Puertas abiertas

Nuevo acuerdo comercial entre Argentina y Estados Unidos: las claves de un mercado sin barreras

Es un pacto que ofrece modernidad, pero que pondrá a prueba la resistencia de la industria nacional. Los puntos principales del acuerdo entre Argentina y Estados Unidos

El Acuerdo de Comercio e Inversión Recíproca (ARTI) entre Argentina y Estados Unidos es, en esencia, un pacto para "limpiar el camino" entre ambos países: elimina las aduanas costosas y los trámites lentos que actualmente dificultan comprar y vender productos. 

Argentina decidió que casi todo lo que venga de Estados Unidos entre sin pagar impuestos extra o con descuentos muy grandes, y Estados Unidos ofrece beneficios similares para los productos argentinos. El objetivo es que las empresas de ambos países se vuelvan "socias estratégicas", lo que facilita que la tecnología norteamericana llegue al país y que los productos del campo y la industria argentina lleguen a suelo estadounidense.

El beneficio directo lo tienen las grandes empresas, que podrán empezar a recibir maquinaria, tecnología y productos especializados a precios mucho más bajos. Actualmente, muchas industrias argentinas están "viejas" porque es muy caro importar máquinas modernas. Con este acuerdo, esa barrera desaparece. 

Al ser más barato producir porque las herramientas son más accesibles, la economía debería volverse más eficiente. Además, el acuerdo abre una ventana enorme para que los exportadores argentinos de alimentos y manufacturas tengan un mercado gigante donde vender, lo que en teoría traería dólares frescos al país.

El acuerdo también trae consigo riesgos o perjuicios, especialmente para las pequeñas y medianas empresas (PyMEs). Al quitar esos impuestos y facilitar la entrada de productos de Estados Unidos -que se fabrican a gran escala y a un costo menor-, muchas fábricas locales podrían no ser capaces de competir y verse obligadas a cerrar, lo que puede generar una pérdida de empleos. Si no hay un periodo de preparación, el resultado es previsible.

El acuerdo es extremadamente exigente con las normas de calidad y salud. Aunque en el documento dice que Argentina puede exportar carne o pollo, el texto revela un laberinto de auditorías técnicas. Es decir, burocracia.

Estados Unidos se reserva el derecho de enviar inspectores constantemente y exige que Argentina adapte todos sus laboratorios y controles sanitarios a los estándares norteamericanos en plazos de tiempo muy cortos (a veces de solo 10 o 20 días). Si Argentina no logra que sus organismos de control, como el SENASA, funcionen a la perfección y a la velocidad que exige Washington, el mercado de exportación seguirá cerrado en la práctica, aunque el acuerdo diga que está abierto.

Otro detalle a tener en cuenta es el control de las importaciones. Argentina se comprometió a eliminar el sistema de "licencias", que era el candado que usaba el Gobierno para decidir qué entraba y qué no. Ahora, ese proceso será automático. Esto significa que el Estado argentino pierde una herramienta clave para frenar importaciones si de repente hay una crisis de dólares o si un sector industrial local está sufriendo demasiado. Básicamente, se firma un compromiso de "no intervención" que deja la economía mucho más expuesta a los vaivenes del mercado internacional.

El acuerdo también establece un camino muy rígido para la apertura del mercado de aves y productos de corral, que detalla paso a paso cómo deben ser las inspecciones. Esto demuestra que, más allá de la buena voluntad política, el éxito real del tratado depende de una capacidad técnica que hoy Argentina debe construir a contrarreloj, según los estándares impuestos por Estados Unidos. 

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