Un modelo en caída libre

La economía argentina se embarcó desde abril en una profunda recesión económica que promete no tener una salida rápida, lo cual en la jerga de los economistas significaría una crisis más en forma de "L" que de "V", como se intentó instalar en los últimos días. Es tal la profundidad del desplome que, desde la crisis financiera internacional de 2008, la economía doméstica no decrecía por dos trimestres consecutivos en más de 3,5% (segundo trimestre: -4%; y tercer trimestre: -3,5%).

Algunos números que sirven para caracterizar el proceso, marcan que en los tres años de la actual administración, la balanza comercial de Argentina fue deficitaria en u$s10.000 millones, con u$s18.000 millones de ingresos por bienes menos u$s28.000 millones de déficit en servicios. Por ingresos primarios se fueron otros u$s34.000 millones, en gran parte debido a la salida de u$s23.000 millones en pago de intereses del Gobierno y u$s6.000 millones por remisión de utilidades y dividendos de las empresas multinacionales a sus casas matrices.

Todo esto suma un déficit de cuenta corriente de unos u$s43.000 millones que fue financiado a través de la cuenta capital. La famosa "lluvia de inversiones" que en realidad no es para la generación de trabajo argentino sino que para la timba financiera. Apenas u$s7.000 millones llegaron de no residentes para inversión directa, de los cuales sólo una parte contribuye a la producción y al empleo ya que un porcentaje se dirige a la mera adquisición de compañías ya radicadas y en operación en argentina.

La famosa “lluvia de inversiones” en realidad fue dirigida hacia la timba financiera

En cambio, si sumamos el saldo de dólares por inversiones de portafolio más el de préstamos financieros, títulos de deuda y líneas de créditos, tenemos un ingreso neto de unos u$s28.000 millones. Sumándole los u$s20.000 millones que ya ha desembolsado el FMI y los u$s64.000 millones que aportaron las operaciones del sector público nacional (deuda pública) tenemos unos u$s113.000 millones. Dólares financieros frescos que sirvieron para impulsar el boom de consumo y construcción como el de 2017, pero que no son sostenibles en el largo plazo, lo cual quedó en evidencia en el año que termina.

El corolario de este financiamiento privado con endeudamiento público más la incertidumbre macroeconómica es el fenomenal proceso de fuga de capitales. En lo que de gestión, la formación de activos externos del sector privado no financiero, alcanzó los u$s58.000 millones, de los cuales u$s48.000 millones fueron a la compra de billetes. Con lo cual, parte de estas divisas que llegan por el canal financiero, se van por el mismo, lo que queda son las ganancias de los intermediarios financieros y de los grandes grupos económicos y la deuda del sector público.

Adicionalmente, cuando los negocios rentísticos como el financiero son altamente rentables, dejan de serlo los productivos que se ven ahogados por las altas tasas de interés. Es este escenario el que lleva a la crisis actual. Pero dicha recesión por el momento deja intacto el modelo, con lo cual el aparente mejoramiento de algunas variables macro como el déficit comercial en los últimos meses, producto de la devaluación del 100%, no es otra cosa que la forma para renovar el mismo mecanismo que nos llevó a la situación actual, agravado por la presión del Fondo Monetario sobre el programa económico fiscal y monetario.

Como adición, se suman los compromisos de capital e interés de la deuda para el próximo año, algo que el oficialismo dice tener solucionado tras presentar su Programa Financiero 2019 ante el FMI, tanto en el primer como en el segundo acuerdo suscripto. En dicho programa se afirma tener cubiertas las necesidades financieras (léase compromisos de pago de amortización de capital e intereses de la deuda pública) en 2019 con los desembolsos del Fondo y la renovación de un 60% de las Letes.

El escenario no podría ser más triste. No solamente la economía se dirige hacia un agravamiento de la recesión por tiempo hasta el momento indeterminado, sino que no hay certezas de que puedan renovarse las Letras del Tesoro sin incurrir en un elevado costo financiero (a través de ofrecer una mayor tasa). Especialmente teniendo en cuenta la escalada en el riesgo país (diferencia entre la tasa de los bonos argentinos sobre la de los norteamericanos, medida por JP Morgan) o la de los seguros contra default (CDS), durante este año, pero también el incremento del peso de la deuda pública sobre el PBI o sobre las exportaciones, empiezan a incrementar las probabilidades de default de la deuda argentina.

Además, los vencimientos de 2020, es decir, aquellos que deberá enfrentar el próximo gobierno, no está cubiertos, y para colmo el FMI apenas tiene comprometido unos u$s6 mil millones. Con lo cual, en estas situaciones de empeoramiento de todas las condiciones macro-financieras, los inversores en el caso de descontar un default argentino en 2020, pueden adelantar una corrida para 2019 con catastróficas consecuencias para el conjunto social. El riesgo de la vuelta del populismo en realidad es el riesgo de la insustentabilidad del proyecto neoliberal.

* Director de la Licenciatura en Economía de la Universidad Nacional de Avellaneda e 
integrante del colectivo Economía Política para la Argentina (EPPA).

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