Pocos meses atrás, cualquier ejercicio de interpretación de la realidad económica exponía al público a un esfuerzo hercúleo. La diversidad de diagnósticos, valoraciones y pronósticos reinante entre los economistas era de tal envergadura, que parecía imposible encontrar denominadores comunes que permitieran a cualquier lego asumir una posición como propia sin ejercer, al mismo tiempo, un acto de fe. Tal vez sin adquirir un formato explícito de debate entre colegas, la confrontación de los puntos de vista a través de los medios de comunicación, sumada a la fuerza brutal de los hechos, comienzan a parir extendidas coincidencias en la disciplina.

Sin embargo, al alivio que supone la disipación de la virtual Torre de Babel en la que parecíamos inmersos, le sucede lo inquietante de los contenidos del consenso encontrado: inconsistencia macroeconómica de base con perspectivas de irrupción de una profunda crisis sistémica.

La convergencia fue posible

En las diagnosis y proyecciones económicas lo que se pone en juego es la comprensión de la realidad. Se trata, ni más ni menos, de un intento de construir, desde conjuntos fragmentarios de informaciones dispersas, sistemas coherentes y articulados de conceptos, capaces de interpretar y dar adecuada cuenta de las situaciones pasadas y presentes, así como de prever los itinerarios posibles del devenir.

Como todo proceso de producción de conocimientos, mucho más cuando se trata de una ciencia social, requiere para su éxito, además de la buena fe, cumplimentar las exigencias de adecuadas rupturas epistemológicas, misión imposible de llevar adelante sin la confrontación de los propios paradigmas con las evidencias que les son hostiles. Con mayor sencillez, el papá de uno de nosotros suele explicar que, si en una mesa para cuatro, cada uno tiene una idea y la comparte, al levantarse cada cual habrá cuadruplicado su sabiduría.

Hasta no hace mucho, los debates económicos se asemejaban a diálogos entre sordos. En esta misma columna subrayábamos en el mes de julio que "la prognosis del futuro económico inmediato de nuestro país está lejana a la expresión de un consenso; por el contrario, es un terreno de arduo debate que no pocos califican, equivocadamente, como una batalla entre el optimismo y el pesimismo."

Las discusiones, explícitas o implícitas, que la disciplina dio a través de medios tanto gráficos como audiovisuales, parece haber alcanzado niveles de maduración suficientes como para establecer nuevas bases de certezas compartidas. Pese a que la capacidad de difusión es dispar (y hasta desproporcionada), y que se asumieron formas, si se quiere, plebeyas de debate que trascendieron los acartonados círculos "aristocráticos" para darse de cara a la sociedad, los "contendientes" empezamos a encontrar, cada vez más, inesperadas coincidencias.

En esta misma columna, y en más de una oportunidad, hemos caracterizado el contexto como de profunda inconsistencia macroeconómica, y alertado tanto sobre las insalvables limitaciones que ello impone al crecimiento y a la inversión, como sobre los riesgos de alcanzar los puntos de ruptura del sistema. Al mismo tiempo, las inquietudes de nuestros colegas se enfocaban mayoritariamente, en esclarecer la cuantía que iba a alcanzar el crecimiento del Producto Bruto Interno (PBI) este año y los subsiguientes, dando por descontados los "éxitos" que la actual administración obtendría en el terreno económico; por esta razón, lo que nosotros caracterizábamos como obstáculos estructurales de tortuosa superación, ellos apenas lo percibían como ligeras desviaciones susceptibles de fácil corrección.

La situación actual luce diametralmente diferente, encontrándonos con que, aún en las indisimulables discrepancias ideológicas y políticas, afloran comunes inquietudes, conceptos y hasta usos de la terminología.

El caleidoscopio de los economistas

Seguramente todos habremos disfrutado, al menos una vez, de jugar con un caleidoscopio, ese artefacto donde una imagen se replica en tres o más espejos. Algo similar ocurre con la economía de hoy; sin importar si se focaliza la mirada en el reflejo de alguna de las corrientes clásicas, ortodoxas o heterodoxas, la imagen percibida siempre es la misma, políticas económicas contradictorias que impiden conciliar:

 ► La (insostenible) estrategia fiscal,

 ► El creciente déficit de la balanza comercial,

 ► El escalofriante saldo negativo en la cuenta corriente de la balanza de pagos (financiado con endeudamiento externo, sobre el que a la vez que se proyecta una sistemática revaluación cambiaria en términos reales), y

 ► El creciente déficit cuasifiscal, generado por la política monetaria, con la reactivación de un mercado interno severamente dañado y una imprescindible mejora en las ventas externas.

