Hemos venido señalando, como un elemento clave para la comprensión de la coyuntura y del escenario en que deberemos desenvolvernos en los próximos lustros, el proceso de transformación profunda que el entramado internacional experimenta ya que, desde el final de la Guerra Fría, no habíamos observado cambios de semejante relevancia.

La globalización, en aquel entonces emergente como modelo hegemónico y excluyente de las relaciones entre los países, hoy da paso al Nuevo Orden Internacional (NOI), caracterizado por la puesta en valor de los vectores de competitividad de las economías nacionales.

La transformación en curso repercute en todos los ámbitos, con intensidades que se expresan -en cada país- de forma proporcional a los usufructos obtenidos en el diseño anterior, afectando incluso el espacio de las representaciones, hasta prácticamente poner en crisis la institucionalidad dominante.

Las que fueran fulgurantes estrellas del orden de la globalización, especialmente China y la Unión Europea (UE), no sólo pierden su resplandor, sino que, en el caso del viejo continente, queda además atravesado por agudas crisis políticas, cuyas consecuencias aún no son mensurables.

El bloque, por su diseño históricamente extemporáneo, parece enfrentarse finalmente a sus límites objetivos, encaminándose al destino de lo onírico: confuso y efímero.

La base material de la transformación

Como hemos señalado1, el NOI es un proceso sin retorno, con sólidas bases materiales, en el que queda atrás el aprovechamiento que las compañías de los países "centrales" hicieron de los bajos salarios pagados en otras partes del mundo mediante la internacionalización de las cadenas de producción, aspecto medular de su ganancia de competitividad, cuya contracara fue el deterioro de la infraestructura industrial en los propios territorios de origen, y las consecuentes secuelas sobre los entramados sociales.

El drástico cambio de enfoque que los Estados Unidos imprimieron a sus políticas, tanto internas como externas, desde la asunción de Donald Trump como presidente, bajo la consigna "America first", se erige como punto de inflexión, dando irreversibilidad a la transformación del orbe.

La dependencia energética de Europa es un obstáculo para su competitividad

En el actual proceso, el vector energético se posiciona como el "ordenador" que define a los ganadores y los perdedores del NOI, esquema en el que los países que estén en condiciones de poner en valor sus propios vectores de competitividad, son los que potencialmente pueden afrontar la reparación de sus propios entramados sociales, vigorizando la producción fronteras adentro y mejorando sus posiciones en el comercio internacional.

Los límites de la competitividad europea

La dependencia energética de Europa2, sin dudas constituye un obstáculo casi insalvable en términos de potenciales ganancias de competitividad de la producción en su propio territorio, sin afectar el empleo y los salarios.

Según los reportes oficiales, casi el 90% del petróleo y el 70% del gas natural consumido en los países de la eurozona3 son importados, siendo Rusia el principal proveedor (también en cuanto a combustibles sólidos). Al tiempo, en los últimos años la UE ha producido, en promedio, 15% menos de energía primaria, respecto de una década atrás.

También hay implicancias en términos de seguridad del abastecimiento energético del mercado común, ya que una alta proporción de las compras externas se concentra en pocos socios comerciales.

En 2016 (última estadística agregada disponible), el 77,1% de las importaciones (netas) de gas natural en la eurozona provino de Rusia, Noruega o Argelia; en cuanto a las de combustibles sólidos, el 68,2% se obtuvo de Rusia, Colombia y Australia, mientras que Rusia, Noruega e Iraq proveyeron el 52,6 % de las de petróleo crudo.

Como hemos visto, la disparidad de los precios energéticos4 es crecientemente significativa. De acuerdo con el Banco Mundial, el precio del gas (por millón de BTU) hacia 2008, era de u$s8,9 en suelo norteamericano, u$s13,4 en el viejo continente y u$s12,5 en el país del sol naciente, mientras que el año pasado fueron, respectivamente, u$s3,16; u$s7,68 y u$s10,65.

De allí que, previsiblemente, las dificultades para la mantención de la competitividad del aparato productivo europeo sigan una tendencia incremental, conforme sus competidores, especialmente los Estados Unidos, continúen reduciendo sus costos unitarios de producción e implementando políticas de administración del comercio exterior.

El ocaso de la unificación

Así como, en el pináculo de la globalización, la constitución de ámbitos de gobierno y legislaciones de orden supranacional sirvieron como óptimos complementos del proceso económico basado en el libre comercio, la internacionalización de las cadenas de producción y la financierización del capital, tal institucionalidad hoy entra en crisis, acompañando el hundimiento del modelo neoliberal y su ideario.

