Pasaron casi setenta años desde que el gobierno de los EE.UU. quebró el monopolio que, sobre el cine, mantenía Hollywood, cuando los grandes estudios dominaban los tres ejes del audiovisual: producción, distribución y exhibición de cine, en momentos en los que la TV apenas nacía. Hoy estamos viendo una concentración mucho mayor, más fuerte, en menos manos y, además, transnacional. Dejemos de lado las cuestiones específicamente culturales y veamos cómo queda hoy el paisaje y qué esperar del futuro.

La caída de Hollywood en los 50 tuvo como base un juicio antimonopolio: básicamente, el Estado le prohibió a los que hacían películas tener sus propias salas, porque era competencia desleal contra los cines "independientes" que debían alquilar copias. Eso, más la competencia creciente de la TV llevaron a que el mercado del cine de achicara, y de paso a que entraran cines de todo el mundo al mercado estadounidense. 

Pero la llegada de Internet cambió las reglas de juego completamente. El audiovisual ya había sufrido, sucesivamente, cambios con la televisión en color a fines de los sesenta, el cable (primero muy restringido) a mediados de los 70; los videojuegos a fines de esa década, la revolución del VHS en los 80 y 90, el DVD casi a finales del siglo pasado. En todos los casos, el audiovisual se acomodó, los actores eran variados y la competencia permitió mejoras tecnológicas y negocios diferentes.

Internet tiene varios problemas para estos modelos de negocios más bien analógicos. Está en todas partes y no está en ninguna, y su infraestructura supranacional está manejada por muy pocas manos, aquellas de quienes se ganaron el estándar ( Google, Facebook, etcétera). Eso implicó un primer paso en la concentración.

Pero también sucede que la mayoría de lo que hoy llamamos "empresas de contenidos", al menos las más grandes, son parte de conglomerados mayores. Los estudios de Hollywood, por ejemplo: Columbia fue comprado por Sony; Warner, por AT&T; Fox, por Disney, que comenzó como un estudio "chico" e "independiente" pero es un conglomerado de medios para el que el audiovisual no es (o no era, hasta el Covid-19) su negocio principal; etcétera. Ahora Amazon busca comprar Metro-Goldwyn-Mayer. La concentración, dicho de otro modo, no la ejerce "el estudio de Hollywood" sino el conglomerado del que forma parte.

Aquí viene el gran problema: la comunicación y el entretenimiento quedan en muy pocas manos. Es cierto: China es un caso aparte, pero allí incluso las empresas más grandes (Tencent, Alibaba, Baidu) tienen una fuerte participación estatal en un mercado que casi cuatriplica el de los EE.UU. En todos los casos, se trata de enormes conglomerados que controlan qué se produce, qué no, cómo y dónde. Pero no son "monopólicas" en Occidente porque tienen otros negocios y compiten. Sin embargo, son pocas. Demasiado pocas y se dirigen a una audiencia global. Lo que lleva a que los contenidos se estandaricen irremediablemente.

Otra consecuencia: el cambio del financiamiento de los contenidos. Hasta no hace mucho, dependía de la publicidad en aire en el caso de la televisión y de la venta de entradas en el caso del cine (o alquileres y compra en el caso del video). Hoy el modelo es similar pero aplicado de una manera distinta: pago de un fee fijo para acceder a una base de datos o publicidad en sitios que optan por interrumpir visionado -vale también para el audio- con spots. En el segundo caso se parece a la tradición. En el primero, no: se trata del "directo al consumidor", modelo que reflota el viejo monopolio de los grandes de Hollywood.

En efecto: las plataformas tienen material exclusivo, al que le prestan más atención. Si un consumidor quiere ver cosas de diferentes marcas, debe pagar por cada servicio. U optar por algún servicio sostenido en publicidad. Si cada plataforma tiene sus propias marcas (ese es el movimiento hoy: adquirir franquicias), el consumidor debe pagar por cada biblioteca. Si no puede, el acceso vía publicidad, con menor calidad de acceso. Es decir: el sistema "viejo" se tradujo al de Internet creando un nuevo oligopolio donde los dueños de las marcas son, también, dueños de la distribución y la exhibición.

Las consecuencias son dos: solo acceden a TV de aire (o cable, en picada) quienes no tienen  posibilidad de un buen acceso a Internet o de pagar por cada biblioteca, más los consumidores de mayor edad, formateados en el viejo sistema. Y en el caso del cine, que las salas solo puedan ofrecer (de modo cada vez más riesgosos) espectáculos gigantescos cuyo efecto sensorial no puede reproducirse en casa. En ambos casos, los actores son muy pocos. ¿Mejor o peor que antes? Diferente, aunque por cierto mucho más concentrado.

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Leonardo Desposito

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