Cuatro años de neoliberalismo, tres de esos en recesión, aumento de la pobreza, la desigualdad, el desempleo, 20.000 empresas extintas, el hambre azotando a millones… Dramático punto de partida para hacer frente a una crisis sanitaria excepcional que pone en tensión, en todo el mundo, los sistemas de salud y la capacidad de respuesta de los Estados, hasta ayer nomás vilipendiados por la ideología dominante.

Argentina enfrenta, además, una deuda insostenible, que creció (y se dolarizó) vertiginosamente durante los últimos 4 años, hasta superar los USD300.000 millones, el 92% del PBI, de la cual casi el 80% está nominada en moneda extranjera. Y, por supuesto, no podemos olvidar los U$S 90.000 millones que se fueron del sistema, en esos mismos 4 años, y que se sirvieron del fenomenal endeudamiento externo del país como fuente de abastecimiento de los dólares fugados.

La crisis sanitaria, que exige respuestas urgentes e impostergables, donde lo que está en juego es la vida y la salud de las personas, y la crisis económica que ya todos prevén tendrá, también, dimensiones excepcionales en todo el mundo, plantean al Estado la necesidad de respuestas extraordinarias. Seguramente todos, o una gran mayoría, estaremos de acuerdo en ello.

Sin embargo, la posibilidad de dar respuestas extraordinarias conlleva la necesidad de contar, asimismo, con recursos extraordinarios para financiarlas. Y, en este punto, dado el estado actual del debate, parece evidente que los intereses de algunos colisionan con las exigencias de cuidar la vida y la salud de los argentinos y de las argentinas (por eso, abierta o solapadamente, piden el fin o el relajamiento del aislamiento social, a pesar de las advertencias de la OMS al respecto de que un abandono temprano de esa medida podría empeorar las consecuencias de la pandemia o incluso impulsar una segunda ola de contagios) y de implementar, desde el Estado, como ya lo están haciendo los países desarrollados, fuertes políticas expansivas para contener una potencial depresión de la economía.

Cómo distribuir los costos

No sólo no quieren discutir sobre quiénes tienen espalda en la Argentina para “ganar menos”, mucho menos dispuestos parecen a debatir maduramente, cómo deben distribuirse los costos de hacer frente a la crisis del coronavirus al interior de la comunidad nacional. No obstante, como siempre, la única verdad es la realidad. Veamos.

1) Estamos en un estado que bien podríamos describir como de catástrofe, en nuestro país y en el mundo. ¿Es razonable, en este contexto, que los acreedores exijan a los países endeudados, en general, y a los periféricos y con deudas insostenibles, en particular, que sigan volcando recursos al pago de la deuda como si estuviéramos en una situación normal? ¿Acaso la realidad no es en sí misma una razón de fuerza mayor para interrumpir inmediatamente los pagos de las deudas soberanas y liberar esos recursos para cuidar a las personas en lugar de seguir engordando los bolsillos del capital financiero?

2) El año pasado, Argentina destinó al pago de intereses netos de la deuda el 15,23% del gasto total contra apenas el 3,15% a salud. ¿Es razonable que nuestro país siga pagando intereses y/o amortizaciones de capital, mientras el gobierno nacional, provincias y municipios, hacen esfuerzos denodados por ampliar las camas de terapia intensiva, adquirir respiradores, insumos hospitalarios y atender a las múltiples situaciones de emergencia sanitaria, económica y social que padece nuestro pueblo?

3)Los cálculos internacionales arrojan que existen 12 trillones de dólares registrados en empresas offshore, dedicadas a la fuga y la facilitación de la evasión fiscal, en guaridas fiscales. Se estima que la riqueza argentina fugada asciende a U$S 500.000 millones, bastante más que un PBI actual. ¿Es razonable que las instituciones financieras internacionales extiendan líneas especiales de crédito para “ayudar” a los países a hacer frente a la crisis del coronavirus, cuando los recursos genuinos están allí, frente a sus ojos? ¿Acaso no es un momento oportuno para una verdadera cooperación internacional que termine con esa atrofia que significan, para el desenvolvimiento de la economía de los países, las guaridas fiscales?

4) Argentina se ubica tercera en el ranking mundial de evasión fiscal, sólo detrás de Malta (segunda) y Guyana y Chad (primeros). El Instituto mundial de Investigaciones para el desarrollo de la universidad de las Naciones Unidas en Tokio estimó que en nuestro país se evade de pagar impuestos un monto equivalente al 5% de nuestro PBI, es decir que el Estado argentino pierde recursos, a causa de la evasión de las mayores empresas y de los argentinos más ricos, los que tienen mayor capacidad contributiva, por unos U$S 20.000 millones.

¿Es razonable que, como sociedad, sigamos mirando para el costado o, peor, que haya sectores que acompañen con cacerolas a los que no quieren “ganar menos” que son los mismos que le sustraen al Estado, es decir a todos nosotros, mediante la evasión, la friolera de U$S 20.000 millones? ¿No es acaso el momento de exigirles a quienes tienen mayor capacidad que contribuyan con el país de cuyos recursos naturales, trabajo, instituciones se sirven para amasar sus fortunas que luego dolarizan, endeudándonos, y fugan, evadiendo al fisco y provocando el déficit fiscal por el que cínicamente se rasgan, en público, las vestiduras?

Dicen que las crisis son, también, una oportunidad. Muchos, además, coincidimos en que el mundo no volverá a ser como antes. Muchos otros, pensamos también que el ciclo neoliberal del capitalismo estaba agotándose desde hace tiempo y que esta crisis sanitaria podría marcar ese punto de inflexión que dé paso a un nuevo estadio del desarrollo del sistema.

En cualquier caso, es evidente que el momento es excepcional. Consideremos la excepcionalidad del momento, para reaccionar de una manera diferente a como lo hemos venido haciendo. Tomemos la oportunidad que nos plantea esta crisis. Y, si el mundo ya no volverá a ser el mismo, arremetamos con coraje para que el mundo que resurja sea uno mejor que el actual. Uno donde nunca más nos permitamos naturalizar la muerte por hambre de 5 millones de niños en el mundo, de acuerdo con datos de la FAO, y, como contracara, no nos privemos de contar con los instrumentos y las instituciones necesarios para evitar que esos flagelos ocurran mientras 12 trillones de dólares se mantienen fuera del circuito productivo que podría dar comida, trabajo y salud a esos 5 millones de niños y a los millones y millones de seres humanos que sufren privaciones evitables.

En estos días, la política ha estado bajo la lupa. Pero la verdad es que tenemos una oportunidad para hacer política y trasformar una realidad que ha estado degradando nuestra casa común y nuestra calidad de vida. Somos muchos y muchas los que estamos empeñados en ese desafío. Si muchos más se suman, seremos invencibles. Y, sobre todo, seremos más felices.

* Diputada nacional y economista