groseramente la realidad y juntó en una mesa a Federico Sturzenegger, Luis Caputo y Nicolás Dujovne para intentar disfrazar de armonía las profundas diferencias internas que habían anulado la gestión de Cambiemos en la primera mitad del mandato. El armador político terminó pintando un cuadro esquizofrénico. El círculo rojo supo ese día que no había plan, o por lo menos se encontró con le evidencia incontrastable.

Más grave aun, cuando las “tormentas” externas hicieron estallar esa molotov que acá se presentaba como el mejor trago de autor, Macri y Peña volvieron a confiar en lograr acomodar la realidad a su mensaje. Y solo agravaron las cosas. Así, el jefe de Estado acentuó una de las corridas del dólar al asegurar: “tranquilos, que no pasa nada”. El jefe de Gabinete hizo lo propio unos días más tarde cuando dijo, con gran convencimiento, que lo que todos estaban viendo no merecía definirse como un “fracaso económico”, disparando a 41 pesos la cotización.

Esa mañana de agosto, Peña dejó de ser el jefe de Gabinete. Al menos en lo que respecta a la función sui géneris de comunicador del Poder Ejecutivo ante la sociedad que en Argentina adquirió la figura introducida en la reforma constitucional de 1994. De ahí en adelante, más allá de de que mintiera o dijera la verdad, el funcionario reconoció que no lograría entusiasmar a nadie con su gesto optimista.

El fracaso había quedado expuesto. Por impericia propia o fatalidad externa el gradualismo no alcanzó y el mazazo obligó a recurrir a la economía de guerra, a la épica del esfuerzo extremo para poner el país en caja. El ideal de veinte años de crecimiento continuo para licuar la colosal deuda que permitiera resolver el demonio inflacionario duró apenas unos meses.

Una nueva invención se puso en marcha para sobrevivir políticamente a la derrota económica. Con los mismos ideólogos pero, todavía, sin intérpretes definidos. Si no quiere sufrir la campaña como una tortura personal, Macri deberá depositar, en lo inmediato, su confianza en algún vocero. Aún como libretista, Peña sabe que no le haría un bien al proyecto de poder asumiendo nuevamente ese rol frente a las cámaras.

La estrategia está clara y es la copia exacta de la utilizada por el kirchnerismo mientras estuvo en el poder. Agigantar la grieta asegura, al menos un rol protagónico en la disputa. Las diferencias de estilo entre macristas y kirchneristas para aumentar la división sólo tienen que ver con las características de los públicos a quienes van dirigidas.

“Armen un partido”, recomendó, omnipotente, Cristina Fernández cuando todo lo que veía enfrente era confusión frente a su modelo victorioso. Contrastó con tanta confianza su ministro de Economía, cuando no supo cómo justificar que las estadísticas oficiales omitieran contar que un tercio de la población fuera pobre tras 12 años ganados y apelara a no hablar para “no estigmatizar”. Solo comparable a Peña diciendo que lo que todos sentían no se podía catalogar como fracaso.

No pensó Cristina en ese momento que su desafío sería cumplido al pie de la letra. El Gobierno de Cambiemos está en la misma. Se ríe de la división del peronismo y le sube la apuesta a la ex presidenta para mantenerla siempre como principal contendiente. A la hora de descular por qué no estamos frente a un nuevo 2001 a pesar de que las variables económicas se muestran desesperanzadoras, se apela a dos respuestas: la sociedad maduró y no quiere otro quiebre institucional y, la restante, los mecanismos de ayuda social que nacieron de aquella crisis dan una red de contención que en esa época no existía. Sin duda son ciertas, pero la desgracia hubiera estado mucho más cerca, 17 años después, si la crisis hubiera encontrado al peronismo unido.

Difícilmente la vertientes justicialistas logren confluir en un cauce común. Y, tal vez, dos candidatos que concentran más repudios que apoyos en la sociedad jueguen a ver quién es menos malo.

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