La historia del vínculo entre Argentina y Estados Unidos muestra algunas constantes tensiones. Salvando períodos particulares (presidencias de Guido, Onganía, Menem, De la Rúa y Macri) en general la relación entre Buenos Aires y Washington fue distante o conflictiva. Sin embargo, excepto en algunas circunstancias históricas acotadas (momentos de los gobiernos de Yrigoyen, Perón, Illia, Alfonsín o los Kirchner, por ejemplo), la oposición a Estados Unidos no se vinculaba a políticas autonomistas, nacionalistas ni mucho menos anti-imperialistas, sino más bien con una alianza (subordinada) entre las clases dirigentes locales y distintas potencias extra-continentales.

La principal constante de la relación entre Washington y Buenos Aires es la competencia por la colocación de la producción primaria. Uno de los factores económicos clave para entender los conflictos con Estados Unidos tiene que ver con las dificultades de las exportaciones de bienes agropecuarios argentinos para ingresar en el mercado estadounidense, primero por barreras aduaneras y luego por distintas formas de proteccionismo no arancelario (subsidios, barreras fito-sanitarias o disposiciones vinculadas con la seguridad nacional). Infructuosamente, la diplomacia argentina realizó múltiples gestiones para destrabar las exportaciones hacia el país del norte, resistidas por el bloque agrícola estadounidense, con inmensa capacidad de lobby tanto en el Congreso como en la Casa Blanca. Las lanas a fines del siglo XIX, las carnes desde los años veinte o los cítricos, el biodiesel, el acero y el aluminio, en la actualidad, enfrentaron el particular proteccionismo estadounidense.

El Departamento de Estado, por su parte, utilizó las expectativas de los exportadores argentinos, y de otros países del continente, para evitar que los gobiernos del sur desarrollaran una política de confrontación, autonomía y/o de mayor independencia frente a la potencia del norte. En la década del treinta, en la de sesenta o incluso en los últimos veinte años, esta cuestión operó como un factor disciplinador que morigeró los planteos más anti-estadounidenses en la región. Una constante de los distintos gobiernos argentinos, incluso de aquellos que esbozaban una retórica nacionalista y que enfatizaban la necesidad de desplegar una política exterior más autónoma, fue soslayar las posturas antiimperialistas, a las que se suele tildar, despectivamente, de aislacionistas. Así, en general, fueron abandonadas las confrontaciones con la potencia del norte, en función de las negociaciones y las expectativas de colocar mayores exportaciones en ese codiciado mercado, conseguir insumos estratégicos, comprar equipamiento militar o bien facilitar la llegada de inversiones y generar confianza en el sistema financiero, para poder tomar deuda.

En los noventa, tras el fin de la guerra fría, primaron las relaciones carnales, con una inédita subordinación a Washington, que se frenó a principios del siglo XXI, fundamentalmente luego del histórico "No al ALCA" en la Cumbre de Mar del Plata de 2005.

Luego de múltiples tensiones durante los gobiernos kirchneristas, cuando asumió Macri puso en marcha una política exterior orientada a lo que llamó "volver al mundo", para ampliar las exportaciones, atraer inversiones y facilitar el crédito internacional. Como parte de su estrategia de alineamiento con Estados Unidos y las potencias europeas, propuso a la Argentina como sede de la XI Reunión Ministerial de la Organización Mundial del Comercio (OMC) en diciembre de 2017 y también de la Cumbre Presidencial del G20. El 30 de noviembre y 1 de diciembre de 2018, Trump, Xi Jinping, Merkel, Macron, Putin y los demás líderes de ese selecto grupo se reunirán en Buenos Aires en un contexto internacional, regional y local complejo e incierto. La crisis de la Cumbre Presidencial del G7 realizada en junio en Canadá, más el recalentamiento de la guerra comercial entre Estados Unidos y China, las tensiones en Medio Oriente por el unilateral reconocimiento estadounidense de Jerusalén como la capital de Israel, el estancamiento de la OMC, la emergencia de nuevos liderazgos como en el López Obrador en México, la impredecible situación política en Brasil y el impacto negativo de la crisis económica y social en la Argentina, con el consecuente creciente deterioro de la imagen del gobierno de Macri, auguran un escenario potencialmente explosivo, totalmente distinto al que vislumbró cuando propuso a la Argentina como sede de la primera cumbre presidencial del G20 en América del Sur, imaginando que sería la vidriera perfecta para proyectarse como un nuevo líder regional.

El reciente viaje de Macri a New York, donde participó en un agasajo con Donald Trump e invitó a los argentinos a "enamorarnos" de Christine Lagarde, es un explicitación del nuevo vínculo subordinado con Washington, con notables paralelismos al que supieron cultivar Menem y Di Tella en los años noventa, cuando la Argentina era el alumno dilecto del Fondo y un aliado clave de Estados Unidos en el Cono Sur.

Más allá de las intenciones de la Casa Rosada, que espera en dos meses utilizar la Cumbre del G20 como vidriera para mostrar la "reinserción de la Argentina al mundo", en paralelo ya se está organizando una gran movilización en Buenos Aires para repudiar a Trump y al FMI y para mostrarle a Macri que el pueblo argentino no está dispuesto a volver nunca más a las relaciones carnales con Estados Unidos.

* Profesor UBA. Investigador Adjunto del CONICET. Autor de Bienvenido Mr. President. De Roosevelt a Trump: las visitas de presidentes estadounidenses a la Argentina (Ed. Octubre, 2018), co-editor de Estados Unidos contra el mundo. Trump y la nueva geopolítica (CLACSO, 2018) y del sitio www.vecinosenconflicto.com

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