Uno de los problemas del cine pornográfico fue, siempre, cómo contar una historia donde el sexo tuviera importancia para la trama. El fracaso en ese terreno hizo que hoy sea más parecido al documental: una situación ficticia X para que dos o más personas tengan toda clase de relaciones acrobáticas ante cámara. Lo que debía ser un elemento sustancial de una trama (es decir, de la manera de contar una historia) pasó a ser el elemento fundamental de toda imagen. Es como si el cine de superhéroes dejara de tener historias y solo presentara variantes de peleas llenas de efectos especiales. Bueno, sí, también pasa. Es una de las posibilidades del cine y es abstracción pura: la acción básica sin excusas. Curiosamente, una parte importante del cine experimental pasa por ese territorio de no narrar nada para mostrar todo. También en eso, el porno, siempre hermanito menor y marginal, se cruza con otros géneros tratados de menores o, al menos, de provisorios.

La necesidad de rodar con fílmico obligaba a la realización de auténticas películas donde el sexo era parte esencial de la trama

Pero esto no siempre fue así. Antes de que el video pasara a ser la principal fuente de producción de la pornografía, las películas se hacían con cámaras y verdadero material fílmico. Lo que implicaba que solo podían verse en cines, por lo demás. Y eso, por consiguiente, obligaba a mantener a las personas sentadas en las butacas mucho más tiempo del que duraba una secuencia sexual. Por otro lado, y también como consecuencia, era un consumo público, mientras que del VHS a Internet, el consumo de la pornografía pasó a ser privado. Como consumo público, requirió ser cine en toda la regla, y por eso es que la mayor cantidad de grandes películas pornográficas aparecen en los años sesenta, es decir en la era previa a la aparición del video. Después no fue necesario, incluso si se siguió ejerciendo (pero de eso nos vamos a ocupar la semana que viene).

Por sus propias características de masividad, el país que más porno produjo, y el que podía hacerlo de modo más competitivo, siempre fue Estados Unidos (disculpen la falta del artículo "los", otro día explicamos el problema gramatical de poner el verbo en singular y el sujeto o predicativo en plural). Otro tema para libro: la manera como el mundo se relaciona con el audiovisual fue forjada, formada, definida por Hollywood. Todo relato con imágenes fue forjado en el compendio de reglas que -conscientemente o no- surgieron en ese suburbio de Los Angeles. Ni más ni menos. Y nosotros aprendimos a seguirlos gracias a las películas. Es obvio que el porno no queda afuera de ese "todo", y basta con ver (se encuentran con cierta facilidad, dehecho) algunos de esos cortos ilegales que se producían en blanco y negro y sin sonido donde el viajante de comercio tenía una sorpresita de parte de la encargada del motel para entender hasta qué punto hasta el más torpe e inconsciente de los cineastas es capaz de copiar las maneras de la industria. En fin, que, como decimos siempre, para que una película nos llegue y nos importe en su totalidad suele ser necesaria una historia, o más bien una trama, algo que relacione una secuencia con otra, una imagen con otra, y nos obligue a pedir más.

Volviendo a los años setenta, y por lo que contamos más arriba, la narración era imprescindible. Y como el porno era un espacio de libertad prácticamente total, se podía incluso experimentar formalmente al mismo tiempo que se contaba algo, siempre y cuando hubiera imágenes sexuales explícitas que promovieran la excitación erótica. Un ejemplo -otra película del inacabable arcón de Eroticage.org, un gran sitio aunque haya que cerrar popups- es Her name was Lisa (1979/80), un auténtico melodrama que tiene una gran cantidad de virtudes y permite disfrutar, además del retrato del goce, de las virtudes de un cuento.

La estructura de la película es similar a la de El Ciudadano (sí, esa, ¿conoce otra?). Hay una mujer en un ataúd y los asistentes a su funeral van recordando su historia, cada uno lleno de remordimientos por lo que hicieron para causar esa muerte. El primero en aparecer es un joven fotógrafo: contrató a Lisa -la protagonista- en un burdel porque necesitaba una chica para sacar fotografías eróticas. Por supuesto que tiene sexo con ella, pero es interesante el contraste entre una joven acostumbrada a un mundo gris donde es solo una mercancía y el fotógrafo que, de algún modo, cree que puede sacarla de allí y redimirla. Pero entran entonces en escena el editor de nuestro fotógrafo y su misteriosa acompañante llamada Carmen. Ambos van a llevar a Lisa, con promesas de una mejor vida, por un camino de perversión que no es solo sexual, sino que incluye también adicciones varias, hasta que una sobredosis de heroína acaba con su vida. Dijimos "melodrama" y es eso, con todas las letras y sin que falte un solo tópico.

La libertad casi absoluta del porno permitía también arriesgarse con experimentos formales poco frecuentes

El director de la película merece un artículo. Se llamaba Roger Watkins e hizo un montón de películas de explotación, incluso un clásico del gore llamado Last house on Dead Street, una de las películas que cimentó el mito de las snuff-movies, pero obviamente falso (un ex convicto rapta cuatro personas y filma sus asesinatos). Actúan Samantha Fox (no la cantante pop, sino una gran actriz porno homónima) y la increíble Vanessa del Río, todo un ícono del entretenimiento erótico -al punto que Taschen le ha dedicado un libro-. Hay muchos momentos que rankean alto como cine puro: una secuencia de fotos al ritmo de "The robots", de Kraftwerk, una secuencia filmada con ojo de pez para reproducir el efecto de los narcóticos en la protagonista (es una secuencia brillante: ella en la bañera, Vanessa del río que la lleva al orgasmo sin que se vea qué hace exactamente, la mirada de ella en forma circular y deforme y el rostro de goce y llanto al mismo tiempo), y un montaje que incluye planos absolutamente fuera de cualquier corrección política. Pero es la actuación de Fox, una mujer bella pero no especialmente "abundante", la que nos lleva de la mano del placer al sufrimiento, del éxtasis a la agonía. El sexo y la búsqueda de placer como un modo de llenar una vida que carece de sentido se retratan con una crudeza que ya querría el cine mainstream. Esta clase de historias, con el sexo in crescendo y personajes en los que uno cree, son auténticas películas. Vale la pena tomar el riesgo y verlas: ya nadie se animará a hacer algo ni remotamente parecido, y menos con voluntad de gran público.

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