Es que, desde hace ya tiempo, cobran creciente fortaleza en la eurozona los planteos antieuropeístas, estableciendo tensiones que se expresan tanto al interior de los países, como entre los estados y la institucionalidad supranacional o incluso de aquellos entre sí.

En el centro de tal confrontación se ubica la pugna entre las viejas representaciones que sustentaron el orden de la globalización, hoy caduco, y las nuevas formaciones políticas y sociales, que expresan las búsquedas autónomas de cada nación europea.

Si bien la salida del Reino Unido de la UE (Brexit) es la manifestación más acabada (hasta la fecha), de la tendencia a la desintegración de la eurozona en los términos institucionalmente establecidos, posiblemente sean más relevantes otras expresiones, dado que podrían indicar la aparición de conflictos que se desarrollen por vías menos ordenadas y diplomáticas.

Es muy significativo que desde el propio gobierno de Alemania, indiscutible líder de la eurozona y adalid del libre mercado, hoy se alcen voces que, contradictoriamente reclaman tanto la puesta en vigencia de medidas proteccionistas (como la propuesta del ministro de Economía de que el gobierno adquiera participación temporal en algunas empresas tecnológicas, a fin de evitar que sean compradas por corporaciones extranjeras5), como el fortalecimiento de unas "fuerzas armadas conjuntas"6 para el bloque.

La beligerancia también opera al interior de Europa. Así lo testimonia el congelamiento de las relaciones entre Francia e Italia, en una escalada que comenzó ni bien accedió al gobierno peninsular la alianza de los ascendentes "Movimiento 5 estrellas" y "La liga".

Son múltiples los indicadores de que las tendencias centrífugas, en sus variopintas vertientes, van imponiendo paulatinamente sus nuevos enfoques, en detrimento de la anteriormente indiscutida supremacía de la burocracia de Bruselas sobre los gobiernos nacionales.

Es que en todo el territorio europeo, las formaciones políticas que sustentaron el paradigma del neoliberalismo que reinó a posteriori del colapso del bloque soviético (desde los partidos liberales y conservadores hasta las tradicionales socialdemocracias e "izquierdas aggiornadas"), experimentan un notorio deterioro en su representatividad.

Este proceso de ruptura va siendo capitalizado por expresiones de alcance local que, desde diversos orígenes ideológicos, se alimentan de la disconformidad reinante y de las expectativas que generan sus propuestas "nacionales".

Al mismo tiempo, es importante atender a la acción de los actores externos al bloque, que también debilita las condiciones de supervivencia de la Eurozona.

Desde el final de la II Guerra Mundial, quienes mayoritariamente se hicieron cargo de custodiar los mares y fronteras europeos, fueron los EE.UU., que hoy sostienen que es injusto imponer a los contribuyentes estadounidenses los gastos militares hasta ahora requeridos. Como consecuencia de tal cambio de enfoque, serán los propios países de la alianza continental quienes deban asumir los costos de su defensa.

Ahora bien, aun cuando resulte comprensible, entre numerosos actores del viejo continente, la obstinada persistencia en la defensa de un mundo que antaño proveyó de privilegios, pero que hoy se desvanece, en estos lares, ese es un error que no podemos afrontar.

Esa retrógrada visión, que urge remover, es la que sostiene el actual oficialismo, constituyendo una de las claves explicativas del rotundo fracaso económico al que nos ha dirigido.

La cabal comprensión del mundo que emerge en un Nuevo Orden Internacional, es una condición sine qua non para la viabilidad del Modelo de Desarrollo Económico Permanente y Sustentable (MoDEPyS) que nuestra Patria necesita.

1-“El America First y el Nuevo Orden Internacional”. BAE Negocios. 28/1/18.

2- Dada la actual matriz energética. Si se decidieran transformaciones relevantes, amén de las reacciones de los actuales proveedores ante el perjuicio, su ejecución requeriría de plazos extensos, a contabilizar en lustros.

3-De acuerdo a las denominaciones utilizadas en el sitio web de la Unión Europea, los estados miembro son: Alemania, Austria, Bélgica, Bulgaria, Chequia, Chipre, Croacia, Dinamarca, Eslovaquia, Eslovenia, España, Estonia, Finlandia, Francia, Grecia, Hungría, Irlanda, Italia, Letonia, Lituania, Luxemburgo, Malta, Países Bajos, Polonia, Portugal, Reino Unido, Rumanía y Suecia.

4-“El America First y el Nuevo Orden Internacional”. BAE Negocios. 28/1/18.

5-Caso similar a la negación del ente regulador norteamericano a la irrupción en sus puertos de empresas de capitales árabes. 6-Reciente “Tratado de Aquisgrán” firmado por Ángela Merkel y Emmanuel Macron.

*MM y Asociados