Víctor Laplace y una mirada renovada para recrear a Don Juan en el siglo XXI
El actor le imprime al personaje una mezcla de arrogancia crepuscular y melancolía conmovedora
Traer nuevamente a Don Juan a la escena es, de por sí, una apuesta arriesgada. El personaje, revisitado durante siglos, fue convertido en mito, en arquetipo y hasta en cliché. Sin embargo, en Don Juan, el peor de todos, el texto de Enrique Papatino lo devuelve al teatro con una mirada renovadora que no se permite repetir fórmulas sino que las desafía en incluso las resignifica. El resultado es una experiencia teatral de enorme vigencia y emoción.
Papatino se atreve con su Don Juan a ejercer un gesto de rara valentía en la escena contemporánea: escribir teatro en verso en pleno siglo XXI. La apuesta es tan audaz como eficaz y logra que la musicalidad poética no se convierta en artificio sino en carne viva del relato. El verso fluye con naturalidad, con ritmo, con humor, con hondura filosófica y con emoción contenida, devolviéndole al espectador la sensación de estar frente a un teatro que combina tradición con modernidad.
La dramaturgia es el gran eje de este montaje: retomar el mito de Don Juan y colocarlo frente a su ocaso, no para exhibir su antigua gloria sino para poner en tensión la memoria, la leyenda y la intimidad. El texto no se limita a homenajear la herencia clásica: la reescribe, la discute y la convierte en un diálogo de enorme vigencia.
La interpretación de Víctor Laplace es el corazón de esta experiencia. Con su inigualable presencia escénica, el actor logra imprimirle a Don Juan una mezcla de arrogancia crepuscular y melancolía conmovedora. Su palabra versificada suena nítida, vibrante y profundamente humana, recordándonos por qué Laplace es una de las grandes figuras del teatro argentino.
A su lado, Antonella Fittipaldi ilumina cada escena, logrando que su contrapunto con Don Juan se convierta en un verdadero duelo tanto de palabras como de presencia, pleno de tensión y de complicidad.
La dirección de Gustavo Pardi dota la obra con admirable precisión y elegancia. Con gran sensibilidad, consigue que la palabra sea protagonista absoluta, pero sin caer en rigideces: su puesta respira, tiene ritmo, emoción y una teatralidad sobria y sofisticada. Pardi guía a sus actores con maestría, potenciando sus matices y orquestando la tensión dramática con exactitud. El resultado es un espectáculo de una belleza depurada, que convierte un riesgo artístico en un triunfo escénico.
En suma, Don Juan, el peor de todos no es solo una obra, es una declaración de principios: el teatro en verso se alza como herramienta vigente y poderosa, demostrando que puede seguir conmoviendo, cuestionando y brillando en nuestro tiempo.

