La noche de los Emmy, que le dieron el gran premio de drama a Game of Thrones (aunque sin récord de estatuillas), consagraron a la comedia Fleabag y celebraron a la excelente miniserie Chernobyl copió la estrategia de los Oscar de no contar con un anfitrión central. Pero a diferencia de los premios de la Academia, que lograron mejorar (un poco, pero al menos mejorar) su performance de años anteriores, resultó la de peores números en la historia reciente. Solo fue vista por 6,9 millones de espectadores en los Estados Unidos. Es decir, dos tercios del piso histórico anterior, ocurrido en 2013, y que implicó 10,2 millones de televisores encendidos en la emisión. Variety nombra como una de las causas de la caída que la señal NBC transmitió en vivo un muy importante match de la temporada de foot-ball americano. Pero eso no lo explica todo.

Lo que sucede con la entregas de premios es que comienzan a perder cierto sentido como espectáculo -aunque no lo pierdan como espaldarazo comercial, menos en épocas donde cada contenido tiene una vida muy superior a la de su simple emisión. Aunque, paradójicamente, la competencia tiene la vara más alta que nunca, al mismo tiempo la conversación sobre las series pasa más por las redes sociales que por lo que pueda suceder en una premiación. Es decir: lo que importa es lo que sucede en el momento de la emisión de cada programa mucho más que el "balance" que implican los galardones. Que son de importancia, sí, sobre todo para la industria. Pero la gala en sí es un compendio larguísimo de malos chistes y saludos redundantes que espanta al público cada vez más: el rating cae año tras año en todos estos eventos, más de lo que cae -también de manera inevitable- la audiencia del broadcast tradicional.

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