El martes 6 de julio comenzará la edición número setenta y cuatro del festival de cine más reconocido y glamoroso del mundo. Con la proyección de Annette de Leos Carax (Mala sangre, Los amantes del Pont Neuf, Holy motors), protagonizada por Adam Driver y Marion Cotillard, comenzará un evento que tiene relevancia no sólo en lo que hace al Festival Internacional de Cine de Cannes. Es que la presencialidad, el encuentro, es parte esencial del cine en general y de los festivales en particular. En tiempos en que formatos, géneros y extensión de las películas se resisten a las etiquetas que por tanto tiempo pudieron ser útiles, lo que distingue al cine en particular de otras formas y artes audiovisuales es la posibilidad de ser apreciados en una sala.

Es por eso que la apuesta del Festival Internacional de Cine de Cannes es tan arriesgada como fundamental para tomar el pulso acerca de cómo será el cine de ahora en más. Durante el 2020 Thierry Frémaux, director general de la muestra, intentó que el evento tuviera lugar de forma presencial y, frente a otras posibilidades, entendió que no podía llevarse a cabo de otra manera. Ello llevó a la segunda suspensión de su larga historia, tras el parate del año 1968. Es cierto que hubo una especie de “versión acotada” en el mes de octubre, en la que pudieron verse en salas las películas que contaban con el sello “Cannes 2020” y que habían tenido su premiere mundial en Venecia, Toronto o San Sebastián, más ello cumplió un rol simbólico que nada tuvo que ver con la lógica de un festival.  Llegado el 2021, las circunstancias demostraron que mayo todavía no era un mes adecuado para la organización de un encuentro a tal punto multitudinario, por lo que julio terminó siendo el mes escogido.

Así y todo, los planes del gobierno francés en torno a la desescalada se toparon con el peligro de una nueva ola de la pandemia de la Covid-19 con el avance de la llamada “cepa Delta”. En teoría, con todos los cuidados y distancias pertinentes, el festival debería tener lugar sin restricciones de aforo; mas la realidad ha demostrado que, con pasaportes sanitarios mediantes, son muchos quienes no podrán participar de la fiesta por no poder acceder a ellos. La situación en cada país ha determinado una virtual imposibilidad de acceso para quienes provienen de un país calificado como “rojo” (entre los cuales se encuentra casi toda América Latina, Argentina incluida) y muchísimas dificultades para un enorme grupo de países en estadío “naranja”. En fin, que el experimento, la prueba, pareciera concentrarse en los integrantes de la Unión Europea (a los que se sumaron los ingentes esfuerzos para posibilitar la presencia de los representantes de Estados Unidos y el Reino Unido).

La posibilidad de ingreso a Francia (y al festival en particular) requiere del cumplimiento de una serie de recaudos que tienen que ver con el país de origen (los pertenecientes a la Unión Europea ciertamente tienen más facilidades), el país de proveniencia al momento de ingreso a Francia (el acceso desde países rojos está prohibido, salvo excepciones muy restringidas, entre las cuales no está la participación en el Festival, a diferencia de lo que había hecho el Festival de Venecia en 2020) o el contar o no con la pauta de vacunación completa 14 días antes del inicio del festival en el caso de las vacunas de dos dosis reconocidas (entre las cuales no se encuentran las de Sinopharm o Sputnik) o 28 en el caso de las unidosis (Johnson & Johnson). 

Veremos cómo se desenvuelve en los hechos esta tan particular edición. Todo el mundo prestará atención a lo que se había anunciado como un “regreso a la normalidad” que ciertamente no será tal pero sigue siendo un gran desafío. Más allá de la muy potente selección de este año, la posibilidad de llevar a cabo este tipo de eventos masivos se pone a prueba y el resultado de lo que suceda entre el 6 y el 17 de julio en la Costa Azul será el parámetro que definirá mucho de lo que sucederá (o no) en el futuro cercano.