Uno de los principales problemas de Hollywood no es solamente cómo hacer grandes espectáculos masivos que mantengan en funcionamiento la industria sino cuándo estrenarlos. Todos quieren el verano (boreal; aquí es lo que rodea las vacaciones de invierno) porque es cuando más público va a los cines -no solo son las vacaciones escolares en el hemisferio norte sino que hay varios fines de semana largos en los EE.UU. Esa idea es la que provocó que Wonder Woman 1984, secuela de la exitosísima película de 2016, cambiara su fecha de estreno de noviembre de 2019 a junio de 2020. No es el primer cambio de fecha de estreno que tiene el filme -octavo en el nuevo "universo cinematográfico" de DC y, además, la película más exitosa dirigida por una mujer-: ya había pasado de diciembre de 2019 a unas semanas antes para no "chocar" con Star Wars-Episodio IX, la por ahora última entrega de la serie que dirige J.J. Abrams.

La fecha de junio quedó vacante cuando Warner suspendió la producción de El hombre nuclear, película que estuvo varios años en desarrollo bajo la producción de la defenestrada Weinstein Co. y que Warner adquirió a principios de este año. Más tarde, el realizador Damián Szifrón, encargado de guión y dirección, dejó el proyecto protagonizado por Mark Wahlberg y la fecha de estreno del seis de junio de 2020 quedó vacante. La propia Warner, entonces, movió la secuela de Mujer Maravilla a ese slot y es, por ahora, el único estreno confirmado para ese mes.

¿Qué hay detrás de estos movimientos? Hay un secreto a voces: que los grandes estudios no compiten entre sí con los blockbusters. Es decir: en el fin de semana de lanzamiento de una película enorme, no hay competencia directa (sí hay otros tanques, claro, pero en general ya en segunda o tercera semana) y cada filme es un "evento" que monopoliza la conversación en redes y el interés del público. Los exhibidores tienen muy en cuenta este factor para maximizar la oferta en las cruciales primeras dos semanas de cada tanque. De allí que se reserven fechas de lanzamiento -por lo general con más de 3000 copias en un territorio que cuenta con más de 40.000 pantallas- con años de anticipación. La cuestión de base consiste en que no haya real competencia.

Y la razón de falta de competencia está en los precios de estas películas, costos que crecen en cada título. Recuperar el dinero de un filme de u$200 millones (que equivale a la misma cantidad en marketing) implica que en el mercado local (los EE.UU.) se recupere ese dinero directamente. Lo que cuenta, para los estudios, es el mercado local (Estados Unidos y Canadá); el resto de los mercados, aunque recauden en total más que el local, dejan menos ganancias (parte queda en el país que estrena). De allí que la competencia real sea imposible: el recupero rápido es lo que permite mantener la maquinaria, cada vez más hipertrófica, en movimiento.

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