Hace un par de semanas hablamos de un filme francés llamado Rêves de Cuir (Sueños de cuero) donde una extraña cinta de video influía en la sexualidad de una mujer hasta liberar sus más profundos y oscuros deseos. Dijimos entonces que era una película más que interesante, que era una buena película, que la habían seleccionado los Cahiers du Cinéma como parte de ena "videoteca ideal", etcétera. También que su trama recordaba en mucho a Videodrome, una de las obras maestras del canadiense David Cronenberg, donde sucedía exactamente lo mismo salvo que aun señor interpretado por James Woods. No lo hicimos inmediatamente, pero ahora hay que decirlo: si hay un cineasta que tenga al sexo -incluso el porno- como un tema, es Cronenberg. Así que iremos a por él.

Cronenberg tiene dos temas básicos -y dos gustos importantes- la sexualidad y la velocidad. Es un amante de los autos, y de hecho entre sus primeros filmes figura Fast Company, una gran historia de corredores. Pero sobre todo, por lo menos hasta la gran Pacto de amor, fue el representante de un sub género al que llaman "body horror", "terror corporal", donde los cambios físicos, absolutamente traumáticos, suelen llevar a una extraña liberación. Hasta por lo menos Pacto..., además, jugamos en el terreno también de la ciencia ficción, y varias de sus películas transcurren en el futuro. Tanto los automóviles -lo mecánico, la velocidad, lo artificial- como el sexo -totalmente visceral- se funden en la búsqueda de algo nuevo, una nueva forma de placer corporal; básicamente, de un cuerpo nuevo o un mundo nuevo que nos libere de las leyes físicas que nos impiden ser algo más que humanos.

En su primer filme, Stereo, se induce una serie de experimentos en una sociedad de telépatas, que crea así un universo virtual donde experimentan formas totalmente nuevas de sexualidad. La idea es superar el concepto de "familia" unida por esos lados y crear una sociedad nueva, polimorfa. Por cierto, las cosas salen mal, pero siempre queda la impresión de que en realidad, no, de que la "catástrofe" es bien vista por el realizado. En Crímenes del futuro, hay una sociedad donde las mujeres sexualmente activas han muerto a causa de un virus desarrollado en un cosmético. Pasan muchas cosas, y vemos cómo un mundo sin mujeres puede desarrollar algún tipo de erotismo. Finalmente, se consigue inducir pubertad en una niña de cinco años y, cuando un grupo de pedófilos procede a violarla para reproducirse, el virus vuelve.

Tanto Shivers, sobre parásitos que crean locos sexuales; Rabid (donde una joven, tras un accidente de moto, desarrolla un nuevo órgano sexual que le permite alimentarse de sangre a lo vampiro); o The Brood, con una mujer que tiene dos "hijos" que cumplen sus deseos más bajos, tienen una fuerte componente sexual y siempre "liberan" a sus personajes. Quizás es menos "sexual" Scanners, la película que lo dio a conocer mundialmente, con sus asesinos telepáticos que hacían estallar cabezas. Encontrarán estas constantes -telepatía, mentes alteradas, cuerpos que se deforman gracias a la tecnología, violencia que excita sexualmente- de manera real o metafórica en casi toda su filmografía, que incluye varias obras maestras. Pero hay dos filmes clave.

Uno es, lo dijimos, Videodrome, donde una señal de cable del futuro induce fantasías sadomasoquistas en quienes se exponen a ella y los libera. En ese filme hay escenas totalmente surreales -el surrealismo buscaba, también, nuevas formas de erotismo a través de lo onírico: en el cine se nota en filmes de Luis Buñuel y en David Lynch, su gran admirador- como un televisor que respira y devora al televidente, o ese plano en el que el protagonista introduce en su estómago una cinta de video con enorme placer y dolor. El final, en teoría trágico, es una liberación de cuerpo y mente hacia un nuevo tipo de sexualidad y, obviamente, de ser. No por nada, luego Cronenberg haría La mosca, un gran melodrama sobre un hombre convertido en un monstruo tras un experimento genético que incluye una secuencia onírica del parto de un ser híbrido.

La otra película clave (todas lo son, de paso) es Crash. Basada en la casi infilmable novela homónima de J.G. Ballard, muestra cómo un grupo de personas se excita con los accidente de auto; cómo las prótesis, las cicatrices y los cambios que el cuerpo acarrea tras ellos crean nuevas formas de sexualidad totalmente fuera de lo normal. Por razones incomprensibles, Crash fue un escándalo en muchos países. Tiene escenas eróticas extraordinarias (un trío en un autolavado entre James Spader, Deborah Kara Unger y Elias Koteas; una relación lésbica entre Rossana Arquette y Holly Hunter), mucho más efectivas que cualquier cosa que pueda verse en una película porno. Pero no hay planos explícitos de nada, digamos. A pesar de ello, en la Argentina de 1996 -no, no en la dictadura, para nada- se la quiso prohibir, y lo mismo pasó en otros países. Probablemente porque va más allá de lo que un filme "normal" de Hollywood suele ofrecer, o porque no condena absolutamente nada sino que festeja esa fusión entre lo artificial, la tecnología y el cuerpo. Francis Ford Coppola, que debía juzgarla en Cannes, la odió a muerte, y todo el mundo decía que instigaba a la violencia. Por cierto, había otros jurados más amplios y la película se llevó el Premio Especial del Jurado, aunque su versión completa recién se vio en video.

Hay más: podrían ver la no estrenada aquí eXistenZ, sobre un juego de video que es todo un mundo y al que se accede por unos joysticks biológicos que penetran el cuerpo. O, mencionamos otra vez, Pacto de amor, donde dos hermanos gemelos, ginecólogos experimentales (un genial Jeremy Irons en rol doble) se enamoran perdidamente de una paciente con un útero extraño. O incluso Un método peligroso, que narra la relación triple entre una paciente de histeria (Keyra Knightley) tratada y seducida por un recién aprendiz Carl Jung (Michael Fassbender) supervisado con mucho humor y sorna por Sigmund Freud (Viggo Mortensen, que venía de trabajar con Cronenberg en Una historia violenta y Promesas del Este). Cronenberg quizás se volvió, en sus últimos filmes, demasiado "artista" respecto de sus viscerales orígenes (en Rabid, de paso, la protagonista era la actriz porno Marilyn Chambers, estrella del clásico XXX Detrás de la puerta verde), pero su mirada sobre el sexo posible es única, necesaria en tiempos polémicos y reprimidos como este.

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Leonardo Desposito

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