Los puntos de ruptura que, luego de haberlos señalado como amenazas por mucho tiempo, describimos en detalle en nuestra nota de octubre "Viento de cola en la política, nubarrones en la economía", también se hacen omnipresentes en el discurso de nuestros colegas. Con el máximo de los cuidados, para no descontextualizar las citas ni distorsionar su sentido, vale la pena repasar las afirmaciones recientes de algunos profesionales.

Javier Milei y Diego Giacomini, en una entrevista para un diario especializado, coincidiendo con MM y Asociados en que el déficit fiscal total consolidado alcanza al 11% del PBI, alertan que, si no se hacen correcciones urgentes, los funcionarios del gobierno "volverán a las andadas de la maquinita, vendrá la infleta, vendrá la devaluta y eso se llama piña". Germán Fermo no duda en calificar como "experimento" la política económica, en su nota titulada "Macri y una lotería sin plan: un acto de fe que sólo apuesta a la suerte".

Lorenzo Sigaut Graviña, en su reciente nota "¿Otra vez sopa? Condiciones necesarias para el desarrollo", sostuvo "La velocidad de acumulación de la deuda externa (títulos públicos/Tesoro) e interna (Lebacs/BCRA) preocupa. Si en un par de años el gobierno no logra bajar significativamente el déficit y la inflación, podríamos entrar en una etapa de incertidumbre sobre el repago de nuestros pasivos".

José Luis Espert expresó en un programa televisivo, que "Argentina está en una trayectoria insostenible" y que "esto que está haciendo Macri es absolutamente irresponsable"; en su nota "Los liberales quieren alertar al Gobierno", puso corolario a su reflexión con la advertencia de que "el Gobierno está haciendo lo mismo que condujo al fracaso de múltiples programas económicos, en particular el Plan Austral de Alfonsín y la convertibilidad () sostenida caprichosamente por De la Rúa hasta su explosión". Idéntica perspectiva expresa Juan Carlos De Pablo, quien afirmó sin hesitación: "así como vamos, chocamos".

El rector de la Universidad del CEMA y discípulo de Milton Friedman, Carlos Rodríguez, caracteriza que Argentina es "un país que está en un profundo desequilibrio", y amplía: "son más que atroces los desequilibrios que están generando el Banco Central, y la continuidad de la política de déficit fiscal, pero esta vez financiado con deuda externa. Van a explotar."

Carlos Melconian, ex presidente del Banco de la Nación Argentina y asesor del presidente Macri, en una reciente entrevista televisiva sostuvo que "el Gobierno cayó en la trampa de la inconsistencia fiscal y monetaria." Sobre ese mismo particular, él ha llegado a afirmar que "esto se va a la m...".

La aflicción incluso alcanza a los periodistas de opinión, como es el caso de Joaquín Morales Solá, quien en su nota de llamado de atención al gobierno "Una economía que demanda otras señales", apunta que "Las economías regionales se están apagando lentamente por obra de un dólar subvaluado. El déficit obliga a un endeudamiento cada vez mayor, que, a su vez, tira hacia abajo el precio del dólar y hace inviables las exportaciones y facilita las importaciones".

Opinión de muchos, consuelo de...

Con el parafraseo de la antigua expresión popular queremos hacer referencia al hecho de que, no necesariamente ni siempre, la coincidencia en las opiniones ayuda a formar las decisiones más favorables para el conjunto de la Nación.

Pero tan cierto como ello es que, cuando las opiniones coincidentes señalan con claridad prístina un final que está cantado, corresponde considerar si no es preferible corregir a tiempo. La incógnita que flota en el mercado es ¿Cambiemos quiere cambiar?; de la respuesta a este interrogante dependerá el sentido en que cada quien orientará sus decisiones empresariales.

Nosotros preferimos ser optimistas, pensando que el actual oficialismo adoptará las erudiciones sugeridas por los consensos alcanzados. Finalmente, todos coincidimos en que es necesario cambiar a Cambiemos.

*MM y Asociados